La casa aquella noche no era solo una casa.
Era un espacio habitado por códigos compartidos, por silencios que significaban cosas, por miradas que no necesitaban explicación. La luz era cálida, ligeramente dorada, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Los cojines estaban esparcidos con una intencionalidad que parecía descuidada, pero no lo era. Sobre la mesa, copas de vino, alguna botella abierta, latas de cervezas, restos de risas recientes. Y mujeres. Mujeres que sabían. Mujeres que habían aprendido a leer más allá de las palabras, mujeres que pertenecían al mundo de la disciplina doméstica, mujeres valientes hacia la vida. Un grupo de mujeres con mucha personalidad, algunas spankers, otras claramente brats.
Ahí estaba yo en el centro. No físicamente al principio. Pero energéticamente, sí. Porque cuando entraba en ese estado —ese punto exacto entre juego, desafío y necesidad— el espacio se reorganizaba alrededor de mi.
—A ver, orden, orden —dije levantando copa—. Como presidenta oficial de Bratnia, exijo respeto institucional.
Las risas estallaron.
—¿Perdona? —respondió una desde el sofá— ¿desde cuándo eres presidenta?
—Desde siempre, cariño. Solo que ahora lo he hecho público —dije entre risas.
—Madre mía, como estás de subida…
Las risas fueron inmediatas.
—¿Perdona? —dijo Julia desde el sofá, con media sonrisa y levantando una ceja— ¿quién te ha votado?
—El pueblo —respondo sin dudar—. Y el pueblo soy yo.
—Claro, democracia plena —añadió Luna.
—Totalmente. Participativa. Yo participo, vosotras acatáis.
Más risas.
—Hombre, es que además yo soy una brat con vocación —respondo, levantando la copa— no como vosotras, que sois amateurs y unas mariconas.
—Vale, pero es que lo tuyo ya es nivel profesional —dice una de las chicas riéndose.
—Gracias, gracias. La clave está en no tener miedo y tener poca vergüenza.
Un murmullo divertido recorrió el grupo.
—Oye, pero una cosa —dijo otra brat acercándose a mi— ¿y tu mujer qué opina de este golpe de estado y te hayas hecho Presidenta?
La miro de reojo.
—Mi mujer… —hago una pausa teatral— está encantada de tener a alguien con iniciativa en casa.
Al fondo, casi fuera del círculo principal, Mónica observaba. Apoyada en la pared.
Una mano relajada sobre la copa, la otra cruzada sobre el brazo. Postura tranquila. Cuerpo sin tensión. Pero ojos atentos.
Una de las spankers, con una media sonrisa, comentó:
—Oye, Mónica, parece que tu chica va hoy con todo por lo que veo, ¿no? A ver si va a levantar una rebelión con el resto de las brats. Si lo necesitas, puedes usar mi habitación.
- Como siga jugando con fuego, se va a terminar quemando - le respondió Mónica seriamente.
Mónica no intervenía rápido. Nunca lo hacía. Primero observaba. Medía. Esperaba. Me vio inclinarme hacia el grupo de brats. Me vio bajar la voz. Me vio sonreír de esa manera concreta que ya conocía demasiado bien. Y entonces se movió. No de forma brusca. Ni teatral. Simplemente… se despegó de la pared. Cruzó el salón sin prisa. Sin que el ambiente cambiara aún. Y se colocó a mi lado. Muy cerca.
—Nora —dijo en voz baja con ese tono que no era público.
Me gire hacia ella, con una sonrisa aún encendida.
—¿Qué pasa, mi amor?
Se inclinó ligeramente hacia mi.
—Bájate un poco.
Pausa.
—¿De qué?
—De todo.
Su mirada no era dura. Pero tampoco era negociable.
—Te estás subiendo demasiado.
Sonreí más.
—Estoy en mi punto.
—No.
Pausa breve.
—Y no te interesa seguir por ahí.
Ahí hubo un microsegundo. Un instante en el que podría haber elegido. Podría haber leído lo que había detrás de esa frase. Podría haber bajado. Pero no lo hice.
—Relájate, mi vida —susurro—, estamos entre amigas.
