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Amanda y Samanta I: Las tres opciones.

 –¡Voy! – gritó Samanta desde su escritorio/comedor. Le dio un mordisco al chocolate que tenía encima y marcó con lapicero azul una de las tantas facturas que había estado ingresando al Excel toda la tarde.

Samanta abrió la puerta y miro desconcertada un momento a Amanda.

–¿Ya son las 6? –preguntó preocupada.

–Hola para ti también –le contestó Amanda mientras entraba al departamento. El lugar no estaba sucio exactamente, pero era un pequeño caos. Se notaba que todo estaba fuera de su sitio como si hubiesen entrado a robar o alguien hubiese estado buscando cosas con desesperación.

–Perdona se me hizo tarde –se disculpó Samanta intentando acomodar un par de cosas en el camino.

–Ya, puedo notarlo…. ¿Te estás mudando? –preguntó con evidente diversión Amanda.

–Ja… Y no… –Samanta volvió a sentarse en su comedor mientras volvía a enfocarse en las facturas que tenía enfrente –Tengo que ingresar hoy las compras que hice para la empresa con mi dinero o no me lo van a devolver hasta el mes que viene….

–¿Trabajando bajo presión?

–Ya me conoces…. Treinta minutos máximo…. ¿Y Laura? –preguntó distraída Samanta mientras seguía ingresando datos en su computadora.

–En camino… –contestó Amanda mientras le daba un vistazo sobre el hombro a lo que estaba frente a Sam –Si es solo eso… déjame te dicto y así terminas más rápido.

–No necesito ayuda –respondió tajante Samanta –Y no quiero molestar… siéntete como en tu casa, ya casi termino….

–Ninguna molestia –dijo Amanda, dejando pasar por alto el tono de Sam –Así podemos empezar con la película apenas llegué Laura …

–Ah …. –resopló Samanta –No hace falta.

–Bueno, insisto.

–¡Si me dejas de fastidiar voy a terminar más rápido! –vociferó Samanta con evidente irritación. Clavó la vista en el teclado un segundo, y solo después de ese segundo se animó a subir la mirada. Los ojos de Amanda denotaban que esa había sido la línea y ya la había cruzado –No quiero incomo…

–Basta –la interrumpió Amanda –Voy a darte dos, no… tres opciones. Puedes dejar este sin sentido y aceptar mi ayuda o puedes acompañarme a tu habitación y continuar ahí nuestra conversación.

–¿Y la tercera? –pregunto Samanta, sin mucha esperanza que fuese mejor que las dos primeras. Una parte de ella quería aceptar, pero el orgullo era mucho más fuerte. Debió de haber entregado esto hace semanas y ahora corría el riesgo de pasarse la fecha límite y que le llamaran la atención.

–La tercera es que puedes ir al rincón a pensar cuál es tu mejor opción…. ¿Entonces? –preguntó Amanda mientras se cruzaba de brazos.

–Qué generosa oferta… –susurró Samanta estirando su suerte un poco más –Podemos ver la película y termino luego…

 –¿Cuándo es tu fecha límite?

–Hoy….

–Entonces no es una opción.

–Lo puedo hacer realmente rápido yo sola y…

–El rincón entonces –la volvió a interrumpir Amanda mientras le indicaba con un dedo el rincón libre de su sala.

–¡No! ¿Cuáles eran las otras opciones?

–Muy tarde –señaló Amanda nuevamente el rincón –Yo puedo esperar a que vayas, pero a ti te conviene terminar con esto cuanto antes....

Samanta miro el reloj y supo que Amanda tenía razón. Laura estaría aquí en cualquier minuto. Resignada se paró de su silla y dejando en evidencia su frustración se dirigió al rincón señalado. Odiaba el sentirse así.

El destino o el tiempo tampoco estaban de su lado, no había pasado ni cinco minutos cuando el timbre sonó. Samanta permaneció mirando la unión de ambas paredes, sabía bien que abrir la puerta no era algo que estuviese en sus opciones en estos momentos

–¡Traje palomitas! –exclamó Laura apenas entró, antes de percatarse de en que predicamento se encontraba su amiga –¿Y de qué se le acusaaaaaa?

–De nada que sea de tu incumbencia –le respondió Amanda mientras le daba un beso y tomaban asiento en el sillón.

–Se me hace que no fue un juicio justo.

–¿Quieres acompañarla?

–¡No, gracias!

–Ya veremos…. Samanta, ven aquí por favor. –la llamó Amanda desde el sofá. Samanta se dio media vuelta y se acercó hasta dónde estaba trabajando antes. Podría haber terminado hace días si no hubiese dejado todo para último momento.

–Amanda dijo hasta aquí –señalo Laura divertida con la situación.

–¿Te solicité ayuda? –la regañó Amanda mientras ambas tanto ella como Samanta le daban sus mejores miradas asesinas, aunque por razones diferentes.

–Perdón… –se disculpó Laura rápidamente.

Amanda se puso de pie y le señaló a Samanta el lugar inmediato frente a ella.

–Ven aquí y no lo voy a repetir.

–¡Solo estamos perdiendo tiempo! –exclamó Sam mientras obedecía y caminaba arrastrado los pies hasta el lugar indicado.

–Eso te lo estás haciendo tu sola –respondió firmemente Amanda –¿Qué decidiste en el rincón entonces?

–¡Yo ya hubiese terminado para ahora! –volvió a exclamar Sam, visiblemente fastidiada.

–Vamos a tener la charla entonces –sentenció Amanda mientras la tomaba del brazo derecho, decidida a ayudarla a encontrar el camino hasta destino.

–¡No!

–¿Prefieres tenerla aquí? –preguntó Amanda levantando la ceja derecha y aún cuando Laura se había hecho momentáneamente invisible definitivamente seguía ahí.

