Cuando se iban juntas de vacaciones, el último día siempre solía tener algo agridulce. Por un lado, el descanso había hecho su efecto: estaban más tranquilas, más conectadas, más ellas. Por otro… tocaba recoger. Y eso, para Nora, era casi una tragedia nacional. —Amor… —dijo desde el sofá, estirada como si estuviera protagonizando un anuncio—¿Y si dejamos esto así y le pagamos a alguien para que lo limpie? Mónica, de pie en medio del salón, con una bolsa en una mano y una camiseta de Nora en la otra, alzó una ceja. —¿Así cómo? ¿En modo “ha pasado un tornado”? Nora miró alrededor. Ropa en la silla, tazas en la mesa, manta torcida… —A ver… tiene su encanto. —Sí —respondió Mónica—. El encanto de que lo recoja otra persona. Nora sonrió, traviesa. —Pues mira, lo que yo te decía… Mónica dejó la camiseta sobre la mesa con calma. Demasiada calma. —Nora. —¿Qué? —respondió ella, inocente—. Estoy descansando, que recoger cansa mucho. —Has descansado tres días. —Pues por eso, hay que mantener la ra...
A veces no hace falta mucho para resetearse: unos días fuera, desconectar del ruido, cambiar el ritmo y dejar que todo baje revoluciones. Mónica había encontrado una casita apartada, rodeada de verde y silencio, perfecta para perderse un poco. Nora no puso ninguna pega. Plan sencillo: descanso, paseos, sofá, chimenea… y tiempo juntas, sin interrupciones. Una tarde bajaron a una ciudad cercana porque Nora quería comprar un videojuego al que llevaba un tiempo esperando para su estreno. Era “el plan perfecto” para las noches tranquilas junto a la chimenea. Entraron en la tienda, Nora fue directa al mostrador… y en cuestión de segundos, todo se torció. —Hola, sí, venía a por el juego ese que acaba de salir —dijo Nora, apoyándose en el mostrador. El dependiente tecleó, miró la pantalla y negó. —Lo siento, justo hoy se nos ha agotado, se acaba de vender el último que teníamos en stock. Silencio. —¿Cómo que agotado? —la voz de Nora cambió al instante—. ¿Pero tú sabes la ilusión que me hacía? ...