El sol de las tres de la tarde atravesaba los ventanales del bar y se proyectaba en el suelo y las mesas. Amelia estaba sentada sola y, aunque sostenía su Kindle como si estuviera leyendo, en realidad estaba mirando la hora. “Quince minutos tarde”, pensó.
¿Quién era esta chica que de la nada le sacaba una foto? ¿Y
cómo consiguió su número?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la joven en
cuestión que irrumpió en el bar, con su actitud relajada y su sonrisa de oreja
a oreja, se acercó y la saludó. Contradiciendo su natural tendencia a ponerse
seria Amelia no pudo evitar devolverle la sonrisa. Dejó el dispositivo sobre la
mesa y le hizo una seña al camarero.
—Llegas tarde.
—Claro que no.
Amelia frunció el ceño por unos segundos y
se limitó a mirarla. La joven tenía un aspecto casual pero deliberadamente
cuidado, su indumentaria se percibía mucha calidad. Su cabello castaño oscuro y
largo terminaba en ondas sutiles. Sus dientes eran perfectos. Amelia se distrajo
un minuto mirando su boca.
—¿Cómo estás?
—¿Muy bien y tú?
—Así que tienes una foto mía. Que te pedí
explícitamente que no me tomaras.
—Nunca me pediste nada, esta es la
primera vez que hablamos.
—¿Así será nuestra conversación hoy?
—¿Así cómo?
Amelia sonrió, pero ahora su sonrisa era
bastante enigmática.
—Emma, ¿cierto?
—Sí, y tú eres Amelia. Ana García me dio
tu número.
—Ah, al menos ya sé cómo lo obtuviste.
En ese momento llegó el camarero y les
preguntó que iban a pedir.
—Un té, el blend número 4
—Una Corona.
—¿Vas a tomar cerveza a esta hora?
Emma la miró extrañada como si no
entendiera la pregunta. Amelia hizo seña al camarero para que traiga lo que
pidieron. Emma sacó de su bolso una foto impresa de 20x30 cm. El tamaño era
demasiado, ambas terminaron riendo.
—Sinceramente no esperaba que trajeras una foto impresa. Gracias —visiblemente
avergonzada, Amelia volvió a poner la foto rápidamente dentro del sobre.
—Un placer. Eres hermosa, y fue mi privilegio poder capturarte en
ese instante.
Amelia sonrió, la joven era graciosa. Tenía
un dejo irónico, y era encantadora. Con la conversación casual pasó casi una
hora. Amelia observando detrás de su taza de té y Emma por la cuarta cerveza.
Cuando intentó hacerle seña al camarero para pedir otra, Amelia la detuvo.
—Creo que ya está bien para esta hora de
la tarde.
Emma soltó una carcajada. “¿Y tú quién
eres para decirme cuánto tomar?”. Lo pensó, pero no lo dijo. En cambio, se
quedó mirándola, había algo en la actitud de Amelia que la atraía como a una
polilla la llama.
—Entonces, ¿eres fotógrafa?
—Naturalmente.
—Excelente.
—¿Y tú a qué te dedicas?
—A varias cosas. Me muevo en el circuito
académico, pero tengo además otra actividad de la que prefiero no dar detalles
en este momento.
—¿Y por qué no?
—Porque recién nos estamos conociendo, ya
te contaré.
—¿Y con quién vives?
—Sola. Mi departamento y mi estudio están
en el mismo edificio. ¿Y tú?
—Vivo con mis padres en barrio parque.
—Niña privilegiada. Y que vive con papá y
mamá.
—No tan niña, tengo 27. Y sí, vivo muy
bien con ellos, ¿por qué iba mudarme?
De pronto todas las actitudes y gestos de
Emma tenían sentido, como las piezas de un rompecabezas que finalmente se arma.
Amelia no pudo evitar sentir una fuerte atracción, ese deseo intenso de ponerle
límites a la niña malcriada.
Emma, jugando con la botellita de agua
frente a ella, estaba empezando a aburrirse.
—Ahora quiero saber a qué te dedicas, no
puedes decir eso y después no contar nada. Eres el peor tipo de chismosa.
Amelia se puso seria.
—Ya se hizo tarde para mí, muchas gracias
por la foto y por la tarde.
Emma seguía recostada en su silla y ahora
comenzó a jugar con el sobre de la foto que seguía sobre la mesa. Tocaba una
esquina con la punta de los dedos, y con un gesto nada sutil hizo un movimiento
con el índice y lo tiró al piso.
El sobre voló como un planeador hasta la
otra mesa.
Amelia la miró a los ojos.
—Tienes diez segundos para recogerlo.
Su voz no admitía réplica.
Emma sonrió, o intentó sonreír. Y parecía
que quería efectivamente esperar hasta el último microsegundo para hacerlo, o tal
vez dejarlo ahí (“¿y qué pasa si no lo hago?”) pero el instinto la salvó. Se
inclinó y recogió el sobre.
—¿Podrías cortar este jueguito, por favor?
—Lo siento, se cayó.
Amelia hizo seña al camarero y pagó la
cuenta. Luego tomó su bolso y su sobre y señaló la calle.
—¿Para dónde vas? Mi coche está a media
cuadra, ¿quieres que te alcance?
—No, gracias. Me encantaría, pero quedé
con una amiga.
—Entonces espero que nos volvamos a
cruzar. Gracias otra vez.
—Un placer, ¡espero que sí!
Se dieron un abrazo que comenzó un poco torpe pero el
contacto y la cercanía hizo que ambas sintieran como si se conocieran de toda
la vida. Y quedaron mirándose. Emma, por un segundo imperceptible, apoyó la
cabeza en el cuello de Amelia porque más tarde intentaría recordar su perfume. Se
besaron en la mejilla y salieron hacia puntos opuestos. Durante el camino a casa ninguna de las dos
podía disimular la sonrisa.
Amelia y Emma 2: la exposición de fotos
*inserte música de romance* 👀 ya empezó la primavera 🌼 también por aquí?! Jajaja. Ya lo dije antes me encanta Amelia como Top y ahora tengo muchísimas ganas de conocer a Emma... (aunque me parece conocida) y ganas también de que vuelva a intentar eso del sobre después de saber sobre el trabajo de Amelia. Gracias por la actualización Vic! Me encantan tus historias.
ResponderEliminarY bueno quien sera? quien sera? Jajajaja y la inspiración literalmente toca tintes de realidad. Esta genial la historia solo odio que Vic es tan Vic y nos corta cuando ya se esta poniendo re buena.
EliminarEl relato me ha recordado a unas cuantas primeras citas, esas de ponerte cara y ver si en persona se da el feeling necesario para dar un paso más. Y hay algo que debe ser universal veo:
ResponderEliminarEl sobre voló como un planeador hasta la otra mesa.
Amelia la miró a los ojos.
—Tienes diez segundos para recogerlo.
Su voz no admitía réplica.
Ese reto y la búsqueda de reacción