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10. Mónica y Nora - Castigo a distancia

Mónica estaba en su camerino de un teatro de Milán, quitándose el maquillaje después del concierto, cuando su teléfono vibró con una notificación del banco. Un movimiento raro en la cuenta compartida: una multa de tráfico. No una cualquiera. Por exceso de alcohol y conducción temeraria. Los puntos descontados del permiso de conducir eran suficientes para que le hirviera la sangre. La descripción del vehículo coincidía con su coche familiar, en el que conducía Nora. Respiró hondo, pero el aire no calmó el fuego que le subía por el pecho, tenía ganas de matar a su mujer. Cogió un taxi y se fue a su hotel. Estaba furiosa pero necesitaba hablar con su mujer urgentemente. Abrió la aplicación de videollamada y con mucho enfado hizo la videollamada.


El móvil tardó unos segundos en conectar. Al otro lado, apareció Nora. Estaba en el salón de su casa en Barcelona, con unos pantalones cortos y una camiseta ancha y negra de estar por casa. Tenía ojeras, el pelo revuelto y una sonrisa tímida, culpable.


Nora: Hola, cariño ¿Cómo fue el concierto? —preguntó con voz algo ronca.


Mónica no perdió tiempo en saludos. Su voz, normalmente amorosa y dulce, salió cortante, cargada de una autoridad que no admitía réplica.


Mónica: ¡NORA! No apartes la vista de la cámara. Ni un segundo. Acabo de leer una notificación que jamás pensé que llevaría tu nombre: conducción bajo los efectos del alcohol.


Nora parpadeó, tragó saliva. Intentó encogerse de hombros, un gesto que quería parecer despreocupado.


Nora: Bueno… ya sabes. Estabas fuera, fue una noche aburrida, salí con las chicas del trabajo… Un par de copas de más, no pasa nada. La policía exagera siempre, amor.


Mónica: ¿Sabes qué es lo único que me pasa por la cabeza ahora mismo? Que has tenido la desfachatez de jugar con tu vida y con la de cualquiera que se cruzara contigo por el simple hecho de creer que podías hacerlo. Siento una decepción tan profunda que ahora mismo apenas puedo reconocer a la mujer con la que me casé. Ni se te ocurra abrir la boca ni pronuncies mi nombre. No intentes justificarte, porque no existe una sola palabra capaz de disminuir la gravedad de lo que acabas de hacer.


Nora: Amor, estás exagerando, no pasa nada, está todo bien.


Mónica: ¿Que no pasa nada? Cierra la boca, Nora. No vuelvas a pronunciar esas palabras. Acabas de reconocerme que condujiste después de beber y todavía eres capaz de decir que "no pasa nada". Pues escúchame muy bien: a partir de este instante se ha terminado cualquier margen que creías tener conmigo. Lo que acabas de hacer es imperdonablemente irresponsable, y lo que más ME ENFURECE no es la multa, ni los puntos, ni el dinero; es descubrir que todavía no eres capaz de comprender la gravedad de lo que has hecho.


Nora bajó la mirada por un instante, pero luego la alzó de nuevo, con un destello de su descaro y sabiendo que estaban a mil kilómetros de distancia.


Nora: Venga, Mónica, no te pongas dramática. Estoy en casa, sana y salva. Fue un error, sí lo reconozco. Te prometo que la próxima vez cojo un taxi. ¿Me perdonas? - puso cara de pena exagerada. 


Mónica no se inmutó. Sus ojos, de un marrón intenso, clavados en la pantalla, no mostraban ni un ápice de indulgencia.


Mónica: Escúchame bien, a partir de este instante vas a hacer exactamente lo que yo te diga, cuándo yo te lo diga y cómo yo te lo diga. Y quiero que grabes este momento en tu memoria, porque el día que vuelva a casa seguiremos exactamente donde termina esta conversación. No voy a olvidar esto. Ni hoy. Ni mañana. Ni dentro de un mes.