Mónica sostuvo mi mirada tres segundos más de forma seria.
—Ya.
Y entonces añadió, muy despacio: Luego no digas que no te he avisado.
Mónica se apartó y volvió a la pared.
Y yo me giré hacia el grupo con una sonrisa más grande. Error.
—Vale —dije— ahora sí.
Las otras brats se acercaron instintivamente.
—Se viene —murmuró una.
—Escuchad —dije bajando la voz— vamos a hacer algo.
—No…
—Sí.
—No, no, no… esa cara no me gusta.
—Tranquilas —sonreí—. Nada grave.
—Eso es mentira siempre contigo.
Me inclino aún más.
—Solo vamos a tocarle un poco las narices.
Silencio breve.
—¿A Mónica?
—Claro.
Varias se miraron entre ellas.
—Estás loca.
—No.
Pausa.
—Tengo que hacer mención a mi Presidencia y a ver si aprendéis algo ya, que vaya ejército más blandito me he buscado, coño.
—¿Y qué tienes en mente?
Sonreí.
—Algo sencillo, nada excesivo, nada agresivo, pero suficiente para cruzar una línea.
—¿Y si se enfada?
Ahí levanté la barbilla.
—A mí no me va a hacer nada aquí. No estamos en casa, nunca me ha castigado fuera. Puede que me regañe cuando lleguemos a casa, pero por ustedes y por las risas, me la juego.
Silencio.
—¿Segura?
Miré hacia la pared. Ahí seguía Mónica, tranquila, observando. Volví a mirar el grupo.
—Segurísima.
Y sonreí como si ya hubiera ganado la batalla.
El plan se ejecutó casi sin esfuerzo. Un gesto aquí. Una distracción allá. Pequeños detalles. Hasta que…
—¿Dónde está mi móvil? La voz de Mónica atravesó el salón.
Todo se detuvo ligeramente.
—¿Alguien lo ha visto?
Yo que estaba sentada encima en la mesa, giré la copa entre mis dedos.
—Ni idea, mi amor…
Me miró fijamente clavando sus ojos.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Una risa escapó de algún lugar. Y fue suficiente. Mónica dejó la copa. Se levantó. Despacio. El ruido del salón se apagó poco a poco. Y entonces…el aire cambió.
—Nora, levántate —No gritó. Pero todo el mundo escuchó.
Me reí.
—¿Para qué?
—Levántate.
Miré a mi alrededor. Buscando apoyo, pero ya no había risas. Me levanté aún con chulería, aún con una sonrisa.
—A ver… tranquilita, mi amor… que estamos con gente…
Mónica no sonríe.
—Te estás equivocando.
Mónica se acerca más.
—Y mucho.
Ahí se me cae un poco la sonrisa.
—De cara a la pared.
Silencio absoluto en el salón.
—¿Perdona?
—He dicho de cara a la pared.
Me río nerviosa.
—Mónica… no…
—Ahora.
Miro alrededor. Todas mirando. Algunas con cara de “te lo dijimos”.
—No me hagas esto… —la miro con ojos suplicantes.
—No me lo hagas tú a mí —responde con firmeza.
Pausa.
—Te he advertido antes.
—Era una broma…
—No.
Su tono es firme. Bajo. Sin gritos. Pero no deja espacio.
—De cara a la pared.
Y por primera vez esa noche no respondo con una broma. Porque ya no era un juego. Me pongo de cara a la pared con el corazón a mil por hora.
El salón en silencio.
Siento todas las miradas. Después de varios minutos, las otras chicas buscan y devuelven el móvil a Mónica.
Mónica detrás.
—Mírame.
Me giro un poco.
—No. De frente.
La miro.
—¿Qué te dije antes?
Silencio.
—Contesta.
—Que parara…
—¿Y qué has hecho?
Trago saliva.
—Seguir…
—Exacto.
Pausa.
—¿Y encima qué has hecho delante de ellas?
Silencio.
—¿Te creías que no iba a hacer nada?
Me tiembla la voz un poco.
—Sí… —y se me pone la cara encendida en ese justo instante.
