Mónica respiró hondo frente al dormitorio cerrado, sus nudillos blancos al apretar las manos. Las manecillas del reloj del pasillo marcaban las 10:32 de la mañana. Nora aún roncaba suavemente, un sonido que normalmente le parecía adorable, pero que hoy solo alimentaba la decepción que ardía en su pecho.
La noche anterior había sido un desastre. Nora, con su camiseta graciosa que decía “El caos es mi cardio”, sus vaqueros ajustados y las zapatillas de deporte manchadas, había llegado a casa pasada la una de la madrugada. No solo tambaleándose, sino hablando con la lengua trabada y además de una forma agresiva que Mónica nunca le había escuchado, además apestando a alcohol barato.
Nora: ¿Y tú quién eres para decirme algo? señalándola con el dedo. Solo eres mi esposa, no mi… mi carcelera, que eres una dictadora.
A Mónica le sentó fatal el comentario, sabía que lo decía porque esta bebida. Pero lo peor, lo absolutamente imperdonable, era que Nora estaba tomando medicación para las migrañas, que le prohibía tomar alcohol por la interacción que hacían. Nora lo sabía. Lo habían discutido juntas. Había sido una de las normas más sagradas.
Mónica giró el pomo y entró. La habitación estaba en penumbra, las persianas bajadas. Nora estaba boca abajo, enterrada bajo las mantas. Mónica se acercó y colocó suavemente la mano sobre el hombro de su esposa.
Mónica: Nora, levántate.
Un gemido surgió de las mantas.
Nora: Amor… me duele la cabeza. Todo da vueltas.
Mónica: No me sorprende, levántate. Ve al baño, date una ducha fría. Tienes veinte minutos para estar en la sala de estar y quiero que huelas bien y no con ese pestazo que echas a alcohol.
Nora asomó la cabeza, pálida, con los ojos inyectados en sangre. Al ver la expresión de Mónica – no enfadada, sino fría, distante, profundamente herida – todo el recuerdo de la noche anterior cayó sobre ella como una losa. Su rostro se descompuso en un gesto de puro pánico.
Nora: Cariño, yo… lo siento, no sé qué me pasó, el estrés del trabajo, la presentación que salió mal…
Mónica: Veinte minutos, Nora - la interrumpió Mónica, dándose la vuelta y saliendo de la habitación. No había espacio para excusas. No hoy.
La sala de estar estaba impecable, todo recogido, Mónica era extremadamente ordenada. El sol de la mañana entraba por la ventana, iluminando el sofá y el rincón donde sucedía la disciplina. Mónica estaba de pie, esperando. Llevaba unos pantalones de vestir sencillos y una blusa, pero su postura era erguida, estaba enfadada y decepcionada.
Nora apareció en la puerta, se había puesto unos vaqueros cortos y una sudadera holgada. Estaba súper nerviosa, sabía que la había liado y que Mónica estaría furiosa.
Mónica: Ven aquí.
Nora obedeció, deteniéndose a un metro de ella, con la mirada baja.
Mónica: ¿Recuerdas nuestra conversación sobre la medicación?
Nora: Sí- dijo en un susurro de voz.
Mónica: ¿Recuerdas que me diste tu palabra que no mezclarías alcohol con ella porque es peligroso para tu salud?”
Nora: Sí.
Mónica: ¿Y recuerdas la forma en que me hablaste anoche? El desprecio en tu voz cuando me llamaste carcelera y dictadora?.
Nora : Lo siento. Estaba borracha. No era yo.
Mónica: Eras tú,- corrigió Mónica, su voz cortante. El alcohol solo quitó los filtros. Liberó la rebeldía, la irresponsabilidad y la falta de respeto que has estado alimentando. Pones en riesgo tu salud, rompes tu palabra y me faltas al respeto. Esto no es un simple descuido, Nora. Esto es una traición a nuestro acuerdo, a nuestro matrimonio y a mi cuidado.
Cada palabra era como un puñal, dolía muchísimo. Nora no podía contener las lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas.
Mónica: Por todo ello, el castigo de hoy será severo. Más severo de lo habitual. No quiero quejas, ni súplicas, ni chulería. Te has ganado cada azote que recibirás. Ahora, baja esos pantalones y luego, ponte sobre mis rodillas (como siempre Nora no llevaba bragas).