Nora se quedó en silencio mirándola.


Mónica: Esto tiene consecuencias y  las conocerás ahora mismo. Ve a nuestro dormitorio. Abre el cajón de la mesilla de mi lado. Saca el cepillo de madera para el pelo. El grande, de mango corto.


Nora se quedó blanca.


Nora: Mónica, en serio, ¿ahora? ¿Por videollamada? 


Mónica: AHORA. Ponte en el centro de la habitación. Coloca el teléfono donde pueda verte de cintura para abajo. Y bájate el pantalón que tengas el culo desnudo.


Nora: ¿No podemos esperar a que llegues a casa al menos, por fi?


Mónica: Trae el cepillo AHORA.


Con un suspiro entre resignado y desafiante, Nora hizo lo que se le ordenaba. Colocó el teléfono sobre la cómoda, apuntando hacia el centro de la habitación. Mónica, desde Milán, veía ahora la imagen de su esposa, de espaldas, bajándose la ropa hasta los muslos. Su piel estaba blanquita.


Mónica: Pon una almohada grande en la cama, te pones encima boca abajo y con el culo bien en alto. 50. Y quiero oír cada uno y con fuerza. No son caricias, Nora. Son para que ese cerebro tuyo, que decidió que el alcohol y el volante eran buena compañía, recuerde quién manda aquí cuando se trata de tu seguridad.


Nora tomó el cepillo de madera, de mango corto y base ovalada. Respiró hondo y fue a golpear pero frenó en seco y miró a Mónica.


Nora: Cariño, me da vergüenza. Vamos a dejarlo para cuando llegues a casa, por fa.


Mónica: Obedece.


Nora: Pero es que no quiero. ME MUERO de la vergüenza. 


Mónica: Como no empieces ya, te duplico el castigo.


Nora: Por favor…


Mónica: Te he dicho que empieces YA. 


Así pues, el primer golpe resonó en la habitación silenciosa. Nora apretó los dientes.


Nora: Uno - dijo, forzando un tono ligero y con la cara encendida súper roja. Menos mal que no podía verla.


Nora: Dos… tres…cuatro…


Mónica observaba, impasible, cada movimiento. Los primeros veinte azotes pintaron un rosa cálido sobre la piel de Nora. Pero la actitud de Nora no cedía, al contrario, desaparecía la vergüenza y empezó a ponerse chula. Entre golpe y golpe, lanzaba comentarios.


Nora: ¿Estás disfrutando del espectáculo, jefa? —dijo después del azote número treinta y cinco, con una risita tensa.


Mónica no respondía. Solo observaba. Pero su ira, lejos de disiparse, se compactaba. La falta de seriedad, la continua vacilación, era un insulto a la gravedad de lo que había hecho. El color del trasero de Nora era ya un leve rojo uniforme, pero no había lágrimas, ni súplicas, solo ese desafío tonto y peligroso.


Cuando Nora anunció “cincuenta” con un tono casi triunfal, soltando el cepillo como si hubiera completado una tarea molesta y aburrida, Mónica habló. 


Mónica: ¿Crees que esto es un juego, Nora? ¿Crees que ya has pagado por poner tu vida en riesgo? Por tu tono, parece que crees que esto ha sido una broma.


Nora, frotándose las nalgas doloridas, se volvió hacia la cámara. Su sonrisa era cansada pero aún desafiante.


Nora: Ha dolido, ¿vale? Ya he aprendido la lección. Prometido.


Mónica: No. No has aprendido nada. Todavía tienes la osadía de vacilar. Tu falta de respeto hacia ti misma, hacia nuestras reglas y hacia mí, es monumental. El cepillo claramente no es suficiente para esa cabeza tan dura la tuya.


Mónica hizo una pausa, dejando que el silencio cargado de significado llenara la conexión entre Barcelona y Milán.