–¡No! Voy a mi habitación –respondió rápidamente Samanta mientras se escurría suavemente de la mano de Amanda y caminaba rápido hacia su cuarto.

–Y tú –Amanda volteó a mirar a su novia, la cual estaba, muy por su supervivencia, en completo silencio –puedes esperarnos en el rincón ahora libre.

–¡Ayyyy! ¡Yo qué hice!

–No creías que te lo iba a dejar pasar…. Puedes ir al rincón o acompañarnos a la habitación.

–¿Para ver? –preguntó Laura divertida

–Para que compartan experiencias –respondió Amanda con quizá lo último de paciencia restante de toda la tarde.

–¡No, gracias! –respondió rápido Laura mientras juntando todas sus fuerzas se paraba derecha en el rincón señalado.

En la habitación Samanta se encontraba sentada en la cama, esperando, aceptar la ayuda para terminar más rápido no sonaba del todo mal ahora que lo pensaba mejor.

–Pantalones abajo y tráeme el cepillo que te di –ordenó Amanda apenas entró en la habitación.

–Amanda… yo …

–Tú no estás obedeciendo aún. ¿Sabes? Si me das una razón válida por la cual no querías mi ayuda, lo puedo aceptar y terminamos con esto.

–No tengo una…. –contestó Samanta visiblemente avergonzada.

–Eso creí. Ahora Samanta, el cepillo –volvió a pedirlo Amanda estaba vez estirando la palma de la mano abierta.

Samanta se puso de pie y se acercó hasta su closet. Segundo cajón de la derecha y debajo de un par de pijamas retiro un cepillo de bambú. Se lo dio a Amanda aún visiblemente avergonzada.

–Bájate los pantalones –volvió a indicarle Amanda mientras tomaba asiento al borde de la cama. Sam se desabrochó el jean y lo deslizó hasta por debajo de sus rodillas.

–Si sirve de algo ahora sí quiero tu ayuda.

–Me alegra escucharlo, ahora ven aquí –Amanda le ordenó mientas a la par con un firme movimiento de mano le ayudaba a tomar posición sobre sus rodillas. Le bajó los calzones apenas logro acomodarla y comenzó sin perder el tiempo con nalgadas firmes y rápidas. La incomodidad de la castigada no tardó en aparecer y requirió de mucha de su fuerza mental no intentar zafarse. Además, que sabía por experiencia que aquello nunca traía nada bueno.

–¡Perdón! –exclamó Sam, aún sonrojada de haber dejado que las cosas escalarán tanto.

–Ahora lo sientes porque te estoy castigando –respondió Amanda sin detenerse –pero para empezar no debiste de procrastinar y dejar todo a último minuto.

–¡Ah! ¡Lo sé!

–Y segundo, no tienes que ser perfecta. Está bien aceptar ayuda de vez en cuando –la regañó Amanda mientras continuaba con las nalgadas sin bajar ni la intensidad ni la velocidad.

–¡Sí! ¡perdón! ¡Espera! –dijo Samanta con angustia cuando sintió la base fría del cepillo sobre su cola.

–Sin meter las manos –le recordó Amanda –si te portas bien voy a terminar rápido.

–¡Me voy a portar bien! –respondió Sam notablemente mortificada.

–Esa es una buena decisión –Amanda levantó el cepillo y lo dejo caer con la fuerza suficiente para que Sam lo recordará durante las horas siguientes. Y así siguió durante unos minutos hasta que todo fuera un rojo uniforme desde mitad de la cola para abajo hasta la altura de los muslos.

–¡Perdón! –repitió Samanta por tercera vez en un mismo día.

–¿Qué vas a hacer apenas terminemos aquí? –preguntó Amanda mientras comenzaba a bajar la intensidad de los azotes.

–¡Terminar el reporte con tu ayuda!

–¿Y qué vas a hacer la próxima vez que tengas algo que entregar así de urgente? –Amanda detuvo los azotes.

–No dejarlo para último momento… por favor ya no más –pidió Samanta mientras recuperaba el aire –¡Duele!

–Lo sé…. A la próxima podrías portarte mejor, ¿no crees? –le sugirió Amanda mientras dejaba el cepillo a un costado y le acariciaba ligeramente la espalda.

–Sí, señora…. –respondió Samanta visiblemente aliviada al sentir como Amanda dejaba el cepillo de lado. Después de varios minutos un par de palmadas fueron su señal para incorporarse.

–¿Estás bien?

–¿Tu pregunta incluye el dolor de culo?

–¡Ja! No…. –se río Amanda mientras le devolvía su cepillo. Samanta se acomodó la ropa y volvió a dejar el cepillo en el mismo lugar de dónde lo saco, con suerte no volvería a verlo en un muy buen y largo tiempo.

–Qué ganas de sentarme tengo… –bromeó Sam visiblemente mucho más relajada mientras ambas se acercaban nuevamente al comedor. Y aunque le fue imposible no hacer una mueca al sentarse le fue mucho menos doloroso de lo que pensaba le iba a ser hacerlo.

–¿Amor? –llamó Amanda a Laura sentada desde una silla al costado de Samanta –¿Quieres salir del rincón y venir a ayudarnos?

–Ay no, ¡qué aburrido! –respondió Laura dándose la vuelta.

–¿Quién te dio permiso de salir del rincón? – le pregunto Amanda, aunque el tono era evidentemente relajado.

–Yo escuché si quería salir del rincón –respondió Laura sonriendo.

–Tiene razón –la apoyó Samanta.

–¡Y ayudarnos! –volvió a reír Amanda.

–Puedo hacer las palomitas. ¡Mi mejor oferta! – exclamó Laura desde ya la cocina.

–¡Increíble! –bromeó Amanda –¡Esto pasa cuando das tantas opciones!


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