La semana empezó torcida desde el lunes. No de golpe, no con un gran problema, sino de esa forma más silenciosa en la que todo se va acumulando sin que casi te des cuenta hasta que pesa. Y Nora estaba entrando ahí. Tenían un contrato de disciplina doméstica donde ambas pactaban que Mónica se encargaría de que Nora no descuidase su autocuidado, ya que en muchas ocasiones el cúmulo del estrés del trabajo, las obligaciones y la vida en general hacía que se le olvidase el hacer ciertas rutinas que mantenían bajo control su salud física y mental.
Lunes
Nora solía llegar a casa a las 8 de la tarde. El reloj marcaba las diez en punto cuando se oyó la puerta. Mónica, desde el sofá, levantó la mirada automáticamente.
—Ya estoy… —la voz de Nora salió arrastrada, sin energía.
Entró despacio, dejando el bolso caer casi sin mirar dónde. Ni siquiera se quitó bien la chaqueta. Mónica la observó con atención. No dijo nada al principio. Solo miró. Ese gesto de Nora, los hombros caídos, la cara apagada, lo conocía. Había tenido un mal día.
—Hola, cariño.
Nora levantó la vista un segundo.
—Hola…
Pero no se acercó. No hubo beso. Solo caminó hasta el sofá y se dejó caer. Mónica frunció ligeramente el ceño.
—Has llegado tarde.
—Sí…
—¿Todo bien?
Nora resopló.
—No. Todo mal. Día horrible.
Mónica se levantó sin hacer ruido, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua.
—Bebe un poquito de agua, anda y dame un abrazo.
Nora lo cogió sin discutir. Bebió despacio y luego se levantó a darle el abrazo.
—Gracias…
—¿Has cenado?
—No…
—Vale, ahora vemos algo.
Mónica miró el reloj.
—Son las diez.
Nora ya tenía el móvil en la mano.
—Ya…
—Sabes que a las once y media deberías estar ya desconectando, para las 12 irte a dormir.
—Mmm…
Pero no dejó el móvil. Mónica la miró unos segundos, valorando. Sabía leer perfectamente cuándo Nora estaba “jugando a provocarla” y cuándo simplemente no podía más. Suspiró suave.
—Hoy te lo paso.
Nora levantó la vista un poco.
—¿Sí?
—Sí. Pero no puede convertirse en rutina.
—Vale, gracias mi amor…
No sonó convencida. Sonó agradecida. Mónica se acercó, le pasó la mano por el pelo.
—Vamos a cenar algo, anda.
Esa noche no hubo más, cenaron juntas, Nora con el móvil viendo videos de cocina para no pensar, se acostó con el móvil y se quedó dormida casi a las 1:30 de la madrugada. Mónica lo dejó pasar por esta vez, era solo un mal día, pensó dejarla respirar un poco que no sería mala idea, pero sólo por esta vez, a ver qué resultado tendría al día siguiente.
Martes
Diez en punto otra vez. La puerta se abrió con más brusquedad.
—Ya…
Nora ni terminó la frase. Entró, dejó las cosas de mala manera y se quitó los zapatos de un golpe. Mónica estaba en la cocina.
—Hola mi vida.
—Hola…
—¿Qué tal hoy?
—Peor.
Mónica salió de la cocina, apoyándose en la encimera.
—¿Peor cómo?
—Todo mal otra vez. Mucho trabajo. Mucho estrés. No me apetece hablar, de verdad.
Se hizo el silencio unos instantes.
—Vale.
Cenaron casi sin hablar. Nora comía súper rápido, acelerada, mirando el móvil entre bocado y bocado. Mónica la observaba.
—Nora.
—¿Qué?
—El móvil mientras cenas no, por fa.
—Ya voy…
No lo dejó. Mónica no insistió ahí. Terminó de comer súper rápido y se tiró en el sofá con el móvil. Mónica esperó a las once y media. Volvió a mirar el reloj.
—Nora, cariño.
—¿Qué?
—Hora de ir dejando el móvil.
—Sí, ahora…
Once cuarenta. Seguía igual.
—Noooora.
—Que sí, pesada…
La palabra salió más borde de lo que pretendía. Mónica se quedó quieta.
—¿Cómo has dicho?
Nora suspiró, cerrando los ojos un segundo.
—Perdón… —murmuró—. Estoy muy cansada…
Eso cambió el tono. Mónica se acercó, se sentó a su lado y, con suavidad, le quitó el móvil de las manos.
—Lo sé.
Nora no protestó esta vez.
—Pero así no te ayudas —añadió Mónica.
—Ya…
—Si sigues así, mañana vas a estar peor, mi niña.