El mensaje era claro, Mónica estaba furiosa, no había tiempo para tonterías. Nora empezó a notar su corazón en la garganta, desabrochó su vaquero y lo bajó hasta los tobillos. Luego, con arrepentimiento se tumbó en las rodillas de Mónica.
Mónica no dijo nada más. Colocó su brazo firmemente alrededor de la cintura de Nora, la sujetó con fuerza y alzó la mano.
El primer azote sonó con un ¡CRACK! que hizo que Nora pegara un bote y soltara un quejido. Aquello ya le dejó claro que Mónica venía con el enfado acumulado de toda la semana. No empezó despacio ni fue tanteando el terreno. Nada de eso. Fue directa al grano, marcando un ritmo firme y constante, sin darle mucho margen para recomponerse entre uno y otro. Nora enseguida entendió que aquella vez no iba a librarse con una charla ni con un par de advertencias. Mónica había llegado a su límite y estaba decidida a dejar las cosas claras.
“¡Ay! ¡Mónica, por favor!” suplicó Nora casi de inmediato, pataleando con sus zapatillas.
Mónica ignoró los gritos. Su enfado, contenido y frío, se convertía en energía en cada movimiento de su brazo. Pensaba en el miedo que había sentido al verla tambalearse, en la rabia que le produjeron sus palabras, en el pánico al pensar que la medicación pudiera haberle hecho daño. Cada uno de esos sentimientos se transformaba en un azote fuerte y claro, quería darle una lección a su mujer.
Al cabo de unos minutos, el culo de Nora ya estaban uniformemente rosadas, calientes al tacto y comenzaban a ponerse de un rojo intenso. Los sollozos de Nora eran continuos, entrecortados por súplicas.
Nora: ¡Ya basta! ¡Lo prometo! ¡Nunca más!
Mónica: Ni la mitad, no llevamos ni la mitad. dijo Mónica, por primera vez, con voz grave.
Dejó de usar solo su mano. Con el mismo movimiento eficiente, tomó el cepillo de madera para el pelo, de mango largo y respaldo plano y liso. Era su instrumento más temido.
Mónica: Ahora con el cepillo. Por la falta de respeto - anunció.
El primer golpe del cepillo hizo que Nora se arqueara con un grito desgarrador. Era un dolor agudo, concentrado y profundo que traspasaba el calor superficial y se instalaba en los músculos. Mónica los aplicó con una precisión brutal, cubriendo especialmente el área donde se sienta, la más sensible. Nora dejó de suplicar y comenzó a llorar de manera descontrolada, un llanto de dolor puro y arrepentimiento.
Nora: ¡Soy una idiota! ¡Lo siento! ¡Te respeto, te lo juro!
Después de un buen rato, dejó el cepillo a un lado. El culo de Nora eran un paisaje de un rojo oscuro, casi violáceo en algunos puntos, muy caliente. Nora seguía sobre su regazo, agotada, sudando, intentando controlar su respiración.
Mónica: Vete cara a la pared a reflexionar un rato y ahora continuamos con el castigo. Y el pantalón ni tocarlo, te lo dejas en los tobillos - le lanzó una mirada fulminante con esa orden.
Nora: No, por favor, ya he aprendido la lección. Lo siento muchísimo.
Mónica: No te estaba pidiendo tu opinión. De cara a la pared, YA.
Mónica se sentó en el sofá, observándola, muy seria, ¿cómo se podía haber descuidado tanto su mujer? Después de 15 minutos, la llamó.
Mónica: Por romper tu promesa y poner en peligro tu salud, los azotes serán ahora con la vara. Pon las manos encima del sofá y el culo bien en alto.
Nora: Sí, lo entiendo perfectamente. Lo siento muchísimo, cariño. Ufff. - dijo con las lágrimas saltadas.
Nora ya no tenía fuerzas para luchar estaba resignada, había entendido el daño que le había hecho a Mónica y quería terminar con el castigo ya.