Un murmullo suave en el grupo.
—Pues te has equivocado.
Silencio.
—Y mucho.
Bajo la mirada.
—Perdón… —digo mientras me muerdo el labio inferior.
—No. Mírame cuando te hablo.
La miro, con la cara encendida todavía, quiero me trague la tierra.
—Esto no va de quedar por encima de nadie.
Pausa.
—Ni de hacerte la lista delante de tus amigas.
Respiro más fuerte.
—Esto va de respeto.
Silencio.
—Y hoy…
Pausa
—Te lo has saltado.
—Lo siento…
—Y más lo vas a sentir.
Mónica mira a su amiga spanker y dueña de la casa.
—¿Te importa si uso la habitación que me has dicho antes?
—Estás en tu casa, Mónica, usa lo que necesites.
Mónica se va hacia su bolso y saca de allí un cepillo de madera y se toca su cinturón que lleva puesto, dando a entender a todas las espectadoras que no quitan ojo, que lo va a usar. Me coge de la oreja y me lleva directa hacia la habitación. En ese momento me quiero morir de la vergüenza.
La puerta se cierra.
Y con ese sonido, todo lo demás desaparece.
El ruido del salón, las miradas, el papel que estaba sosteniendo fuera… todo cae de golpe. Se queda solo el silencio. Y dentro de ese silencio, algo en mi pecho empieza a latir más fuerte.
Estoy de pie. Sin mirarla. Ella sentada en la cama junto con el cepillo y el cinturón a su lado. Mirándome fijamente, esperándome.
Siento el calor en la cara. La vergüenza subiéndome por el cuello. Y debajo de eso, otra cosa más incómoda: rabia. Rabia porque no ha salido como quería. Porque me ha parado. Porque ha visto exactamente lo que estaba haciendo.
—Mírame.
No lo hago. No quiero darle eso también.
—Nora.
Ese tono. Aprieto la mandíbula. Levanto la mirada despacio.
—No hacía falta hacerlo delante de todas —digo, más como defensa que como argumento.
Ella no reacciona a eso. No entra.
—Sí hacía falta.
Silencio.
Y eso me descoloca más que cualquier discusión.
—Te estabas pasando.
—Era una broma…
—No.
Otra vez ese “no”. Corto. Sin grietas.
Intento sostenerle la mirada, pero algo en mí empieza a ceder. Porque sé que no está discutiendo conmigo. Está describiendo algo que ya ha decidido.
Se levanta de la cama, se acerca un paso.
—Hoy no ibas a parar. Lo has hecho para llamar la atención.
Me quedo quieta y en silencio. Porque sabe que es así, me conoce demasiado bien.
—Y te la he dado, pero no como tú querías.
Ahí me rompo un poco, se me salta las lágrimas pero de rabia.
—Lo siento – digo falsamente para que me deje en paz.
—Luego hablamos de cuánto lo sientes. Túmbate en mis rodillas ahora mismo.
- No quiero. Estoy enfadada contigo.
- Muy bien, te doy a elegir: ¿Quieres que te ponga el culo morado en privado o en público?
Le lanzo una mirada de odio fulminante en ese instante y entre dientes te respondo “en privado” y me tumbo en tus rodillas. Empiezas firme y fuerte, tengo el cuerpo muy tenso, estoy cabreada, no me ha salido la jugada como planeaba, sé que me están escuchando fuera. Odio mi vida en ese momento. Intento hacer fuerza y no darte la satisfacción que sientas que me está doliendo así que aguanto estoicamente. Sabes de mis resistencias por otros castigos y sabes que estoy en plena pataleta y me tienes que bajar, así que tras emplear la mano a fondo, no tardas en bajarme el pantalón y dejarme con el culo desnudo (nunca uso bragas), para en breve pasar al cepillo de madera infalible para este tipo de actitud. Ahí ya me empieza a bajar el estoicismo.
Trago saliva. Y ahí aparece, por primera vez, esa sensación incómoda de que ella tiene razón.
Y justo ahí es donde empieza el conflicto de verdad. Porque no quiero. Porque estoy enfadada. Porque una parte de mí sigue resistiendo. Pero otra… ya no.
