Mónica llevaba ya un buen rato dando vueltas por IKEA con su madre cuando empezó a arrepentirse un poquito de no haber obligado a Nora a acompañarlas. Bueno… no. Pensándolo mejor, había hecho estupendamente dejándola en casa.
La última vez que Nora había ido con ella tardó diez minutos en decir que aquello era un laberinto infernal, veinte en intentar encontrar un atajo que, evidentemente, no existía, y media hora en tumbarse en una de las camas de exposición diciendo que la dejaran allí, que ya había encontrado casa y que mandaran sus cosas por mensajería.
Así que aquella mañana, cuando Mónica le preguntó si quería venir, Nora ni siquiera levantó demasiado la vista del sofá.
Nora: Prefiero que me castigues directamente.
Mónica: Solo vamos a comprar una estantería.
Nora: Mentira. Empezarás con la estantería, luego querrás una lámpara, después veremos unos vasos monísimos y acabaremos discutiendo por una planta de plástico.
Pastora: Puedes venir y nos ayudas a elegir.
Nora: No quiero entrometerme en un momento tan íntimo entre madre e hija.
Mónica: ¿Comprar una estantería es un momento íntimo?
Nora: No lo sé. Pero cualquier excusa me parece buena para no ir.
Y allí estaban Mónica y Pastora, rodeadas de salones que súper monos, cocinas donde no se podía cocinar y flechas en el suelo que parecían llevarlas siempre al mismo sitio.
Pastora se paró delante de un mueble blanco.
Pastora: Este os quedaría muy bonito en el salón.
Mónica cerró los ojos un segundo.
Mónica: Mamá. Hemos venido a comprar una estantería.
Pastora: Ya, pero mira cuánto cabe aquí.
Mónica: Nora tenía razón.
Pastora: ¿Con qué?
Mónica: Con que íbamos a acabar mirando cosas que no necesitamos.
Pastora: Tu mujer acierta mucho cuando le interesa.
Mónica se rio y siguió empujando el carro.
Llevaba un rato queriendo preguntarle algo a su madre. Bueno, un rato no. Desde la cena del otro día, en realidad. Pero no sabía muy bien cómo sacar el tema sin que pareciera que llevaba días cotilleándole mentalmente la vida.
Al final decidió que daba igual.
Mónica: Mamá, el otro día dijiste que tú también habías sido spanker.
Pastora siguió mirando el mueble como si Mónica acabara de preguntarle si prefería las puertas blancas o las de madera.
Pastora: Sí.
Mónica: ¿Y ya está?
Pastora: ¿Qué más quieres que te diga?
Mónica: Pues no sé… algo. Con quién, cuándo, cómo empezó. Lo normal.
Pastora se giró hacia ella con una sonrisilla.
Pastora: Mónica, cariño, tengo setenta años. He tenido una vida antes de ser tu madre.
Mónica: Eso ya lo sé y además seguro que una vida muy intensa teniendo en cuenta que eres sexóloga. Venga, cuéntame algo.
Pastora: Aquí no.
Mónica: ¿Por qué?
Pastora señaló alrededor.
Pastora: Porque estamos hablando de mi vida íntima al lado de una cama que se llama MALM y hay un señor detrás probando si cruje.
Mónica miró hacia atrás. Efectivamente había un señor sentado en una cama. Se echó a reír.
Mónica: Vale, vámonos a la cafetería.
Encontraron una mesa junto a la ventana, donde tenían algo de privacidad y no había casi nadie a su alrededor. Mónica fue a por dos cafés. Volvió también con una porción de tarta de almendras para su madre y otra de chocolate para ella.
Pastora miró el plato. Luego miró a su hija.
Pastora: Como Nora se entere de que has comido chocolate sin ella, te monta un drama.
Mónica: Nora puede dejarme de hablar aproximadamente cuarenta segundos.
Pastora: Si está muy enfadada, igual llega al minuto.
Mónica: No. Porque a los treinta segundos vendrá a explicarme por qué no me habla y se acabó la tranquilidad.
Pastora soltó una carcajada y dio un sorbito al café. Mónica ya estaba impaciente.