Mónica: Ve al armario del pasillo. En el estante superior, a la izquierda, está el cable de extensión grueso. Tráelo.


Al rostro de Nora se le cayó toda la chulería. “El cable” era un elemento distinto. Su sola mención dentro de su dinámica implicaba una transgresión grave y una corrección profunda.


Nora: Cariño… por favor. Ya está bien —suplicó, con voz temblorosa.


Mónica: ¡VE! — gritó ¡No me hagas repetir las órdenes! ¡Has podido matarte! ¡O matar a alguien! ¡Y te ríes! ¡Ve por el cable!


Aterrorizada por el tono, Nora obedeció. Volvió a la vista de la cámara con el cable de goma negra, grueso y flexible, de aproximadamente medio metro de largo.


Mónica: Cien. Y esta vez, quiero silencio. Solo el sonido del cable. Y si fallas un golpe, si lo das flojo, o si abres la boca para otra tontería, se duplican. ¿Está claro?


Nora, pálida, asintió. El humor había desaparecido. Asió el cable por un extremo, se colocó en posición y levantó el brazo.


El sonido era distinto, más agudo, más punzante. Nora dio un salto violento, un gemido ahogado le escapó de los labios. Una línea roja y brillante apareció al instante en su piel, ya enrojecida.


Otro gemido. Esta vez no hubo comentarios. Mónica observaba, su furia transformada en una determinación fría y observadora. A los veinte, la piel estaba marcada por líneas paralelas. A los cincuenta, Nora respiraba entrecortadamente, sudaba, y su cuerpo temblaba con cada levantamiento del brazo y los golpes eran más flojos. Las lágrimas, por fin, asomaban en sus ojos, pero no caían. Ella se negaba a llorar, pero el sufrimiento era evidente en cada músculo contraído.


Mónica: Más fuerte, Nora. 


El conteo fue lento a voz bajita, agonizante. “Setenta y ocho… setenta y nueve…”.


Cuando finalmente llegó a “cien”, el cable cayó de su mano temblorosa al suelo. Su respaldo era un paisaje uniforme de rojo oscuro, violáceo en algunas de las marcas más profundas del cable.


Mónica dejó pasar un minuto de silencio, solo roto por la respiración entrecortada de Nora. Luego habló. Su voz había recuperado el control, pero el tono autoritario seguía en la misma línea.


Mónica: Esto, Nora, ha sido solo la primera parte. La corrección a distancia por tu estupidez monumental. Pero la lección no está completa.


Nora alzó la vista hacia la cámara, sus ojos suplicantes.


Nora: Amoooor, no, por favor.


Mónica: ¡Silencio! No decides tú cuándo es suficiente. Yo lo decido. Y te digo que esto no ha terminado, acabamos de empezar. Cuando vuelva a casa, dentro de tres días, recibirás la segunda parte del castigo. La lexan azul te espera. Y entonces, TE JURO que no te sentarás sin dolor durante más de una semana. Y no habrá vacilaciones, ni sonrisitas. Habrá lágrimas, habrá arrepentimiento, y habrá una lección que espero que se te grabe a fuego, porque no pienso parar hasta verte el culo bien morado. ¿Me he explicado con claridad?


Nora bajó la cabeza, sabía que no tenía derecho a réplica.


Nora: Sí, Mónica - dijo en voz bajita. 


Mónica: Ahora, ve a la ducha y te duchas con agua fría y luego a la cama. Y mañana, irás a pie a comisaría a recoger la copia oficial de la multa y a solicitar los cursos de sensibilización. Me enviarás los comprobantes. Y no volverás a tocar las llaves del coche hasta que yo lo decida. ¿Entendido?


Nora: Sí, Mónica. Entendido.


Mónica: Bien. Te quiero, cariño. Pero te quiero viva, sana y responsable. Y haré lo que sea necesario para asegurarme de que lo seas. Ahora, descansa. Hablamos mañana.