Dejo de patalear tanto, dejo de luchar tanto físicamente. No por desafío. Sino porque noto cómo se me está cayendo todo por dentro. La imagen, el control, la idea de que “no iba a pasar nada”. Y eso duele más que cualquier otra cosa.
Como si todavía pudiera mantener algo de control. Pero mi cabeza ya no está en eso. Está en: “me ha visto” “sabía lo que estaba haciendo” “y aún así he seguido”. Y eso empieza a romper la resistencia desde dentro.
Mi respiración cambia, se vuelve más irregular. Ya no estoy sosteniendo un papel. Estoy sintiendo. Estoy sintiendo el dolor de los azotes, su perfume, pero estoy sintiéndola a ella, a mi mujer.
Intento negociar en algún momento, casi por inercia:
—Ya está… ya he entendido…, no me azotes más.
Pero su respuesta es estable. No reacciona a la intensidad del momento. Está en otro sitio.
—Aún no.
Para durante unos breves segundos para regañarme y me dice con mucha dureza mientras sigo aún en sus rodillas:
- ¿Crees que es normal el comportamiento que has tenido ahí fuera? ¿Esa actitud tan chulesca, tan de subida e incluso teniendo que esconderme el móvil? ¿A qué estabas jugando, Nora? ¿Qué pretendías demostrar? Porque tú no eres así.
Se reanudan los azotes con el cepillo pero duelen mucho más de lo que esperaba y es que ahí aparece la frustración. Y justo después… el quiebre. No es sólo dolor físico. Es dolor interno. Es ese punto en el que dejo de intentar ganar. Y empiezo a aceptar que he cruzado una línea que no quería reconocer. Las lágrimas llegan ahí. No antes. Cuando ya no estoy luchando contra ella, sino conmigo.
Fuera, sé que hay gente. Lo sé todo el rato.
Y eso forma parte de lo que está pasando dentro de mí: la exposición, la caída del personaje, la sensación de “ahora sí me han visto de verdad”.
Pero dentro de la habitación, eso deja de ser lo importante.
Lo importante es que ya no estoy arriba. Estoy bajando. Y Mónica no acelera eso. Tampoco lo suaviza. Lo sostiene. Sabe que voy por el buen camino pero me tiene que ayudar a terminar de bajar, a terminar de regularme a nivel emocional, no me puede dejar en ese estado. Por eso esa dureza en sus palabras, por eso esa firmeza, esa consistencia, el llevarme hasta donde me tiene que llevar para que todo vuelva a encajar en mi mundo.
En el salón, el ambiente ha cambiado completamente. Nadie habla.
Solo se escuchan cosas desde la habitación:
• Mi voz quejándose
• La voz de Mónica firme
• Pausas largas
• Los cepillazos fuertes
• Momentos donde intento negociar
• Momentos donde ya no puedo más y solo pido clemencia.
Una de las brats susurra:
—Joder…
Otra:
—Se ha metido en un lío serio…
Una de las spankers, tranquila:
—No es castigo por castigo, se lo estaba buscando.
De repente se puede distinguir la voz de Mónica diciendo:
—Levántate y termina de quitarte el pantalón que ahora toca el cinturón.
Mientras me levanto, con los pantalones por los tobillos aprovecho para suplicar.
—No, por favor, ya es suficiente, ya me callo. Ya me he bajado, por favor. Prometo ni respirar lo que queda de noche. Perdón, perdón, perdón.
—Obedece.
--Que te he dicho que no, ¿estás sorda? – miro desafiante.
No sé de dónde saco la valentía y las fuerzas para esa última frase, teniendo en cuenta que tengo el culo muy adolorido y ella está ya con el cinturón en la mano. Pero supongo que la brat-boca sigue luchando un poco más, porque al levantarme vuelvo a recordar que me están escuchando todas.
Mónica sabe que aún no he llegado a mi límite y quiere asegurarse que todo termina en buen término, no quiere quedarse corta. Que necesito un último empujón.