Mónica: Bueno. Venga. Cuenta.
Pastora: Qué cotilla eres, hija.
Mónica: Llevo años viendo cosas rarísimas en tu casa sin hacer preguntas. Creo que me he ganado esto.
Pastora: Eran utensilios normales.
Mónica: Tenías una cuchara de madera guardada en el dormitorio.
Pastora se quedó un segundo pensando.
Pastora: Ah. Esa era de Diana.
Mónica se quedó con el tenedor a medio camino.
Mónica: ¿Quién es Diana?
La expresión de Pastora cambió un poquito. No fue nada exagerado, simplemente esa sonrisa que se te pone cuando recuerdas a alguien a quien quisiste mucho hace tiempo.
Pastora: Diana fue una chica con la que estuve hace bastantes años. Casi dos años estuvimos juntas.
Mónica: ¿Y cómo la conociste?
Pastora sonrió.
Pastora: Casi la atropello.
Mónica dejó directamente el tenedor.
Mónica: Perdona.
Pastora: Como lo oyes.
Mónica: Mamá, no puedes empezar una historia diciendo que casi atropellas a tu novia y seguir comiendo tarta tan tranquila.
Pastora: Pues fue así.
Diana tenía veinticinco años por aquel entonces. Acababa de terminar la carrera de Derecho y llevaba muy poquito trabajando en un bufete de abogados. Estaba en esa fase de recién licenciada en la que quería demostrar absolutamente todo. Que era buena. Que podía con el trabajo. Que era responsable. Que no necesitaba ayuda. Que podía quedarse todas las horas que hicieran falta. Vamos, que no sabía delegar ni aunque le fuera la vida en ello. Y aquella mañana iba tarde otra vez.
Había salido del bufete mirando un correo en el móvil porque uno de los abogados le había pedido que revisara no sé qué documento «cuando tuviera un momento», y Diana, en lugar de pensar que podía hacerlo después, decidió que aquel momento tenía que ser exactamente mientras cruzaba una avenida.
Pastora la vio aparecer delante del coche. Pegó un frenazo. El bolso salió disparado del asiento del copiloto y acabó en el suelo. Diana se quedó plantada en mitad de la carretera con el móvil en una mano y una cara de susto considerable. Pastora bajó la ventanilla.
Pastora: ¡¡¡¡¿Pero se puede saber qué haces?!!!!!
Diana levantó la cabeza. Miró el coche y a Pastora e hizo un gesto con la mano como diciendo «ya está, no pasa nada». Pastora aparcó donde pudo y se bajó del coche todavía con el corazón acelerado.
Pastora: ¿Estás bien?
Diana: Sí. Sí, estoy bien. No ha pasado nada.
Pastora: No ha pasado nada porque he frenado a tiempo.
Diana: Ya, bueno… pues eso. Ya está.
Pastora: ¿Cómo que ya está?
Diana guardó el móvil en el bolso.
Diana: Que no hace falta montar tampoco un drama.
Pastora la miró como si no terminara de creerse lo que acababa de escuchar.
Pastora: ¿Un drama? Has cruzado una avenida mirando el teléfono y casi te metes debajo de mi coche.
Diana: Pero no me he metido.
Pastora: No, chiquilla de milagro.
Diana: Tampoco ibas tan rápido.
Pastora: ¿Y tú cómo lo sabes si no has mirado?
Ahí Diana se quedó callada, no sabía qué contestar.
Diana: Bueno…
Pastora: Ni bueno ni nada.
Diana se cruzó de brazos. Era evidente que estaba muerta de vergüenza, pero lo estaba disimulando fatal poniéndose chulita.
Diana: ¿Siempre regañas así a desconocidos?
Pastora: Solo a los que intentan suicidarse delante de mi coche y luego encima se ponen bordes.
A Diana se le escapó una risa.
Diana: No estaba intentando suicidarme.
Pastora: Pues lo has disimulado regular.
Diana: Vale. Iba distraída.
Pastora: No ibas distraída. Ibas completamente empanada.
Diana: Está bien, mamá. Ya he aprendido la lección.
Pastora levantó una ceja.
