Capítulo 3. El principio de una historia
Valery: Bueno, Elena, ya que estamos de acuerdo, debemos pasar a un tema igual de serio e importante. Y sabes perfectamente cuál es la conversación que tendremos ahora, ¿verdad?
Elena se puso nerviosa. No esperaba tener esa conversación justo en ese momento. Pero como Valery encendía ese pequeño interruptor en ella, terminó abriendo la boca y metiendo la pata, como últimamente había estado haciendo.
Elena: ¿Que es hora de ir a casa y descansar porque mañana hay escuela? —dijo Elena con una pequeña sonrisita en el rostro.
Valery: Muy graciosa, jovencita, pero estoy segura de que en unos minutos más no te quedarán ganas de hacerte la chistosita.
Elena: Para nada. Si no era un chiste, Vale. Si soy una niña buena. Mira, me iré a casa temprano, cenaré, haré la tarea y dormiré bien.
Le puso una cara de angelito que nadie se creería.
Valery: Bueno, si quieres ir por ese camino, me parece perfecto. Es más, yo misma te llevo a casa y ahí tendremos una conversación mucho más contundente. ¿Sí sabes a lo que me refiero?
Puso sus manos sobre la cadera, tocando el cinturón, solo para ver la reacción de Elena. La joven estudiante tragó saliva y se puso aún más nerviosa. Esta vez no le quedaron ganas de hablar.
Subieron al coche y, de camino, no hubo ni un ruido. Afortunadamente, o desafortunadamente para Elena, su casa estaba cerca, así que el recorrido fue corto, aunque para ella los minutos parecieron eternos.
No sabía qué esperar. Sería la primera vez que sería castigada por alguien, al menos en persona. Porque, aunque nunca había hablado con nadie de esto, ella era spankee y había tenido spankers de manera online. La mayoría habían sido relaciones esporádicas, a excepción de la última, la cual le había costado mucho trabajo dejar.
Pero era más doloroso permanecer...
Valery notó su nerviosismo. Era algo natural ante la situación. Ella sabía que Elena era spankee por las señales, ya que la joven no se había atrevido a confesarlo directamente.
La profesora puso su mano sobre la de la chica para intentar tranquilizarla. Era la primera vez que Elena pasaba por algo así, y Valery no sabía qué pasaba por aquella cabecita. No deseaba que Elena pensara en ella como una sádica, cruel o, peor aún, como una oportunista.
Valery: Nena, cariño, mírame un momento.
Aparcó el coche. Ya habían llegado a su destino, pero ninguna de las dos bajó del auto.
Valery: ¿Sabes que te quiero y que jamás te haría daño, cierto?
Elena asintió.
Valery: Háblame, cariño. Necesito oírte y que me mires.
—Sí, lo sé —contestó Elena mientras la miraba, ya un poco más tranquila ante aquel gesto.
Valery: Recuerda que esto se trata de confianza y comunicación. Las faltas graves tienen consecuencias y deben ser congruentes, pero eso no significa que voy a romper la confianza que estamos construyendo. ¿Lo entiendes?
Elena: Sí, lo sé. Sé que no harías nada para lastimarme y que, si me vas a castigar, es por mi bien.
Lo dijo en tono bajo y avergonzada.
Elena: Lo acabamos de acordar, solo que...
Se hizo un pequeño silencio.
Valery: ¿No esperabas que fuera tan pronto?
Elena asintió.
Valery: ¿Segura? Porque llevas desde el minuto uno que me conociste tocándome las costillas. Yo creo que sabes perfectamente lo que estabas haciendo.
Lo dijo en un tono firme.
Valery: Y has conseguido tu propósito, señorita.
Elena: No, Valery, de verdad que no. Lo de chocar contra ti fue circunstancial y todo lo que vino después también. O sea, no es que vaya por la vida programando enfermarme a propósito, ¿sabes?
Esto último lo dijo con un tono un poco más molesto.
Valery: Elena, ese tonito no me gusta. No quieras empeorar las cosas. Tú comenzaste esto con tus jueguitos. Querías una respuesta, pues ahora yo te voy a responder para que aprendas a bajarle a tus caprichitos de niña rebelde. Vas a aprender a no contestarme de ese modo. Somos amigas, pero soy tu tutora y me tienes que respetar, Elena de Ángel. Y yo me encargaré de que te quede claro.
Ya todo esto lo decía en un tono más autoritario.
Elena: Perdón. No quise ser grosera, pero es que, en serio, ¿quién planea enfermarse? Es ilógico.