Nora apoyó la cabeza en el respaldo.
—No me da la vida para todo…
Mónica la miró con ternura.
—Por eso tienes que priorizar, cariño y el descanso es fundamental.
Se fueron ambas a la cama y en cuanto Mónica se quedó dormida, Nora cogió el móvil a escondidas y se conectó un rato. Otra vez hasta las 2 de la mañana. Mónica lo supo a la mañana siguiente ya que Nora se había quedado dormida con el móvil en la mano.
Miércoles
Por la mañana, se levantaron temprano y se fueron a trabajar y casi no se cruzaron, pero a media mañana, Nora recibió un mensaje de su mujer.
-Mi vida, quiero que seas sincera, anoche cuando me quedé dormida cogiste el móvil, ¿verdad?
- ¿Otra vez con el tema del móvil? Sí, lo cogí, no es para tanto. No he matado a nadie.
- Vale, ya hablaremos.
Ambas siguieron trabajando con relativa normalidad. Nora sabía que no debía contestarle así, pero ya llevaba tres cafés en vena para intentar no quedarse dormida en el trabajo. Estaba muy cansada. Mónica, en cambio, sabía que de esta noche no podía pasar ya, tenía que ponerle freno a esta situación antes que se le fuera más de las manos.
Nueve de la noche. Mónica miró el reloj e intuyó que de nuevo su mujer volvería a llegar tarde y teniendo en cuenta los acontecimientos anteriores decidió prepararse. Fue a su habitación y cogió de allí el cepillo de madera y el cinturón. Lo dejó encima de la mesita del salón para cuando su chica llegara. Iba a tener una charla seria con Nora y de esta noche no iba a pasar.
Diez en punto.
La puerta se abrió y el ambiente ya venía cargado.
—Qué semana de mierda…
Nora entró sin mirar, dejó el bolso, tiró la chaqueta en el sofá y cogió el móvil directamente y se sentó en el sofá. Ni saludó.
Mónica estaba de pie esta vez, con los brazos cruzados, esperándola.
—Hola.
—Hola…
Sin levantar la vista.
—Nora.
—¿Qué?
—Mírame.
Lo hizo, con gesto cansado… pero también un poco tenso.
—¿Qué pasa?
—Tres días.
—¿Qué?
—Tres días llegando tarde.
—Estaba trabajando, Mónica…
—Tres días sin hacer deporte.
—No puedo…
—Tres días acostándote tarde.
—Porque no me apetece…
—Y tres días pegada al móvil.
Nora rodó los ojos.
—De verdad, no estoy para esto hoy.
Ahí en ese punto, Mónica dio un paso hacia ella.
—Precisamente por eso sí estás para esto.
—No, Mónica, de verdad… déjame en paz hoy.
—Levántate.
—No.
—Nora.
—Que no, que te he dicho que no.
Se miraron serias las dos, durante varios segundos. Mónica no repitió la orden. Simplemente se acercó, le quitó el móvil con firmeza y la puso de pie.
—Hoy no te lo consiento.
—Estoy agotada… —dijo Nora con fuerza, apretando los dientes.
—Lo sé.
—Entonces déjame tranquila.
—No.
Se quedaron en silencio las dos unos segundos.
—Porque no sabes parar ahora mismo. Llevo estas dos noches siendo amable contigo y cada día vienes peor.
Nora bajó un poco la mirada, apretando los puños y los dientes. Estaba de mal humor.
—Y alguien tiene que ayudarte a enderezarte de nuevo, que aún queda mucha semana por delante.
Fue en ese momento que Nora se percató que en la mesita estaba el cepillo y el cinturón. Hasta ese momento no se había dado ni cuenta.
—Túmbate en mis rodillas.
Nora resopló pero obedeció despacio, sin esa chispa habitual, sin ese vacileo. Mónica apoyó la mano primero. No golpeó aún. Solo contacto.
—Esto no es por fastidiarte.
Silencio.
—Es porque te estás haciendo daño y te estás perdiendo.
El primer azote llegó, bien firme.
—Mónica…
—Shhh…
Otro.
—Llevas tres días ignorando todo.
Otro.
—Y cada día estás peor.
Nora respiraba más fuerte.
—Estoy cansada, nena…
—Lo sé.
—Mucho…
—Por eso estamos aquí, porque te quiero y quiero ayudarte.
El ritmo fue constante, sin prisa, sin dureza innecesaria, pero sin parar. Sabía que su chica necesitaba esto para poder parar, para poder relajarse, para poder reiniciarse. Poco a poco, el cuerpo de Nora dejó de tensarse. Dejó de resistirse. Y empezó a sentir. Le bajó el pantalón vaquero y ahí Mónica cambió directamente al cepillo y empezaron los azotes duros de verdad.