Pastora: No vuelvas a llamarme mamá.
Diana: Es que me estás regañando como si lo fueras.
Pastora: Si yo fuera tu madre, esta conversación no terminaba aquí. Te lo aseguro.
Diana dejó de sonreír. Solo un segundo. Luego bajó la mirada, se colocó un mechón detrás de la oreja y se puso colorada hasta las orejas. Pastora lo vio y se dio cuenta.
Diana: Creo que te debo un café.
Pastora: Me debes no volver a cruzar mirando el dichoso teléfono.
Diana: También. Pero lo del café lo puedo cumplir ahora.
Y cinco minutos después estaban las dos sentadas en una cafetería cercana. La situación era un poco absurda. Porque, a ver, una casi había atropellado a la otra hacía diez minutos. Pero Diana tenía gracia hablando y cuando se le pasó el susto empezó a hablar por los codos.
Diana: Reconozco que he estado un poco borde.
Pastora: Un poco bastante.
Diana: Es que cuando hago algo mal y me da vergüenza me pongo a la defensiva.
Pastora: Pues tienes una defensa bastante antipática.
Diana se río.
Diana: También tengo cosas buenas.
Pastora: Espero que una sea mirar antes de cruzar.
Diana: Vale, vale. Me lo merezco.
Pastora: Bastante.
Diana empezó a darle vueltas a la cucharilla dentro del café, nerviosa y Pastora también se dio cuenta de esto.
Pastora: Vas a agujerear la taza.
Diana: Estoy pensando.
Pastora: Eso siempre es peligroso.
Diana sonrió, pero seguía nerviosa.
Diana: Antes… cuando has dicho que si fueras mi madre la conversación no terminaría ahí…
Pastora: ¿Sí?
Diana: ¿A qué te referías?
Pastora bebió tranquilamente.
Pastora: Creo que lo has entendido perfectamente.
Diana se puso todavía más roja.
Diana: Puede.
Pastora: Entonces para qué preguntas.
Diana: Porque cada persona es diferente y quiero saber cómo acaba la frase.
Pastora dejó la taza.
Pastora: Tienes bastante valor para una chica que hace diez minutos estaba a punto de acabar encima de mi capó.
Diana: Ya te he pedido perdón.
Pastora: No exactamente.
Diana resopló.
Diana: Vale. Perdón, lo siento, ha sido una irresponsabilidad.
Pastora: Eso está mejor.
Hubo un silencio. Diana seguía esperando, la miró con timidez.
Pastora: Si entre nosotras existiera una relación donde eso estuviera hablado, pactado y las dos quisiéramos, te habrías llevado una buena azotaina por cruzar la carretera mirando el teléfono.
Diana se atragantó con el café.
Pastora: ¿Estás bien?
Diana: Sí.
Tosió un poco, pero más por la vergüenza que por el café.
Diana: Perfectamente.
Pastora: No tienes cara de estar perfectamente.
Diana: Es que no esperaba que lo dijeras así, tan directo.
Pastora: Has preguntado tú.
Diana: Ya, pero esperaba un rodeo. Un poquito de preparación.
Pastora: Yo no soy mucho de rodeos.
Diana: Sí. Eso ya lo estoy viendo.
Tres días después volvieron a quedar para tomar café. Luego para cenar. Después vino otra cita. Y otra. Y al final, casi sin darse cuenta, aquello empezó a convertirse en una relación.
La diferencia de edad estaba ahí, claro. Pastora tenía bastante más experiencia vital y Diana acababa prácticamente de salir de la universidad. Precisamente por eso hablaron muchísimo antes de dar determinados pasos. Pastora tenía clarísimo que no quería convertirse en una especie de madre, profesora o jefa de Diana, y Diana tampoco buscaba eso.
Lo que sí encontró Diana en Pastora fue algo que en aquel momento le faltaba bastante: calma. Porque Diana vivía acelerada, en el bufete sentía que tenía que hacerlo todo. Si un compañero le pedía que revisara algo, decía que sí. Si uno de los abogados le dejaba una tarea que podía perfectamente hacer él, Diana decía que sí. Si había que quedarse hasta tarde, ella se quedaba. Si alguien preguntaba quién podía encargarse de algo, antes de que terminara la frase ya estaba Diana presentándose voluntaria y eso luego le pasaba factura.