Nora: Lo siento mucho, te quiero.



Mónica colgó la videollamada. Se quedó mirando la pantalla negra del teléfono, con el corazón aún latiendo con fuerza. La furia cedía, dejando paso a la preocupación y a un cansancio enorme. Sabía que la segunda parte, la lexan, sería aún más dura, más emocional. Pero su amor por Nora, y su juramento de cuidarla incluso de sí misma, eran más fuertes. Al otro lado del teléfono, Nora se fue a la ducha y con el pensamiento que aunque estuviera a miles de kilómetros, la autoridad y el cuidado de Mónica nunca estaban lejos.



Mónica cruzó el umbral de la casa con la energía contenida de quien ha viajado durante horas y la mente cargada de una ira fría y justificada. Las maletas cayeron al suelo del recibidor con un golpe seco, pero su mirada ya estaba fija en Nora, quien, desde el sofá, había levantado la vista con una mezcla de alivio y temor palpable. Sin mediar palabra, Mónica se acercó, tomó el rostro de su esposa entre sus manos y le plantó un beso apasionado, seguido de un abrazo enorme.


Mónica: Ya estoy en casa y tenemos algo pendiente. Ve a por la lexan azul.


Los ojos de Nora, normalmente llenos de un desafío juguetón de “brat”, ahora solo reflejaban pánico. El instrumento que más miedo le daba. Fue a por él, no quería enfadarla más de lo que ya venía.


Mónica: ¿Estás lista?


Nora: Mónica, por favor… —tartamudeó Nora.


Mónica: Por favor, ¿qué? ¿Por favor, no me castigues por ponerme al volante borracha? ¿Por favor, ignora la multa, los puntos del carnet que perdiste, el riesgo en el que pusiste tu vida y la de los demás? No, cariño. Esta lección la vas a aprender por las malas. - dijo súper enfadada mientras Nora le entregaba en las manos la lexan.


La tomó del brazo con firmeza, no con brutalidad, pero sin margen para la resistencia, y la guió hacia el sofá. Mónica se sentó, su postura erguida. Con un gesto inequívoco, señaló sus rodillas.


Mónica: Aquí. Ya. 


Nora tragó saliva. Las lágrimas ya asomaban. Se colocó sobre las rodillas de Mónica, su cuerpo arqueándose instintivamente, presentando la zona de castigo. Mónica colocó un brazo firmemente alrededor de su cintura, inmovilizándola.


Mónica: Prepárate. No voy a parar hasta dejarte el culo perfectamente morado. Cada azote será un recordatorio de tu estupidez - susurró Mónica al oído de Nora.


El primer impacto de la Lexan azul fue un estallido seco y resonante que llenó la habitación. Nora gritó, un sonido agudo de shock y dolor genuino. La quemazón fue instantánea, profunda, como si una lámina de metal al rojo vivo se hubiera posado sobre su piel. Mónica no esperó. Alzó el instrumento y lo hizo descargar de nuevo, y otra vez, y otra vez. Los golpes caían con una fuerza implacable, metódica, cada uno más fuerte que el anterior, trazando un patrón de dolor creciente y uniforme sobre las nalgas de Nora.


Nora: ¡Ay! ¡Mónica, por favor! ¡ Perdón! ¡Clemencia! - suplicó Nora, pataleando en el aire, sus manos aferrándose a las piernas del sofá.


Mónica: Clemencia la pidieron los que tuvieron la desgracia de cruzarse en tu camino mientras conducías borracha-  replicó Mónica, sin alterar el ritmo fuerte de los azotes. 


En ese momento, le bajó el pantalón de un tirón y como siempre, no llevaba bragas, así que se quedó con el culo desnudo.


Mónica: Perdón no hay, ahora hay consecuencias.