El tiempo perdió su significado. Para Nora, solo existía el ciclo interminable de dolor, el calor abrasador, las punzadas de la vara. Había roto algo precioso. Había herido a la mujer que más la cuidaba. Mónica azotaba sin piedad, Nora intentaba aguantar como podía, en ocasiones bajaba el culo y eso le costaba que el siguiente azote con la vara fuera más severo aún.
Mónica se detuvo. Dejó la vara encima de la mesa y observó las marcas que le había hecho. Nora estaba sudando y con los ojos rojos de llorar. Sentía mucho arrepentimiento y dolor.
Mónica: Hemos terminado. Ya te puedes levantar.
Ayudó con cuidado a Nora a ponerse de pie. Nora se tambaleó, se llevó las manos al trasero ardiente, pero se detuvo al ver la mirada de Mónica.
Mónica: Ni se te ocurra tocarte - dijo Mónica seriamente. Ve a tu rincón de nuevo, de cara a la pared. Quédate allí, reflexiona y ahora en un rato hablamos.
Mónica se quedó mirándola, más relajada, quería que su mujer no volviera a repetir lo que hizo. Luego salió de la habitación para preparar dos tazas de manzanilla con miel y a por crema hidratante.
Cuando Mónica volvió, Nora aún estaba en el rincón, quieta.
Mónica: Puedes salir - dijo ya voz más dulce y conciliadora.
Nora se dio la vuelta. Su rostro estaba hinchado por el llanto, pero sus ojos, aunque doloridos, estaban claros. Ya no había rastro de la borrachera ni de la rebeldía. Solo había vergüenza y arrepentimiento profundo.
Se acercó con la cabeza agachada, todavía con los vaqueros alrededor de los tobillos.
Nora: Mónica…comenzó, su voz ronca.
Mónica: Shhh - la interrumpió, colocando un dedo suavemente sobre sus labios. Le subió los vaqueros. Nora contuvo el aliento por el dolor, pero no protestó. Mónica la guió hasta el sofá y le indicó que se sentara con cuidado, antes de sentarse a su lado y entregarle una taza.
Mónica: Bebe, mi amor. Te ayudará.
Nora tomó la taza con ambas manos, bebiendo a sorbos pequeños. El silencio era cómodo ahora, el aire purgado de la tensión anterior.
Nora: Lo siento mucho, - mirando el líquido en su taza. De verdad. No fue solo la borrachera. He estado acumulando frustración en el trabajo, sintiéndome abrumada, y en lugar de hablarte, me rebelé de la forma más estúpida y peligrosa posible. Te falté al respeto. Menosprecié tu cuidado. Puse en riesgo mi salud. No hay excusa.
Mónica asintió lentamente. Lo sé. Y por eso el castigo fue como fue, tan duro. Necesitas recordar el pacto que tenemos y que te voy a cuidar incluso en los momentos que tú no puedes. Te amo, pero no puedes volver a hacer nunca más eso. Me tuviste muy preocupada, cariño.
Nora: Lo sé - dijo entre susurros, con lágrimas de nuevo en los ojos. Ahora me doy cuenta de lo mal que lo hice. De verdad que lo siento muchísimo.
Mónica extendió el brazo y rodeó con él los hombros de Nora, acercándola con suavidad. Nora se dejó caer contra ella, escondiendo la cara en el pecho de Mónica.
Mónica: Te amo, mi niña rebelde, - dijo besando su pelo. Pero te amo demasiado para permitir que te destruyas.
Nora: Y yo te amo y te respeto. Más que a nadie. Prometo que no volverá a pasar. Haré mi meditación. Te hablaré del estrés. Y el alcohol, puedes estar tranquilla que ni olerlo mientras tome la medicación.
Mónica: Lo sé. Ahora, el castigo ha terminado. Estamos en paz, pero habrá un mantenimiento estricto esta semana. Revisión diaria, tareas adicionales de orden, y meditación supervisada. Y si detecto por un momento de esa actitud brat o te pones chula, vuelves de nuevo a mis rodillas ¿Entendido?”
Nora: Entendido.
Nora se sentía, por primera vez en semanas, ligera y segura. Sabía exactamente dónde estaba su lugar: no bajo el desprecio, sino bajo el cuidado firme y amoroso de su esposa. Y por ella, no lo cambiaría por nada del mundo.
Comentarios
Publicar un comentario