Una noche Pastora la encontró contestando correos casi a las once.
Pastora: Diana.
Diana: Un segundo.
Pastora: Llevas diciendo “un segundo” cuarenta minutos.
Diana: Es que tengo que terminar esto.
Pastora: ¿Te lo han pedido para mañana?
Diana se quedó mirando la pantalla.
Diana: Bueno… no exactamente.
Pastora: ¿Para cuándo?
Diana: Para el lunes.
Era jueves.
Pastora señaló el portátil.
Pastora: Ciérralo.
Diana: No puedo.
Pastora: Sí puedes.
Diana: No, Pastora, que acabo de entrar al bufete. Tengo que demostrar que puedo con esto.
Pastora: ¿Demostrarle a quién?
Diana no respondió.
Pastora: ¿A tu jefe?
Silencio.
Pastora: ¿A tus compañeros?
Diana siguió callada.
Pastora: ¿O a ti?
Ahí sí. Diana cerró los ojos.
Diana: Qué manía tienes de hacer preguntas que dan por culo.
Pastora: Deformación profesional.
Diana: Pues podrías deformarte un poquito menos.
Pastora se rio pero con el tiempo fue saliendo el problema de verdad. Diana no sabía decir que no. A todo el mundo le decía que sí. Le decía que sí a su hermano cuando le pedía favores. A sus amigas. A su familia. A los compañeros del bufete. A todo el mundo.
Y además tenía un problema añadido: como era nueva, sentía que delegar era reconocer que no sabía hacer su trabajo.
Una tarde acabó diciéndoselo directamente.
Diana: Es que si digo que no puedo con algo van a pensar que soy una inútil.
Pastora: ¿Quién?
Diana: Ellos.
Pastora: ¿Ellos quiénes?
Diana: Pues… ellos. Los abogados. Mis compañeros. Todo el mundo.
Pastora: Diana, tienes veinticinco años y acabas de terminar la carrera. Evidentemente hay cosas que todavía no sabes hacer.
Diana: Gracias por la confianza.
Pastora: No seas tonta. Precisamente por eso estás allí, para aprender.
Diana: Ya, pero quiero hacerlo bien.
Pastora: Hacerlo bien no significa hacerlo todo tú.
Diana apoyó la cabeza en el hombro de Pastora.
Diana: No sé delegar.
Pastora: Eso ya lo veo.
Diana: Me cuesta muchísimo.
Pastora: También lo veo.
Diana: Podrías decir algo más útil.
Pastora: Vale. Vas a aprender.
Diana levantó la cabeza.
Diana: Ah. Pues arreglado.
Pastora: Poco a poco, lista.
Empezaron a trabajar juntas ese tema. Cuando alguien le pedía algo, Diana tenía que intentar no contestar automáticamente. Nada de “sí, claro”. Nada de “yo me encargo”. Nada de “déjamelo a mí”. Primero tenía que mirar lo que ya llevaba encima y sí podía hacerse cargo realmente. Y una frase tan sencilla como “déjame que lo mire y te digo” le costaba la misma vida.
También hablaron de la disciplina y del autocuidado, porque al fin y al cabo, el poner límites era una forma importante de quererse y respetarse a ella misma.
No fue algo que Pastora decidiera por Diana ni apareció de repente porque sí. Hablaron de qué querían las dos, qué cosas tenían sentido dentro de su relación, cuáles no, qué límites había y cómo podía Diana parar cualquier situación si dejaba de sentirse cómoda. Durante un tiempo la cosa fue bastante bien. Hasta que llegó aquel viernes.
Pastora había preparado la cena en casa de Diana. Llevaban toda la semana diciendo que aquel fin de semana no iban a hacer absolutamente nada, iba a ser entero de autocuidado: Dormir, comer, ver alguna película y poco más. Porque Diana estaba reventada.