La piel de Nora pasó del rosa al rojo intenso, y luego a un tono cereza oscuro y caliente al tacto, mientras seguían los azotes. Era un dolor horroroso. Ahí empezaron a brotar las lágrimas de Nora, pero eso no hacía que hubiera tregua. Siguió un rato más, cada vez más fuerte. Mónica, ya estaba respirando con fuerza por el esfuerzo y la rabia pero decidió hacer una pausa. No por compasión, sino por estrategia.


Mónica: Levántate. - ordenó, ayudando a una Nora temblorosa y mareada por el dolor a ponerse de pie - Cara a la pared. Las manos en la nuca. A pensar en lo que hiciste.


Nora obedeció, tambaleándose hasta la pared cercana. Sus hombros sacudidos por los sollozos, su respiración era un hilillo entrecortado. La humillación era tan aguda como el dolor.


Pocos minutos después, Mónica se levantó, caminó hasta ella, y su voz, de nuevo, cayó como un látigo.


Mónica: ¿Lo ves? ¿Ves lo que provoca una tontería? Podrías estar en una celda. O en una morgue. O haber matado a alguien. ¿Eso quieres? CONTESTA - el enfado y la ira eran más que evidente todavía. 


Nora: N-no… no quiero, lo siento -  lloriqueó Nora.


Mónica: Pues más te vale recordarlo.


La tomó del brazo de nuevo y la llevó de vuelta al sofá, a sus rodillas. Esta vez, la posición fue más forzada, el cuerpo de Nora estaba más blando, más rendido. Pero Mónica no mostró piedad. La lexan azul reanudó su trabajo, azotando ahora sobre la piel ya muy lastimada. Nora ya no suplicaba con palabras. Gritaba, pataleaba con fuerza, su cuerpo se retorcía en un intento instintivo de escapar al dolor, cruzaba las piernas, los pies. 


Nora: Mónica, por favor, te juro que no voy a volver a hacerlo nunca más. Fui estúpida al hacerlo, lo sientooooo, ayyyy. 


A Mónica le daba igual. Los azotes continuaron, implacables, hasta que sus pataleos se debilitaron, hasta que sus gritos se convirtieron en gemidos largos y quebrados, hasta que su cuerpo, exhausto, se abandonó completamente sobre las rodillas de Mónica, aceptando el dolor, vencido.


Solo entonces, cuando el color de sus nalgas era un morado intenso y casi uniforme, marcado por los bordes de la Lexan, Mónica dejó el instrumento a un lado. Su propia mano le dolía por la fuerza empleada. La furia, por fin, comenzaba a ceder, dejando paso a la gravedad del momento y a la preocupación subyacente.


En silencio, ayudó a Nora a incorporarse y, sin mediar palabra, la atrajo hacia su pecho en un abrazo apretado. Nora se desplomó contra ella, llorando sin control, con el corazón encogido. Mónica la acunó, acariciándole el pelo sudado, murmurando “shhh” en su oído.


Cuando los sollozos amainaron, Mónica habló, su voz ahora grave y serena, pero cargada de una autoridad absoluta.


Mónica: Escúchame bien, Nora. Esto no ha terminado. El dolor te ayudará a recordar unos días, pero la lección debe durar más. 


Sintió a Nora estremecerse en sus brazos, pero se alejó de sus brazos unos instantes para sonarse los mocos.


Mónica: Durante las próximas cuatro noches, a esta misma hora, recibirás un castigo. Cada noche, un recordatorio de la copa que no debiste tomarte.


Nora asintió débilmente, demasiado agotada para protestar.


Mónica: Y a partir de este momento queda terminantemente prohibido que toques el coche. Ni para moverlo de aparcamiento. Y el alcohol, ni una gota. Ni vino, ni cerveza, nada. Hasta que yo diga lo contrario. ¿Está claro?


Nora: Sí, mi amor, lo siento mucho - dijo sin poder mirarle ni a los ojos.