Valery decidió que aquella conversación tenía que terminar justo sobre sus rodillas. Así que bajó del coche.
Elena estaba nerviosa.
Ahora sí creo que me mata. Se ve molesta. Me he pasado.
Valery: Baja del coche y espérame en tu habitación, parada en el rincón.
Elena obedeció, por un lado porque no sabía qué esperar y, por otro, porque no quería decepcionar a Valery. Era la primera vez que pasaba por esto y no quería arruinarlo.
Así que se quedó paradita, mirando a la pared, atenta a cada sonido que escuchaba en la casa.
Valery se encontraba en el baño, junto a la habitación de Elena, buscando algo. Entró a la habitación y puso aquel objeto sobre la cama. Luego se sentó en una silla que colocó frente a ella.
Valery: Elena, ya puedes darte la vuelta.
La joven obedeció, pero se encontraba mirando al piso, algo avergonzada, pues comenzaba a sentirse muy pequeña ante aquella situación.
Valery: ¿Sabes por qué estamos aquí?
Elena solo asintió con la cabeza.
Valery: Elena, mírame cuando te hablo y contesta con palabras.
Elena: Sí, profe. Sí sé, pero...
Valery: Nada de peros. Qué fea costumbre tienes de decir "pero" a todo. Eso ya lo iremos corrigiendo. Espero que mientras estuviste en el rincón pensaras en todo lo que ha sucedido durante estas semanas. Porque yo sí he tomado nota de todo y te cobraré todo, a su tiempo.
Elena: Sí, profe.
Valery la llamó para que se acercara. Antes de comenzar con el castigo, empezó diciendo que era una completa falta de respeto hablarle con aquel tono tan arrogante que últimamente había tenido; que sus pequeñas bromas o comentarios fuera de lugar durante las reuniones de trabajo ya habían sido demasiados; que el hecho de que antes no hubiera tenido quien le pusiera límites no significaba que tuviera que comportarse como una mocosa malcriada.
Finalmente, le dejó claro que ese día aprendería a respetar la línea entre los momentos de ser amigas y los momentos de ser tutora y alumna.
Después de toda aquella letanía, la tomó firmemente del brazo y la acercó con cuidado hacia ella.
El pulso de Elena se aceleró y la cara se le puso roja de la vergüenza. Tenía tantas sensaciones nuevas que no podía comprenderlas, separarlas ni definirlas.
En cuestión de segundos ya tenía su pantalón y bragas justo a la altura donde inicia las piernas. Y si demora se escuchó como caía la primer palmada sobre sus nalgas desnudas. Elena reaccionó con sorpresa. Todo aquello era nuevo para ella y las emociones se mezclaban de una manera que no sabía cómo procesar.
Valery continuó con un ritmo constante, mientras que Elena comenzó a moverse un poco, intentando sobrellevar la situación. De pronto, se le ocurrió la genial idea de disculparse para ver si Valery paraba, pues sabía, o al menos intuía, que aquello apenas comenzaba.
Elena: Lo siento, Vale. Te prometo portarme mejor contigo, ¿sí? Ya entendí que tengo que tratarte como la tutora que eres. Anda, perdóname.
Era una pésima disculpa. Hasta ella misma sabía que para nada sonaba como una disculpa real.
Valery: Muy linda tu disculpa, nena.
Lo dijo en tono sarcástico y entonces hizo una pausa.
Valery: Levántate.
Elena suspiró levemente.
¿Quizá había ganado?
Se puso de pie. Aun así, le pareció extraño que Valery realmente se detuviera. Pero Valery no le dio suficiente tiempo para pensar demasiado.
Valery: Ve a la cama y entrégame el cepillo de baño que está junto a las almohadas que acomodé. Y después recuéstate sobre ellas.
Elena no se había percatado de aquello. Al oír las indicaciones, comenzó a sentir nuevamente vergüenza. Demasiada vergüenza.
Sentía que aquella posición la hacía estar mucho más expuesta que la anterior. Aunque la anterior también la hacía sentirse como una niña, y eso igualmente la avergonzaba.
Elena: No, Valery... digo, profesora. No me pida eso, por favor. Ya aprendí, de verdad. Ahora sí es una disculpa real, te lo prometo.
Error tremendo.
Valery: ¿Así que la señorita ofrece disculpas que no son sinceras? Definitivamente necesitas corregir esa actitud y tus modales.
Elena: No, no, espera. No quise decir eso. Yo no sé lo que digo...
Valery se acercó a la cama, tomó el cepillo y rápidamente se volvió hacia Elena, inclinando la un poco para continuar con la corrección. Elena reaccionó de inmediato, sorprendida por la diferencia entre aquello y lo que había experimentado anteriormente.