Habían quedado a las siete. A las siete y media Diana no había llegado. A las ocho tampoco. A las ocho y media Pastora ya estaba preocupada. Diana apareció casi a las nueve, cargada con el portátil, el bolso, una carpeta enorme y dos bolsas del supermercado.
Pastora: Son casi las nueve.
Diana: Ya lo sé.
Pastora: Te he escrito tres veces.
Diana: Estaba liada.
Entró directa a la cocina y dejó las bolsas encima de la encimera con bastante mala leche.
Pastora: ¿Qué ha pasado?
Diana: Nada.
Pastora: Diana.
Diana: Que nada, Pastora.
Pastora: Has llegado dos horas tarde, no has contestado al teléfono y vienes cargada como si te hubieras mudado. Algo ha pasado.
Diana empezó a sacar cosas de las bolsas.
Diana: Mi hermana necesitaba que le recogiera unos documentos. Luego en el bufete me han pedido que terminara una cosa y Clara quería que comprara unas cosas para mañana.
Pastora: ¿Para mañana?
Diana se quedó quieta y la miró.
Pastora: ¿Qué hay mañana?
Diana: El cumpleaños de Clara.
Pastora: Creía que este fin de semana era para nosotras.
Diana: Ya.
Pastora: Y para que descansaras.
Diana: Ya, Pastora.
Pastora: ¿Entonces?
Diana metió un paquete en el armario un poco más fuerte de la cuenta.
Diana: Pues que han cambiado los planes.
Pastora: ¿Los has cambiado tú o no has sabido decirle que no?
Diana cerró la puerta del armario de golpe.
Diana: Mira, Pastora, no empieces.
Pastora se quedó quieta.
Pastora: ¿Que no empiece con qué?
Diana: Con esto, con el interrogatorio, que ya soy mayorcita.
Pastora: Precisamente por eso te estoy preguntando.
Diana: Pues no necesito que vengas a decirme lo que tengo que hacer. Ya tengo suficiente gente diciéndome cosas durante todo el puto día.
Aquello salió más fuerte de lo que Diana pretendía. Lo supo en cuanto terminó la frase. Pero estaba tan saturada que, en lugar de parar, siguió.
Diana: Y siempre haces lo mismo. Siempre parece que tú sabes perfectamente lo que tengo que hacer y yo no tengo ni idea de nada.
Pastora: Yo no he dicho eso.
Diana: No hace falta que lo digas.
Pastora: Diana…
Diana: Como eres mayor, como eres sexóloga, como tienes un montón de experiencia… pues ya está. Tú sabes todo y yo soy la niña de veinticinco años que no sabe ni cruzar una calle.
Pastora apretó los labios.
Pastora: Ten cuidado.
Diana: ¿Con qué?
Pastora: Con cómo me estás hablando.
Diana: Te hablaré como quiera. Además, esta es mi casa.
Ahí sí. En cuanto lo dijo, Diana supo que se había pasado tres pueblos.
Pastora: Sí. Es tu casa.
Diana bajó un poco la mirada.
Pastora: Y si quieres que me vaya, me lo dices y me voy. Pero no puedes pasarte todo el día diciéndole que sí a todo el mundo y después venir aquí a hablarme mal a mí porque soy la única persona con la que te sientes lo bastante segura para soltarlo todo.
Diana tragó saliva.
Pastora: ¿Querías recoger esos documentos?
Diana: No.
Pastora: ¿Querías quedarte en el bufete?
Diana: No.
Pastora: ¿Te correspondía siquiera terminar lo que estabas haciendo?
Diana tardó un poquito.
Diana: No del todo.
Pastora: Diana.
Diana: Vale. No. Podía hacerlo otra persona.
Pastora: ¿Y lo delegaste?
Diana: No.
Pastora: ¿Por qué?
Diana: Porque quería terminarlo yo.
Pastora: ¿Y quieres ir mañana a la fiesta?
Silencio.
Pastora: Diana.
Diana: No.
Pastora: Pero a todos ellos les has dicho que sí.
Diana se quedó mirando el suelo.
Pastora: Y a mí, que llevo dos horas preocupada, que te he preparado la cena y que precisamente había organizado este fin de semana contigo porque estás agotada, me dices que no empiece y que me hablarás como te dé la gana.
