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Un desastre con patas.

 Era una tarde calurosa en Matalascañas. 

Erika habia ido a pasar el día a la playa.

Estaba tumbada en su toalla mientras se ponía crema cuando escuchó:

- Que va, mi moreno es rojo, jajajaja.

Aquella voz era proveniente de una joven que estaba con sus amigas. 

La joven era de una tez blanca, pero ahora era lo más parecido a una gamba cocida.

Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Esa chiquilla no estaba bien de la cabeza.

Cuando se cansó de estar allí y de observar como aquella joven se ponía morada de mojitos, recogió sus bártulos y se fue al hotel donde se hospedaba.

A la hora de la cena, se dirigió al buffet y, sentada en su mesa, vio pasar a la misma joven. Ésta vez no estaba tan sonriente. Estaba sola. Quemada. Con más mala cara que un lunes a las seis de la mañana.

Cuando vio que la joven se dirigía a las bandejas de comida, no perdió la oportunidad de dirigirse hacia ella.

- El sol y los mojitos no son buenos aliados...

La joven la miró avergonzada. No sabía quién era aquella mujer con unos cuantos años más que ella que la...¿Reñía?...

- ehh...yo...bueno...

- ¿Vienes sola? (Preguntó Erika directa)

- Si... Bueno... Si.... Yo... Iba a venir con mi ex... Y ya estaba pagado desde el año pasado.

- Uhm...

Erika la miraba fijamente mientras ella se sonrojaba más y más a cada mirada.

Se veía tan vulnerable, tan pequeñita...

- ¿Quieres sentarte conmigo? Yo también estoy sola.

La joven asintió.

Durante la cena estuvieron charlando, conociéndose un poco. 

La joven se llamaba Zoe y era tan simpática como desastrosa.

- Necesitas un poco de orden y disciplina. (Dijo en un momento de la conversación Erika, mostrándose seria e intimidante)

- Quizá... (Zoe no sabía dónde meterse. Esa mujer la imponía y ponía a partes iguales)

Ese quizá, a Erika la hizo sonreír maquiavélicamente. Le había dado pie a lo que tenía en mente desde que la vio en la playa aquella tarde.

- Vamos. (Ordenó Erika una vez acabaron de cenar)

Zoe sin saber porque, obedeció.

Subieron a la habitación de Erika. 

Zoe tenía un nudo de nervios en el estómago. No sabía que iba a pasar. Su imaginación le estaba jugando malas pasadas. Imaginarse a Erika castigandola la estaba poniendo a mil, pero rezaba porque no se le notara.

Erika lo notó desde primera hora, pero calló. Era hora de empezar eso que Zoe tanto necesitaba.

En la habitación, Zoe, de pie, esperaba órdenes de Erika.

- Siéntate en la cama.

Zoe obedeció y Erika, de pie, comenzó a reñirla.

- Seguro que tendría muchos motivos más por los que reñirte, pero empezemos hoy por lo que he visto. He visto a una niña descerebrada tomando el sol sin protección, ingiriendo bastante alcohol y, encima, mofándose de sus quemaduras. ¿Sabes lo perjudicial que es todo eso para tu cuerpo?

- Emmm..yo.... (Zoe no sabía dónde meterse)

Erika, con los brazos cruzados mirando fijamente a Zoe, continuó.

- Señorita, no espero respuesta. Espero arrepentimiento, y tengo una manera de conseguirlo... Creo que mereces un castigo. Un castigo ejemplar. Un castigo que te haga recordar que está bien y que no. ¿Estás de acuerdo?

Zoe asintió cabizbaja.

- Mírame y responde como corresponde.

Zoe, roja como un tomate, levanto la cabeza y, mirando a Erika con ojos arrepentidos contestó:

- Castigueme, Señora, por favor.

Erika sonrío irónicamente.

- Levántate. (Ordenó)

Erika se sentó en el borde de la cama y, cogiendo del brazo a Zoe, la puso sobre sus rodillas y le bajó las bragas hasta los tobillos.

Empezó a repartirle azotes por todo su... Ya rojizo culo, por culpa del sol.

Al estar quemada, los azotes dolían el doble, y no hizo falta mucho tiempo para que Zoe empezara a patalear sobre las rodillas de Erika.

- Ya... Me dueleeee... (Gimoteó)

- Y más que te va a doler. No te voy a dejar marca porque te tienes que poner el bikini, pero quiero que recuerdes ésta noche lo importante que es cuidar de una misma.

Siguieron los azotes durante muchos minutos más.

Erika paró de azotar a Zoe cuando sus primeras lágrimas empezaron a brotar y suplicaba perdón.

Cuando levantó a Zoe de sus rodillas, quedándose ella sentada, la abrazó con fuerza mientras le acariciaba suavemente el culo.

A Zoe esas caricias le supieron a gloria. Estaría así hasta la eternidad.

Erika volvió a tumbar a Zoe en sus rodillas, y ella, al borde del llanto suplicó:

- No por favor, no más! Seré buena, lo prometo...

- Shhh...shhhh. ya pasó. No te voy a castigar más. Te voy a echar un poco de crema.

Esparció la crema con paciencia, parsimonia, cariño...

Antes de despedirse, intercambiaron teléfonos y, tras un guiño de ojo por parte de Erika, dijo:

- Si necesitas orden... Llámame.

Zoe volvió a sonrojarse una vez más.

- Soy un desastre con patas...

Erika sonrío, y, dándole un cariñoso azote, se despidió de ella.

Comentarios

  1. Qué buen relato Laura. Clarísimo, la sensación de estar ahí. La diferencia de energía entre las dos. Me encantó. Gracias por escribir

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