Ir al contenido principal

Mónica y Nora - Vuelta a la rutina

Ya habían vuelto de las pequeñas vacaciones y aquella mañana olía a café recién hecho. La casa estaba recogida (milagrosamente), la luz entraba por la ventana, y Mónica ya vestida, organizada, en modo “vida real”.

Nora, en cambio, seguía en pijama, sentada en la mesa, sin prisa ninguna.

—Buenos días, persona responsable —dijo Nora, removiendo su café.

Mónica alzó una ceja mientras se ajustaba el reloj.

—Buenos días, persona que claramente no ha vuelto de vacaciones.

—Estoy en proceso de reintegración y asimilación —respondió Nora—. Esto requiere tiempo, cariño. No quiero que me quede trauma post vacacional.

—Son las diez.

—Exacto. Demasiado pronto para ser adulta.

Mónica dejó las llaves sobre la mesa.

—Tienes cosas que hacer hoy.

—Sí —asintió Nora—. ¿Puedo ignorarlas? Nora sonrió. Además, creo que deberíamos replantear esto.

—¿El qué?

—El reparto de responsabilidades.

Mónica cruzó los brazos.

—Ajá.

—Sí, porque yo aporto cosas muy importantes a esta casa, mi amor.

—¿Como cuáles?

Nora se enderezó un poco, muy seria.

—Risas, alegría, belleza, este cuerpo impresionante…

Mónica no pudo evitar que se le escapara una mínima sonrisa y Nora lo vio.

—¿Ves? —dijo señalándola—. Tú misma lo estás reconociendo.

—¿Yo? Yo No he reconocido nada, no te equivoques, amor.

—Sí, sí… esa sonrisa ha sido un “Nora tiene razón”.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Nora se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Además, mi vida —añadió—, creo que después de las vacaciones deberías estar más relajada conmigo.

—¿Más relajada?

—Sí… menos “Mónica Jefa”, más “Mónica Mimitos y besitos y vamos-a-consentir-a mi-mujer-todo-lo-que-ella- quiera”.

Mónica la miró fijamente.

—¿Consentir todo lo que mi mujer quiera? Sabes que eso no funciona así, ¿verdad? – dijo Mónica cada vez más seria porque sabía que Nora se estaba subiendo.

—¿Cómo sabes que no funciona si no has probado? Tú déjame que empiece a mandar en mí yo solita a partir de ahora, vamos a hacer un experimento… —sonrió Nora—. 

Ese momento, ese punto exacto Nora lo notó. Claro que lo notó. Y, por supuesto… decidió seguir.

—Porque últimamente —añadió— estás como muy rápida para poner orden, ¿no? Mi amor y tanto estrés y tanta tensión no puede ser buena para ti. Yo lo hago por tu bien. Te doy vacaciones de Jefa sobre mí. Eres libre como un pajarillo. A partir de ahora, yo voy a mandar sobre ti.

Hubo un silencio en ese momento. Mónica no respondió. Simplemente se acercó un poco más a la mesa.

—Nora. – dijo Mónica con ese tono, ese aviso, ese “hasta aquí”.

—¿Qué? ¿Necesitas que te organice qué hacer en tus vacaciones de Jefa o tú misma te apañas?  O mejor, ve a por una libreta, que te dicte tu listado de normas, como haces tú conmigo– respondió Nora dándole un sorbo a su café y sonriendo porque sabía que estaba sacando de quicio a su mujer.

Mónica se acercó del todo.

—Levántate.

Nora soltó una risa suave.

—Ay… no empecemos tan pronto…

—Nora.

—Que acabo de desayunar, que me va a sentar mal el café…

Mónica no repitió la orden. No hacía falta. Simplemente la cogió de la muñeca y la puso de pie, sin brusquedad, pero sin margen.

—Vale, vale… qué carácter, ¿ves? Esto es por el estrés de encargarte de mí—murmuró Nora, medio riéndose.

—Vamos.

—¿A dónde?

—Al sofá.

—Ayyy no. 

Nora la siguió mientras la tenía cogida de la muñeca, ya con esa mezcla de resignación y diversión que solo ella tenía.

—De verdad, qué susceptible te has levantado, si lo sé no te digo nada, encima que miro por tu bien…

Mónica se giró y se sentó en el sofá.