Diana apoyó las manos en la encimera. Toda la chulería se le cayó de golpe.
Diana: Lo siento.
Pastora: Ya.
Diana: No debería haberte hablado así.
Pastora: No.
Diana: Estoy muy cansada.
Pastora: Lo sé.
Diana: No puedo con todo.
Pastora: Eso también lo sé.
Diana se secó una lágrima rápidamente, enfadada consigo misma.
Diana: Joder.
Pastora se acercó un poco, pero todavía no la tocó.
Pastora: Estar cansada no te da derecho a descargar conmigo.
Diana: Ya lo sé.
Pastora: ¿Recuerdas lo que acordamos para cuando volviera a pasar esto?
Diana miró hacia uno de los cajones de la cocina.
Diana: Sí.
Pastora: Dímelo.
Diana: Que cuando me pasara de la raya me ibas a castigar.
Pastora: Pues ya sabes lo que toca ahora. Tráeme la cuchara de madera, por favor.
Sacó la cuchara de madera y se quedó mirándola.
Diana: Toma.
Pastora la cogió y se fueron al dormitorio volvieron a hablar antes de hacer nada. Pastora se sentó en la cama.
Pastora: Túmbate en mis rodillas.
Diana: Lo siento, ¿vale?
Suspiró resignada y se tumbó.
Empezó la tanda de azotes con la mano, primero despacio, con la ropa puesta y poco a poco fue incrementando la intensidad. En un momento dado, cuando la intensidad era mucho más potente, la bajó del tirón el pantalón y las braguitas. Ahí comenzó Diana a retorcerse y empezaron las preguntas.
Pastora: ¿Qué tendrías que haber hecho en el bufete?
Diana: Decir que ya tenía demasiadas cosas.
Pastora: ¿Y?
Diana puso los ojos en blanco.
Diana: Delegar.
Pastora: Vaya, la palabra prohibida.
Diana: La odio.
Pastora: Pues tendrás que hacerte amiga de ella.
Diana: No prometo tanto.
Pastora: ¿Y a tu hermana?
Diana: Que recogiera ella los documentos.
Pastora: ¿Y a Clara?
Diana: Que mañana no voy.
Pastora: ¿Y a mí?
Diana dejó de bromear.
Diana: Que iba a llegar tarde.
Pastora asintió.
Diana: Y no hablarte como te he hablado.
Pastora: Bien.
Los azotes aumentaron bastante más en intensidad y ahí fue cuando cogió la cuchara de madera.
Diana: Auuuch, perdón, perdón. Es verdad que me he equivocado.
Pastora: No quiero que tengamos que tener de nuevo esta conversación. ¿Qué tienes que aprender?
Diana: A delegar.
Azote fuerte.
Pastora: ¿Y?
Diana: A decir que no.
Otro azote más fuerte.
Pastora: ¿Y?
Diana: A no ser una gilipollas contigo cuando estoy cansada.
Pastora soltó aire por la nariz intentando no reírse.
Pastora: Esa formulación no era exactamente la que tenía en mente.
Diana: Pero lo he sido o ¿no?
Pastora: Eso sí.
Continuó la azotaina con la cuchara de madera hasta que Diana terminó llorando. Después de un par de minutos más, el castigo había finalizado.
Pastora: Ven aquí.
Le abrió los brazos y empezó a consolarla.
Diana: Estoy cansada.
Pastora: Ya lo sé.
Diana: No, pero… cansada de verdad.
Se secó la cara.
Diana: Todo el día siento que tengo que demostrar algo. En el bufete parece que si pregunto soy tonta, si digo que no puedo con algo soy floja, si me voy a mi hora parece que no me esfuerzo suficiente…
Pastora: Eso lo estás suponiendo tú muchas veces.
Diana: Ya.
Pastora: Y aunque alguien lo pensara, tampoco tienes que matarte para convencerlo.
Diana se quedó un rato callada.
Diana: Me da miedo que descubran que no soy tan buena como creen.
Pastora sonrió con cariño.
Pastora: Acabas de empezar.
Diana: Ya.
