La casa aquella noche no era solo una casa. Era un espacio habitado por códigos compartidos, por silencios que significaban cosas, por miradas que no necesitaban explicación. La luz era cálida, ligeramente dorada, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Los cojines estaban esparcidos con una intencionalidad que parecía descuidada, pero no lo era. Sobre la mesa, copas de vino, alguna botella abierta, latas de cervezas, restos de risas recientes. Y mujeres. Mujeres que sabían. Mujeres que habían aprendido a leer más allá de las palabras, mujeres que pertenecían al mundo de la disciplina doméstica, mujeres valientes hacia la vida. Un grupo de mujeres con mucha personalidad, algunas spankers, otras claramente brats. Ahí estaba yo en el centro. No físicamente al principio. Pero energéticamente, sí. Porque cuando entraba en ese estado —ese punto exacto entre juego, desafío y necesidad— el espacio se reorganizaba alrededor de mi. —A ver, orden, orden —dije levantando copa—. Como preside...
Llevábamos tiempo hablando de la necesidad de renovar el contrato de normas. El día a día me estaba haciendo tener bastante descuidado el autocuidado y era algo que las dos nos habíamos dado cuenta. Después de varios días de charlas, confesiones de cosas que no podía hacer y las estaba haciendo a escondidas, arrepentimientos, alguna lagrimilla, etc., pactamos redactar un nuevo modelo de normas. Cogimos una libreta de Harry Potter y me mandó a escribir lo siguiente: 21/12/25 NORMAS QUE TENGO QUE CUMPLIR No tomar productos con lactosa sin haber tomado las pastillas. Lunes, miércoles y viernes 30 minutos de deporte. Negociables los días y tiempo in crescendo. Sólo me puedo levantar para ir al baño. Mínimo dormir 8 horas. Hora máxima de dormir 00:00. Permiso para hacerme una paja. Preguntar cada día qué tengo que comer. Prohibido tomar pastillas de cafeína. Prohibido chocolate. Revisión de normas los sábados a las 20:00 y si no se puede será el viernes o domingo. Firmado...