—Túmbate en mis rodillas.

—Pero si no he hecho nada…

Silencio.

—Nora.

—Que solo estaba hablando…

Mónica le echó la mirada súper seria, esa mirada que sabía que no tenía escapatoria y que tenía que dejar tontear. Nora suspiró.

—Vale…

Se apoyó. Todavía con ese aire de “esto es exagerado”.

—Estás abusando de tu poder —añadió.

Primer azote fuerte , firme, ya para dejar el primer mensaje bien claro.

—¡Ay!

Silencio.

—¿Vas a seguir? —dijo Mónica con calma.

—Pero si estaba siendo simpática… —intentó Nora.

Otro azote aún más fuerte. 

—¡Joder!

—Esa boquita, habla bien.

—Perdón.

Empezó a azotar de forma constante, hasta que paró para bajar el pantalón de pijama y le dejó el culo desnudo. 

—¿Qué estabas haciendo hace un momento?

—Nada…

Azote fuerte.

—¡Vale! Vacilarte…

—¿Cómo?

—Pues… —respiró— diciendo tonterías…

—¿Para qué?

Otro azote más fuerte. 

—¡Para chincharte, que sabes que me encanta!

—Bueno, pues aquí tienes el resultado de chincharme.

Nora empezó a moverse un poco. Ya no tan cómoda.

—Pero no hacía falta esto…

—Sí hacía falta.

Y aquí empezó una tanda bien fuerte con la mano, alternando un cachete y otro, mientras le iba regañando, hasta dejándolo todo bien rojo. 

—Porque no sabes parar.

El tono de Mónica era serio y firme.

—Y cuando no paras…

Más azotes fuertes y Nora ya empezó a patalear, pero Mónica no se detenía mientras seguía regañando.

—te subes.

Otro.

—Y cuando te subes…

Otro.

—te tengo que bajar.

Ahí Nora soltó el aire, le estaba empezando a doler mucho ya.

—Ya, …, perdona mi amor. Ya no te pincho más. Ya me callo. Perdón. Ayyy, qué duele.

Pero Mónica no había terminado, no aún. El ritmo subió ligeramente. Lo justo y lo necesario para que dejara de jugar del todo.

—Mónica… —murmuró Nora—. Para, por fa.…

—Aún no.

Unos cuantos más, hasta que el cuerpo cambió, hasta que la resistencia se cayó y Nora dejó de desafiar. Entonces Mónica paró y le ordenó que se levantase. Nora lo hizo despacio. Se giró. La miró con carita de hacer pucheros. Mónica sostuvo su mirada.

—¿Algo que decir?

Nora bajó un poco la cabeza.

—Que… me he pasado.

—Bastante.

—Sí…

Pausa.

—Y que te he dicho cosas que no debía decirte.

Mónica alzó una ceja.

—Exactamente.

Nora sonrió un poco.

—También.

Más suave ahora:

—Lo siento.

—¿El qué?

—Vacilarte así… —murmuró—. Y no parar.

Mónica asintió despacio.

—Eso es.

Se acercó. Le colocó el pelo detrás de la oreja.

—Sabes cómo eres.

—Demasiado bien…

—Y sabes cómo soy yo.

Nora levantó la vista.

—También.

Pausa.

—Y aun así…

Nora suspiró.

—Sí… aun así.

Mónica acercó un poco más su cara.

—¿Y qué pasa entonces?

Nora respondió bajito.

—Que acabo con el culo rojo…

Mónica sonrió apenas.

—Exacto.

Y entonces la abrazó y se besaron. Nora apoyó la cabeza en su hombro.

—Pero te encanta…

—Un poco…

—Un mucho.

Nora resopló, medio riéndose.

—No te flipes…

—Anda.

—Bueno y ¿qué tenía que hacer mi chica hoy entonces?

Nora cerró los ojos un segundo.

—Ser adulta…

—Correcto.

—Qué pereza…

Mónica se separó lo justo para mirarla.

—Nora.

—Vale, vale… ya voy…

Y mientras Nora se alejaba arrastrando un poco los pies hacia sus tareas Mónica la observaba con esa mezcla de firmeza y cariño que lo sostenía todo. Porque sí Nora provocaba siempre. Y sí, acababa castigada casi siempre. Pero en medio de todo eso, había algo muy claro. Nora confiaba en que Mónica la parara. Y Mónica nunca fallaba.