Pastora: No tienes que saberlo todo.
Diana: Ya.
Pastora: Ni hacerlo todo.
Diana: Ya.
Pastora: Ni salvar el bufete tú sola.
A Diana se le escapó una risilla entre las lágrimas.
Diana: Bueno, eso todavía está por ver jajajaja.
Ya desde la calma y sin lágrimas.
Diana: Siento haberte hablado así.
Pastora: Lo sé.
Diana: ¿Me perdonas?
Pastora: Claro que sí, mi amor.
Diana: ¿Y no te vas?
Pastora: No me voy, me quedo aquí contigo.
Después Pastora le trajo agua y se quedó con ella mientras Diana hacía algo que, para ella, era casi más difícil que todo lo anterior.
Llamar a Clara.
Diana: Hola. Mira, mañana al final no voy a ir… No, no me pasa nada. Bueno, estoy agotada… Ya sé que contabas conmigo, pero no puedo ayudarte con las compras ni con la fiesta… Sí, ya sé… Clara, es que no. Lo siento, pero no.
Colgó el teléfono.
Diana: Creo que me odia.
Pastora: No te odia.
Diana: Ha puesto voz de odiarme.
Pastora: Está molesta. Ya se le pasará.
Diana se acercó un poquito más.
Diana: ¿Estás orgullosa de mí?
Pastora: Muchísimo.
Diana: ¿Aunque hoy haya sido bastante imbécil contigo?
Pastora: Una cosa no quita la otra. Estoy orgullosa de que hayas puesto un límite y sigo pensando que teníamos que hablar seriamente de cómo me has tratado.
Y Diana encontró esa calma que tanto necesitaba y se acurrucó viendo una serie con Pastora.
De vuelta en la cafetería de IKEA, Mónica llevaba varios minutos mirando a su madre sin tocar apenas la tarta.
Mónica: Vale. Ahora entiendo lo de la cuchara del dormitorio.
Pastora: Era de Diana.
Mónica: Yo pensaba que la utilizabas para una crema o algo.
Pastora la miró.
Pastora: ¿En el dormitorio?
Mónica: Mamá, precisamente por eso decidí no preguntar.
Pastora: Hiciste bien.
Mónica cogió por fin un trocito de tarta.
Mónica: ¿Qué pasó entre vosotras?
Pastora bajó un momento la mirada.
Pastora: Estuvimos juntas casi dos años. Después a Diana le salió una oportunidad muy buena fuera. Para ella era importante. Intentamos mantener la relación a distancia, pero… bueno. Al final no funcionó.
Mónica: ¿Acabasteis mal?
Pastora: No. Nos queríamos mucho. A veces querer a alguien no hace que las vidas encajen para siempre.
Mónica sonrió un poquito.
Mónica: ¿Seguís hablando?
Pastora: Alguna vez. Nos felicitamos los cumpleaños. Con los años hizo su vida.
Mónica: ¿Y aprendió a decir que no?
Pastora se rio.
Pastora: Bastante mejor.
Mónica: Entonces la cuchara funcionó.
Pastora: No pero ayudó bastante.
Mónica levantó las cejas.
Pastora: Fueron las conversaciones. Lo que trabajó ella. Equivocarse veinte veces y volver a intentarlo veintiuna. Aprender a delegar. Entender que descansar no era ser vaga. El dolor de culo ayudó bastante como motivación para no rendirse.
Mónica se quedó pensativa.
Mónica: ¿Crees que yo lo hago bien con Nora?
Pastora sonrió.
Pastora: Quieres muchísimo a tu mujer y se nota.
Mónica: Eso no responde a mi pregunta.
Pastora: Qué pesada sois las dos.
Mónica se rio.
Pastora: Sí. Creo que lo haces bien. Sabes cuándo está jugando, cuándo te está buscando descaradamente, cuándo necesita que la frenes y cuándo simplemente necesita que la abraces.
Mónica: Aunque a veces me vuelve loca.
Pastora: También te dejas liar muchísimo.
Mónica: Es desesperante.
Pastora: Y muy divertida.
Mónica: No se lo digas, que se viene arriba.