- Te cuento hasta 3 para que apoyes las manos encima de la cama. Si a la de 3 no estás apoyada y con el culo en alto, pido prestado una vara y terminamos el castigo fuera, ¿me has entendido bien?
- … No hace falta que cuentes hasta 3. Ya me pongo yo sola - digo apretando los puños.
No se escucha nada y en menos de un minuto se puede sentir en toda la sala el primer azote con el cinturón con el consiguiente quejido. Ese primer azote se escucha además con especial virulencia, con fuerza. Mónica sabe que tengo que terminar de bajarme ya y necesito un último sprint fuerte. Ese azote tan fuerte hace que deje de apretar los puños.
Otra spanker asiente desde fuera.
—Sí que le está bajando los humos.
El grupo entero está en silencio. Escuchando. Sintiendo. No es morbo. Es respeto.
Tras este azote le suceden unos 50 más. Cuando finalmente paro de resistirme del todo, el ambiente cambia. No porque termine. Sino porque yo ya estoy en otro lugar. Más callada. Más presente. Más… real. Mónica me pide levantarme y me mira a la cara para ver cómo estoy. Tengo los ojos llenos de lágrimas pero sin rastro de la emoción inicial. Ya he dejado de ser la presidenta de Bratnia. Me dice en un susurro que el castigo aún no ha terminado que para terminar de bajar los humos y teniendo en cuenta lo subida que he estado me va a dejar un rato de cara a la pared que todas puedan ver cómo me ha dejado el culo. A estas alturas yo no puedo controlar nada, ella es la que manda, así que asiento con la cabeza.
Finalmente la puerta se abre.
Salgo con la cara roja, sin pantalones, desnuda de cintura para abajo, llena de marcas del cepillo y el cinturón y los ojos húmedos. Mónica detrás.
—De cara a la pared otra vez y sin tocarte el culo o empiezo de nuevo.
—Sí, señora.
Silencio total. Me coloco. No hay discusión ya. Siento todas las miradas y las brats… en silencio. Algunas incómodas. Otras con empatía.
Una murmura:
—Pobre…
Las spankers no dicen nada. Pero se nota el respeto.
Mónica habla.
—Reflexiona un rato ahí y luego volvemos a hablar.
Mi voz no me sale casi ni del alma.
—Sí…
El tiempo pasa lento. Yo ahí. Sintiendo todo el cuerpo, el dolor, la vergüenza, el silencio, las miradas y algo más… que me ha puesto en mi sitio delante de todas y no me puedo escapar.
—Ven.
Me giro. Despacio.
La miro.
—¿Alguna conclusión? Me pregunta con los brazos cruzados.
Respiro.
—Lo siento…
—¿El qué sientes?
—Lo siento, Mónica… me he pasado, me he subido demasiado… no tenía que haberlo hecho, no debería haberte quitado el móvil, no haber estado tan chula… y menos delante de todas…
Silencio. Todas escuchando sin perder detalle.
—No lo voy a volver a hacer.
Pausa.
Ella me sostiene la mirada muy seria y de forma intimidatoria.
—Eso espero.
Se acerca. Me coge de la cara y me da un beso en los labios.
—Ven aquí.
Me abraza.
—Ya está, cariño.
Yo, aún con la voz baja:
—Gracias…
—No me las des.
Pausa.
— Pórtate bien, anda.
Me río un poco entre lágrimas.
—Lo intento…
—Ya veo, sí.
Y me vuelve a abrazar, un abrazo bien largo y apretado, lleno de ternura y me devuelve los pantalones.
Y ahí, justo ahí se rompe la tensión. Una de las chicas sonríe.
Otra susurra:
—Eso sí es una relación bien llevada…
El ambiente cambia. Más tranquilo. Más respetuoso. Las brats me miran distinto.
Una de las brats susurra:
—Madre mía, tía, es que te has colado, te lo has merecido.
Otra:
—Te lo dije…
Y yo estoy roja, me duele el culo, pero no estoy rota. Todo vuelve alinearse en su sitio.
Mónica vuelve al grupo. Tranquila.
Una de las spankers le dice:
—Bien jugado.
Mónica responde tranquila y suspirando:
—No ha sido un juego, ha sido mucho más.