—Por cierto —dijo Nora desde el pasillo.

—¿Qué?

—Sigues siendo un poco intensa.

—Nora, cariño, ¿quieres volver a mis rodillas de nuevo?

   No, no, no, no, me voy, que me espera mi vida de adulta. Te quiero.

   Ayyy ¿Qué voy a hacer contigo, cariño? Te quiero

Y el sonido rápido de sus pasos dejó claro que la lección, al menos por hoy, había quedado bastante bien aprendida.

Comentarios

  1. Me encantó Patty. Esas historias pequeñas que son diálogos, que se siente lo cotidiano real son las mejores. Gracias por compartir y qué ganas de provocar full time sin descanso esta Nora. Saludos a su spanker que la pone siempre en su lugar

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Mónica y Nora - La caída de la presidencia de Bratnia

La casa aquella noche no era solo una casa. Era un espacio habitado por códigos compartidos, por silencios que significaban cosas, por miradas que no necesitaban explicación. La luz era cálida, ligeramente dorada, proyectando sombras suaves sobre las paredes. Los cojines estaban esparcidos con una intencionalidad que parecía descuidada, pero no lo era. Sobre la mesa, copas de vino, alguna botella abierta, latas de cervezas, restos de risas recientes. Y mujeres. Mujeres que sabían. Mujeres que habían aprendido a leer más allá de las palabras, mujeres que pertenecían al mundo de la disciplina doméstica, mujeres valientes hacia la vida. Un grupo de mujeres con mucha personalidad, algunas spankers, otras claramente brats. Ahí estaba yo en el centro. No físicamente al principio. Pero energéticamente, sí. Porque cuando entraba en ese estado —ese punto exacto entre juego, desafío y necesidad— el espacio se reorganizaba alrededor de mi. —A ver, orden, orden —dije levantando copa—. Como preside...

Mónica y Nora - Las malas contestaciones

A veces no hace falta mucho para resetearse: unos días fuera, desconectar del ruido, cambiar el ritmo y dejar que todo baje revoluciones. Mónica había encontrado una casita apartada, rodeada de verde y silencio, perfecta para perderse un poco. Nora no puso ninguna pega. Plan sencillo: descanso, paseos, sofá, chimenea… y tiempo juntas, sin interrupciones. Una tarde bajaron a una ciudad cercana porque Nora quería comprar un videojuego al que llevaba un tiempo esperando para su estreno. Era “el plan perfecto” para las noches tranquilas junto a la chimenea. Entraron en la tienda, Nora fue directa al mostrador… y en cuestión de segundos, todo se torció. —Hola, sí, venía a por el juego ese que acaba de salir —dijo Nora, apoyándose en el mostrador. El dependiente tecleó, miró la pantalla y negó. —Lo siento, justo hoy se nos ha agotado, se acaba de vender el último que teníamos en stock. Silencio. —¿Cómo que agotado? —la voz de Nora cambió al instante—. ¿Pero tú sabes la ilusión que me hacía? ...

Mónica y Nora - Cuando el caos se encuentra con la autoridad

Cuando se iban juntas de vacaciones, el último día siempre solía tener algo agridulce. Por un lado, el descanso había hecho su efecto: estaban más tranquilas, más conectadas, más ellas. Por otro… tocaba recoger. Y eso, para Nora, era casi una tragedia nacional. —Amor… —dijo desde el sofá, estirada como si estuviera protagonizando un anuncio—¿Y si dejamos esto así y le pagamos a alguien para que lo limpie? Mónica, de pie en medio del salón, con una bolsa en una mano y una camiseta de Nora en la otra, alzó una ceja. —¿Así cómo? ¿En modo “ha pasado un tornado”? Nora miró alrededor. Ropa en la silla, tazas en la mesa, manta torcida… —A ver… tiene su encanto. —Sí —respondió Mónica—. El encanto de que lo recoja otra persona. Nora sonrió, traviesa. —Pues mira, lo que yo te decía… Mónica dejó la camiseta sobre la mesa con calma. Demasiada calma. —Nora. —¿Qué? —respondió ella, inocente—. Estoy descansando, que recoger cansa mucho. —Has descansado tres días. —Pues por eso, hay que mantener la ra...