Nora: Demasiado tarde.
Las dos se giraron.
Nora estaba detrás de ellas con una bolsa amarilla de IKEA colgada del brazo.
Mónica abrió los ojos.
Mónica: ¿Qué haces aquí?
Nora: Me he aburrido en casa y he venido a rescataros.
Miró alrededor.
Nora: Llevo veinte minutos intentando llegar a la cafetería. Este sitio está diseñado para que nadie pueda escapar.
Pastora entrecerró los ojos.
Pastora: ¿Cuánto tiempo llevas escuchando?
Nora dejó la bolsa en el suelo y se sentó junto a ella.
Nora: Lo suficiente para saber que había una señora llamada Diana y una cuchara de madera cuya existencia se me había ocultado deliberadamente.
Mónica: Nora…
Nora: ¿Qué? Yo solo quiero conocer la historia familiar.
Pastora: No es historia familiar.
Nora: Si hay cucharas de madera guardadas en dormitorios, yo creo que sí.
Mónica se tapó la cara con una mano.
Nora: Suegra.
Pastora: Qué.
Nora: ¿Diana era muy brat?
Pastora: No tanto como tú.
Nora abrió la boca, ofendidísima.
Nora: Eso ha sonado a ataque personal… pero gracias. ¿Y qué hizo para ganarse la cuchara?
Pastora: No sabía decir que no. Se cargaba de trabajo, se agotaba y luego descargaba el mal humor conmigo.
Nora se quedó callada. Mónica la miró. Pastora también.
Nora: No.
Mónica levantó una ceja.
Mónica: Yo no he dicho nada.
Nora: Pero lo estás pensando muy fuerte.
Mónica: Ayer aceptaste una consulta a las nueve y media después de prometerme que no volverías a hacerlo.
Nora: Era una urgencia.
Mónica: Quería cambiar la cita del martes.
Nora: Una urgencia de agenda.
Pastora cogió tranquilamente su café.
Pastora: En IKEA venden cucharas de madera.
Nora giró la cabeza muy despacio.
Nora: ¡¡¡Suegra!!!
Pastora bebió.
Nora: No le he preguntado.
Mónica empezó a reírse.
Mónica: Podemos pasar por cocina antes de irnos.
Nora: No.
Mónica: Solo por mirar.
Nora: No. Primero la estantería. Hemos venido a comprar una estantería y no deberíamos distraernos con tonterías.
Pastora: Hace un rato no querías ni entrar.
Nora: Las personas maduras pueden cambiar de opinión cuando aparecen amenazas nuevas.
Mónica se levantó y le dio un beso en la mejilla.
Mónica: Tranquila, mi amor. Hoy no compraremos ninguna cuchara.
Nora soltó el aire.
Nora: Gracias.
Mónica: Pero porque ya tenemos varias en casa.
Nora: Todo esto viene de familia.
Pastora: Puede ser.
Nora señaló a su suegra.
Nora: Tú me caías muy bien.
Pastora: ¿Antes?
Nora: Hasta hace aproximadamente treinta segundos.
Pastora: Qué pena. Os regalo yo un set de cucharas para la casa, para que lo tengáis de recuerdo mío.
Nora: No hace falta, suegra. Aprecio el detalle pero no.
Pastora: Venga, que me hace ilusión y además nos queda media tienda por ver.
Nora: Nooooooooooo.
Las tres se rieron y volvieron a meterse en el recorrido de IKEA.
Pastora iba mirando el mapa, Mónica empujaba el carro y Nora caminaba entre las dos mirando con bastante desconfianza cada cartel que señalaba la sección de cocina. Llegaron a la sección de cucharas y cogió un paquete de 5 con distinto grosor y la metió en el carro.
Pastora: Nuera, para ti, con todo mi amor.
Mónica: Gracias mamá, eres la mejor jajajaja.
Nora: Amor, ¿podemos ver si venden también suegras de repuesto? Que la mía se ha estropeado.
Las tres se rieron y terminaron las compras.
Me ha encantado, cariño, Ikea es muy nosotras. Pastora la estoy adorando, me encanta. La familia aumenta, jejeje
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