Pero se le escapa una pequeña sonrisa. Las spankers miran a Mónica con mezcla de respeto, empatía y admiración y asienten sin palabras. Saben lo que supone la disciplina doméstica y lo que supone sostener a nivel emocional en esos momentos.
Más tarde ya en casa, en la habitación. Estoy sentada en la cama.
—No voy a volver a hacer eso…
Mónica me mira.
—¿Segura?
—Te lo juro…
Se acerca.
—No hacía falta jurar. Solo hacía falta que pararas.
La miro con ojos un poco tristes y cansados.
—Me he pasado…
—Sí.
Silencio.
—¿Estás bien, cielo?
Asiento con la cabeza
—Sí…
Se sienta a mi lado.
—Ven aquí.
Me acerco a Mónica y me abraza.
—No te voy a dejar hacer el ridículo así.
—Ya…
—Ni contigo, ni con nadie.
Apoyo la cabeza en ella.
—Gracias…
Me besa la cabeza.
—Y la próxima vez no habrá aviso y pienso llevar la lexan en el bolso.
Suspiro.
—Me lo imagino...
—Te quiero.
—Yo también, cariño.
Y ahí vuelve todo a su sitio, pero esta vez con una lección bien aprendida, por lo menos por esa noche.
A la mañana siguiente la luz entra suave por la ventana. No hay ruido. No hay risas. No hay público. Solo estoy yo despierta antes de tiempo. Estoy boca arriba, con el culo aún dolorido, mirando el techo. Pensando. Repasando. Sintiendo.
La escena vuelve una y otra vez:
• Mi risa cortada del tirón
• El regaño delante de todas
• Los ojos de Mónica mirándome seria.
• El silencio del grupo
• La pared
• El dolor de los azotes
Pero sobre todo la vergüenza, pero no solo esa, también otra cosa, es alivio y suspiro.
—Joder, creo que me estoy volviendo loca.
A mi lado, Mónica se mueve. Se incorpora un poco.
—Buenos días, mi vida.
Su voz es suave, cariñosa, como siempre. Eso me descoloca más que cualquier enfado.
—Buenos días…
Ella me mira y yo evito su mirada.
—¿No me vas a mirar?
Me giro un poco.
—Sí…
—¿Cómo estás?
La pregunta es directa. Sin juicio y me quedo pensando.
—Rara…
—¿Rara cómo?
—Un poco avergonzada y un poco… tranquila también.
Mónica asiente muy despacio.
—Tiene sentido, cariño.
Me incorporo y me siento en la cama.
—Ayer…Me pasé.
—Sí.
—Y lo sabía… que me estaba pasando.
—También.
Me detengo a mirar a Mónica.
—Lo sabía cuando me avisaste… Pero seguí.
Mónica me sostiene la mirada.
—¿Por qué?
Me quedo callada. No es una pregunta superficial. Es profunda. Me cuesta responder pero creo que sé la respuesta, llevo pensándolo desde anoche.
—Porque… —respiro— porque estaba arriba.
—¿Arriba cómo?
—Como… —me río un poco nerviosa— como crecida… como que tenía el control…Como que no iba a pasar nada.
—¿Y qué sentiste cuando sí pasó?
—Vergüenza.
—¿Solo?
Niego con la cabeza.
—No…
—También… alivio.
Mónica no se mueve. Pero algo en su mirada cambia.
—Explícame eso, mi niña.
Me miro las manos.
—Es raro…
—Dímelo igual.
Vuelvo a respirar pero esta vez profundamente.
—Era como… —busco las palabras adecuadas— como si necesitara que me pararas…Porque como que… no quería hacerlo yo.
La frase queda en el aire. Mónica asiente muy despacio.
—Ya.
Toma el turno de palabra Mónica.
—¿Sabes lo que vi yo?
—¿Qué?
—Que estabas buscando algo. Pero lo estabas buscando mal.
—Te estabas exponiendo demasiado.
Me encojo un poco, agacho la mirada y vuelvo a mirar hacia mis manos.
—Ya…
—Y delante de gente.