Valery: Vas a aprender a dar disculpas sinceras y a no poner más pretextos. Ahora acuéstate como te indiqué y no me hagas repetirlo. ¿Entendido?
Elena: Sí.
Valery: ¿Sí qué?
Elena: Sí, señora.
Tomó su posición, y la vergüenza la estaba matando. Los nervios también.
Valery: Bien. Ya nos vamos entendiendo.
Elena sentía que todo aquello era mucho más intenso de lo que había imaginado. Las emociones se mezclaban entre los nervios, la vergüenza y aquella extraña sensación de estar siendo guiada por alguien que había decidido ponerle límites.
Valery continuó con el castigo, recordándole que debía comportarse, ser más respetuosa y aprender que todo acto tiene consecuencias. Pero Elena ya comenzó aba a sentir incomodidad, el rojo des sus nalgas era un poco más intenso y eso que solo llevaban 10 azotes cunado mucho, intento meter la mano y levantarse, para tener un pequeño respiro. Pero Valeria la detuvo.
Valery: Nada de levantarse ni meter las manos. Si lo intentas de nuevo voy a sumar 5 azotes extra ¿Entendido?
Elena: Sí, señora.
Valery continuó con el castigo. Cuando apenas llevaban unos cuantos azotes más Elena comenzó a disculparse.
Elena: Lo siento, de verdad. Ya me voy a portar bien. Lo prometo, en serio.
Lo decía mientras soltaba unas cuantas lágrimas.
Valery: Parece que ya vamos enderezando el camino, pero ¿qué es una disculpa sin asumir la responsabilidad? Está más que claro que estás muy alejada de haberte hecho responsable de las consecuencias del día de hoy.
Valery continuó azotandola con el cepillo en sus ya enrojecidas nalgas, lo hacía con más firmeza, pero con pequeñas pausas para que pudiera sentir cada uno.
Al mismo tiempo Valery le recordaba que debía aprender a respetar los límites y comprender que sus actos tenían consecuencias.
La mente de Elena estaba llena de ideas contradictorias. Quería aquello, pero al mismo tiempo no lo quería. Sin embargo, sabía que lo necesitaba.
Quería a alguien que la contuviera y, al mismo tiempo, la sostuviera. Sentirse libre y, a la vez, tener límites. Alguien que la guiara hacia las metas que ella misma se había planteado, pero que en ocasiones se le salían de las manos por falta de disciplina o descuido.
También sentía cierta seguridad al saber que cada acto tenía sus consecuencias, tanto positivas como negativas. El mundo parecía un poco más congruente de ese modo.
Elena comenzó a llorar y patalear apartir del azote número 22, pero no sé atrevió a meter la mano, era tanto el movimiento que Valery finalmente decidió poner su mano sobre la espalda de Elena para que está no se moviera tanto. La joven lloraba desconsoladamente y sus nalgas ya se encontraban al rojo vivo.
Finalmente, cuando llegaron a los 30, Valery decidió detenerse. Analizó la situación y considero que era suficiente por ese día. Ya arreglaría cuentas sobre sus otras faltas después.
La faltas pendientes eran más graves, pero lo que no creyó conveniente abordarlas durante el primer día, pues todavía no sabía realmente cuál era la experiencia de Elena como spankee. No quería excederse. Ya iría midiendo el terreno.
Así que durante aquella corrección no se mencionó nada sobre su alimentación, el desorden de su habitación o su descuido con los horarios de sueño.
Claro que Valery ya había tomado esa decisión desde mucho antes de llevarla a casa.
Valery: Tranquila, nena. Ya todo pasó.
Le sobó la espalda. Para calmar su llanto.
Valery: Ya terminó. Lo hiciste bien. No te levantes todavía.
Aquella última frase puso un poco nerviosa y alerta a Elena.
Valery se puso de pie y fue hasta la mesita de noche para tomar el bote de crema. Luego se sentó junto a Elena y, con cuidado, aplicó un poco sobre la zona enrojecida.
Elena reaccionó ligeramente ante el contacto. A pesar de que el gesto era suave, todavía sentía sensibilidad, pero no se quejó. Al contrario, aquel gesto la hizo sentirse reconfortada y le transmitió cierta calidez.
Después de eso se hicieron presentes los mimos. Ya todo estaba perdonado, aunque la cuenta todavía no estaba en ceros.
Pero eso sería tema de otro día.
Aunque Elena no se había percatado de ello.

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