—No puedes seguir así.
Azote.
—No puedes ignorarte.
Otro.
—No puedes pasar de todo porque estás cansada.
Nora empezó a quejarse más.
—Ya… ya… por favor…
Pero aún no había soltado del todo. Mónica siguió.
—¿Tú te crees la que has liado estos días?
Otro.
—Que me has robado hasta el móvil cuando me he quedado dormida. Y encima tienes la poca educación de hablarme mal cuando te escribo.
Ahí le propinó varios azotes seguidos bien fuertes en la misma nalga.
—Ayyy, Perdóname, de verdad. Lo siento mucho.
Ahí se le empezaron a humedecer los ojos, por el cansancio, el dolor de los azotes, por las palabras, porque ella no quería realmente molestar a su mujer. Se le vino todo el conjunto. Mónica continuó durante unos minutos más azotándola en silencio para que reflexionara, mientras sentía que Nora empezaba a absorber un poco los mocos. Sabía por experiencia que aún no estaba en límite y necesitaba que terminara de romper para que pudiera relajarse del todo. Así que decidió que era un buen momento para cambiar al cinturón, a pesar de que ya tenía el culo bien rojo.
-Nora, levántate y apoya las manos en el sofá, que vamos con el cinturón.
En ese momento, Nora se levantó y miró a Mónica con los ojos vidriosos y le suplicó.
-Por favor, no, ya he entendido el concepto. Déjalo pasar. Te haré caso en lo que me digas a la primera.
- Te he dicho que pongas las manos en el sofá – no debía mostrar signo de debilidad, si no, no la ayudaría.
Nora obedeció, estaba agotada y quería terminar con esto ya, a pesar de que le dolía el culo a horrores. Con las manos apoyadas en el sofá, con el pantalón vaquero por los tobillos, el culo bien en alto y rojísimo continuó el castigo. Mónica desde atrás dobló el cinturón y empezó con energía, no tenía pensado dejar de azotarle hasta que se arrancara a llorar, su chica realmente lo necesitaba.
-Que sea la última vez que me desobedeces. Cuando te digo que dejes el móvil, lo dejas.
Cinturonazo bien fuerte.
-Estoy aquí para cuidarte y me faltas el respeto de esa manera. ¿Para qué hemos puesto las normas entonces?
Otro bien fuerte.
-Cariño, para por favor.
Le dio varios azotes bien fuerte y acto seguido ahí fue cuando le vino un nudo grandísimo en la garganta, bajó el culo, se agachó y empezó a llorar fuerte contra el sofá. En ese momento Mónica dejó el cinturón y cambió completamente. La cogió, se sentaron en el sofá y la tumbó contra su pecho, mientras acariciaba el pelo de Nora.
—Ya está, mi niña…
Nora lloraba sin parar.
—No puedo con todo…
Mónica la abrazó fuerte, muy fuerte contra su pecho.
—No tienes que poder con todo.
—Pero lo intento…
—Y te pasas. Y luego te rompes.
Nora asintió contra su pecho.
—Sí…
—Y ahí entro yo, para pararte.
Nora respiró hondo y cogió pañuelos para sonarse los mocos.
—Gracias…
—No me las des.
Le levantó la cara con cuidado.
—Mírame.
Ojos rojos, cansancio, pero más presente.
—A partir de mañana —dijo Mónica suave pero firme— volvemos a lo básico.
—Vale…
—Dormir.
—Sí…
—Sin móvil.
—Sí…
—Y moverte un poco.
Nora hizo una mueca pequeña.
—Vale…
—¿Y si no?
Mónica sonrió y levantó una ceja.
—Ya sabes.
Nora suspiró.
—Sí… lo que acaba de pasar.
—Exacto.
Se miraron, y Nora se acercó despacio, la besó con calma, con necesidad.
—Te quiero…
Mónica apoyó la frente en la suya.
—Yo también, mi niña.
Se abrazaron largo rato.
-Venga, lávate la cara, que termino de calentar la cena y nos vamos a la cama.
Cenaron juntas sin móvil, a Nora se le caían los ojos de sueños, no paraba de bostezar. Eso sí, el estar sentada le dolía mucho el culo. Recogió la mesa y le pidió permiso a Mónica para irse a dormir ya. Ambas se fueron a la cama, pero antes Mónica le puso un poco de crema en el culo, ya que tenía varias marcas del cinturón y del cepillo aún. Después se tumbaron y Mónica la abrazó hasta que se quedó dormida al instante.