—Ya…
—Y eso no te lo voy a permitir.
Ahí levanto la mirada.
—¿Ni aunque sea juego?
—No. Porque cuando cruzas ese punto deja de ser juego. Y yo no te voy a dejar caer ahí.
En ese momento me quedo quieta mirándola.
—¿Te enfadaste mucho?
—Sí.
—Se te notaba…
—Pero no por lo que hiciste.
Frunzo el ceño como sin entender a qué se refiere.
—¿Entonces?
—Por cómo lo hiciste.
—Te estabas subiendo delante de ellas. Y no por diversión.
—¿No?
—No, si no por validación.
Y ahí es donde siento que me ha calado y vuelvo a bajar la mirada.
—Puede…
—No puede, fue así.
Me quedo en silencio.
—Sí.
Vuelvo a respirar.
—¿Y qué necesitabas en ese momento?
Me cuesta, pero lo acabo diciendo.
—Que me miraras, que estuvieras ahí.
Mónica se acerca un poco más a mí, mientras me coge una mano y me sonríe de forma dulce.
—Mi niña, siempre estoy.
Esa frase, me termina de desmontar.
—Ya…
—Pero no como tú querías.
Asiento.
—Exacto…
Se me acerca más y me toca la cara.
—Mírame. No tienes que hacer eso para que yo esté. Ni delante de nadie.
Respiro más lento.
—Ya…
—Y si lo haces…te voy a parar.
—Ya lo hiciste…
—Y lo volveré a hacer.
—¿Otra vez delante de gente?
Me mira con cariño pero firme.
—Si hace falta, sí.
Y sé que no lo dice para imponerse. Lo dice como hecho.
—No quiero volver a pasar esa vergüenza…
—Entonces no te pongas ahí.
Me río un poco.
—Qué fácil lo pones…
—No es fácil.
—Pero es claro.
Más tranquilas ahora le vuelvo a preguntar mientras estamos abrazadas en la cama
—¿Y si me vuelvo a subir?
—Te bajaré.
—¿Siempre?
—Siempre.
—¿Aunque proteste? —le digo con una pequeña sonrisa.
—Sobre todo si protestas.
—Cariño, creo que deberías buscarte otro empleo porque como spanker este no te va a venir bien. Creo que es demasiado duro para ti.
Me empiezo a reir.
—Ya…
—Eres muy pesada…
—Y tú muy lista.
—Gracias…
—No me las des.
—Compórtate.
Sonrío enamorada y loca por mi mujer.
—Lo intento aunque a veces se me va un poco de las manos.
—Ya lo sé.
—Te quiero.
—Yo también, bicho.
Y esta vez no hay público. No hay rol que sostener. Solo dos mujeres. Que saben exactamente lo que pasó y por qué. Hay mucho amor y es una pareja que sabe cómo regular a su chica en un momento que está perdida.
A la tarde hay de nuevo planes, pero esta vez solo voy yo. Mónica tiene que trabajar. El café está lleno de ruido cotidiano. Tazas chocando, conversaciones cruzadas, gente que no sabe nada de nada sobre el mundo de la disciplina doméstica. Yo llego la última.
Las veo desde la puerta:
• Julia con esa sonrisa medio irónica.
• Luna, cruzada de brazos.
• Emma, mirándome ya desde lejos.
Y noto esas miradas.
—Buenas tardes chicas.
El silencio dura medio segundo más de lo normal.
—Hombre… la presidenta —dice Julia.
Risas. Pero no son como las de ayer. Me siento al lado de Luna.
—Estoy retirada temporalmente del cargo…
—Ya… ya vimos —añade Luna.
Pido café.
Necesito tiempo, pero no me lo van a dar. Llevamos muchos años de amistad y tenemos mucha confianza, al fin y al cabo todas hemos pasado por aquí ya.
—Oye… —dice Emma, inclinándose hacia mi— ¿estás bien?
La pregunta no es morbosa. Es real.
—Sí…
Hago una pausa, porque necesito un poco de tiempo. Y vuelvo a repetir.
—Sí, estoy bien.
Julia te mira y me replica.
—¿Seguro?
Asiento con la cabeza
—Sí.
—Porque fue intenso… —añade otra.
Doy un sorbo a mi café con leche sin lactosa.
—Sí…Sí que lo fue.
—A ver —dice Luna—, te lo digo claro, te viniste arriba.
—Ya…
—Pero mucho - insiste-
—Ya.
—Y pensabas que no iba a pasar nada.
La miro con ojos lastimeros.
—Exacto, me salieron mal los cálculos.
—Y pasó lo que tuvo que pasar - puntualizó Emma.
Silencio.
—Pero… —continuó Luna— también te digo una cosa… lo gestionó muy bien.
—Sí.
—O sea… —siguió— no fue humillante en plan feo…
—No.
—Fue… —busca la palabra— firme.
—Sí.
—Muy firme.
—A mí me puso tan recta que hoy no me puedo sentar.
Me río flojo.
—Demasiado…
Julia interviene.
—No, no fue demasiado, fue justo.
—Yo pensaba… —empiezo diciendo— que en público no iba a hacer nada.
—Ya —dice Emma—. Eso lo dijiste.
—Sí…
—Y ahí fue donde se me fue todo al traste. Se hace un silencio más denso. —Porque no iba de eso —añado—.
—¿De qué iba entonces? —pregunta Julia.
—De que me estaba subiendo.
—Ajá…
—Y necesitaba que me parara. Pero no quería hacerlo yo.
Todas me observa.
—Eso es muy típico de brat, además.
—Gracias por el diagnóstico…
—De nada, psicóloga.
Todas nos reímos y eso afloja un poco todo.
—Te voy a decir una cosa —dice Julia —yo ayer no quería estar en tu lugar. —Pero tampoco en el suyo.
—¿Por?
—Porque no es fácil hacer eso delante de gente. Tiene que tener muy claro lo que hace.
—Toda la razón. Lo tiene muy claro.
—Se notaba como manejaba la situación..
—Y eso… —añade Luna— da seguridad.
Esa palabra se queda flotando.
—Te digo otra cosa —dice Julia.
La miro.
—Ayer dejaste de ser “la graciosa”.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Y pasaste a ser real.
Eso…no me lo esperaba. Me deja un poco en shock.
—¿Para bien o para mal?
—Para mejor. Porque ahora sabemos que no es solo un personaje, un rol.
—Ya…
—¿Y cómo estás hoy? —pregunta Emma.
Me tomo mi tiempo antes de responder.
—Más tranquila. Y más ubicada.
—¿Ubicada cómo, en qué sentido?
Sonrío un poco.
—Menos presidenta y más persona.
Julia levanta la taza.
—Brindemos por eso.
—Por la caída del régimen —añade Emma.
—Y por su reconstrucción —añado.
Chocamos las tazas entre risas.
Cuando salgo del café voy más despacio. Sin prisa, procesando todo lo que ha pasado, todas las conversaciones con las chicas, con mi mujer y me doy cuenta de algo. No he perdido mi lugar. Lo he cambiado. Ya no es desde arriba. Es desde algo más profundo. Más real. Y mientras camino sonrío un poco. Porque sé que la próxima vez que me suba, Mónica va a estar ahí y eso le da sentido a todo.
Y es que al fin y al cabo no fue lo que pasó después, no fue el castigo, fue todo el conjunto. Fue lo que significó. Para mi. Para ellas. Para Mónica. Que el límite no desaparecía por estar en grupo. Que el vínculo no se diluía por el contexto. Que el cuidado y el amor a veces también es ser firme. Y yo, la presidenta de Bratnia aprendí algo esa noche. No dejando de ser yo. Sino siendo un poco más consciente de lo que haces con ese poder. Y sobre todo de quién está ahí cuando me pasaba de la raya.
Madremiadelamorhermoso!
ResponderEliminarQue puta pasada de relato!!! Me superhipermegatequeteencanta!
Creo que ésta pasada de relato merece como mínimo que te perdone 3 castigos graves! Súper currado, super sentimental, explica taaaaaan bien todo... Ufff... GRACIAS por existir, prima ❤️