Jueves
A la mañana siguiente, Nora se levantó de un salto, llena de energía, le preparó el desayuno a su mujer, le dejó una nota romántica y se fue a trabajar. Mónica le encantó el detalle y supo que ya estaba todo alineado de nuevo. El día empezó bien. Demasiado bien. Nora estaba centrada, activa, incluso con una sonrisa ligera durante la mañana. Se notaba el cambio: había dormido, había soltado tensión, había vuelto a su eje. Mónica lo notó en los mensajes que intercambiaron a media mañana, más suaves, más cariñosos. Pero la semana aún no había terminado. Y a veces, lo difícil no era remontar. Era mantenerse.
El reloj marcó las diez de la noche.
Mónica estaba en casa, tranquila, terminando unas cosas en el portátil. Levantó la vista instintivamente cuando escuchó la puerta abrirse.
—Hola…
La voz de Nora fue distinta esta noche, no era arrastrada, no estaba tensa, era suave. Mónica giró la cabeza y la vio. Nora entró despacio, pero no agotada. Se acercó directamente a ella, sin rodeos, sin distraerse.
—Hola, mi amor.
Se inclinó y le dio un beso bonito en los labios, con pasión y después la abrazó. Y ese gesto fue lo que más llamó la atención. Mónica respondió al abrazo, rodeándola con calma.
—Hola, cielo…
Se separaron un poco y entonces Nora levantó una bolsa.
—Te he traído una cosa.
Mónica alzó una ceja.
—¿Ah, sí?
Nora sonrió, esta vez sin rastro de provocación.
—Sorpresa.
Sacó una bandeja de sushi. El favorito de Mónica. Mónica la miró y algo en su expresión cambió sorprendida y con una sonrisa.
—¿Y esto a que se debe?
—Sí —respondió Nora—. Pensé que te gustaría.
—Y que hoy no te tocaba cocinar.
Mónica dejó el portátil a un lado del todo.
—Ven aquí…
La atrajo de nuevo, esta vez más cerca.
—Me encanta.
Nora apoyó la frente en la suya y la volvió a besar.
—Lo sé.
Pero Nora no había terminado. Se separó un poco, metió la mano en el bolsillo y sacó su móvil y se lo tendió.
—Toma.
Mónica frunció ligeramente el ceño.
—¿Y esto?
—Esta noche no lo voy a necesitar.
—¿No? ¿Segura?
Nora negó con la cabeza, tranquila.
—No.
Y añadió, con una pequeña sonrisa:
—Me voy a hacer deporte.
Mónica la miró unos segundos, midiendo, pero esta vez no por desconfianza, sino por orgullo, por reconocimiento.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Sin que te lo diga yo?
Nora sonrió un poco más.
—Sin que me lo digas tú, que mañana es viernes y quiero terminar bien la semana.
—Hoy sí.
Mónica cogió el móvil y lo puso encima de la mesa.
—Me gusta esto…
Nora se encogió ligeramente de hombros.
—A mí también…
Se quedaron mirándose y sonriéndose. Ahí ya no había tensión, no había lucha. Mónica le acarició la cara.
—Así sí.
Nora apoyó la cabeza un segundo en su mano.
—Lo sé…
—Gracias por ayer.
Mónica negó suavemente.
—No me las des, para eso estoy, mi amor.
Nora asintió, respiró hondo.
—Voy a cambiarme y voy a la cinta de correr.
—Vale.
—No tardo mucho, la media hora que teníamos hablada, ¿te parece bien?
—Sí, aquí te espero.
Nora se inclinó y le dio otro beso, más corto.
—No te comas todo el sushi.
Mónica sonrió.
—No prometo nada.
—Pues me enfado.
—Ya veremos.
Nora se rio bajito y se fue hacia la habitación. Mónica se quedó un momento quieta, con el móvil en la mano. Mirando la bandeja de sushi y sonriendo, porque no era solo la comida era el gesto, era la intención, era el cambio. Sabía perfectamente que eso también formaba parte de lo que estaban construyendo.
Cuando Nora salió de casa, ya no era la misma que el lunes. Y Mónica tampoco. Pero ahora sí estaban donde tenían que estar.
Que pasada de relato! Por dios! Ésta pareja no puede terminar nunca eh! Me encanta las sensaciones que provoca a la hora de leerlo. Se puede sentir desde el lado de la culpabilidad hasta el lado de la decepción. No le falta un perejil! Mi lectora favorita, no dejes nunca de escribir, PORFAPLIS!!❤️
ResponderEliminarMi escritora favorita!!! Gracias mi niña, por esta historia. Mi bandeja de sushi pa cuando? Pero recuerda que te quiero y te amo, TODO
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