Mónica: Lo sé, Pero el ‘lo siento’ se queda corto. Ahora necesitas el ‘no volveré a hacerlo’. Y esto es para asegurarme de que lo aprendes. - le dio un beso en la frente. 


La sostuvo en sus brazos un rato más, hasta que la respiración de Nora se regularizó. El castigo había sido duro pero bien merecido.


La luz del amanecer se filtraba por las persianas del dormitorio, pintando rayas doradas sobre la cama donde Nora estaba tumbada boca abajo. Al intentar ponerse los pantalones para ir al trabajo, un gemido doloroso escapó de sus labios, la tela áspera rozaba su piel sensible como lija, tenía el culo súper hinchado todavía.


En la oficina, cada minuto sentada en su silla se convertía en una tortura. Nora cambiaba de posición constantemente, tratando de distribuir su peso sin éxito. Su rostro, normalmente tranquila, estaba marcado por líneas de dolor.


Clara: ¿Nora? ¿Estás bien?.


Nora levantó la vista, sus ojos vidriosos encontrando los preocupados de Clara. 


Nora: Es solo... un dolor de espalda- murmuró, pero su voz tembló sonando diferente.


Clara se acercó, bajando la voz.


Clara: ¿Fue por lo de la multa? Me contaste que Mónica estaba furiosa.


Nora asintió lentamente, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con reaparecer. 


Nora: La multa y... lo de beber. Sabía que estaba prohibido desde el último incidente.


Clara: Oh, cariño - colocando una mano suave sobre su hombro. Recuerda por qué aceptaste esto. Por amor, por seguridad. No es solo castigo, es cuidado. 


Clara era una de las pocas personas que conocía su acuerdo de disciplina doméstica, entendía mejor que nadie la complejidad de su situación.


Nora: Lo sé. Pero duele tanto... y me dijo que continuará cuatro noches más. Con el cepillo.


Clara apretó su hombro suavemente.


Clara: Sobrevivirás. Y cuando pase, habrás aprendido la lección. La verdad que te has pasado, si fueras mi mujer, yo misma te habría matado. Ahora, ¿quieres que te traiga un cojín adicional?


Nora: ¿Tú de qué equipo eres? - le dijo sacando la lengua.


Clara: Del que mi amiga siga viva, ¿te parece bien?.


Nora: Touché. 


Noche 1

El aroma a lasaña casera llenaba el comedor, pero Nora apenas podía concentrarse en la comida, estaba nerviosa y tenía el estómago cerrado. Mónica, sentada frente a ella, comía con calma, sus ojos oscuros observando a Nora por encima del borde de su vaso de agua.


Mónica: Recuerda, después de cenar, me traerás el cepillo.


Nora sintió que su estómago se contraía de nuevo. 


Nora: Mónica, por favor... todavía me duele muchísimo. Está morado e hinchado, lo viste esta mañana.


Mónica dejó su tenedor con un suave clic contra el plato. 


Mónica: Nora, si no traes el cepillo en los próximos cinco minutos, triplicaré el castigo. Esto no es una broma. Bebiste, condujiste, pusiste en riesgo tu vida y la de otros. ¿O ya olvidaste que casi chocas?.


Las palabras, dichas con esa calma aterradora, hicieron más efecto que cualquier grito. Nora se levantó tan rápido que hizo rechinar la silla, y caminó pisando fuerte hacia el baño principal donde guardaban los instrumentos de disciplina.


El cepillo de madera pesaba en sus manos como un ladrillo. Tenía un mango largo y liso, y una cabeza ovalada con cerdas naturales. Nora lo sostuvo frente a sí, recordando su última experiencia con él meses atrás.


Cuando regresó fue al dormitorio, Mónica ya había preparado el espacio. Las luces estaban bajas, solo la lámpara de la mesita de noche iluminaba su lado de la cama. Mónica estaba sentada al borde, con una postura erguida que no invitaba a la negociación.


Mónica: Ven aquí - ordenó suavemente.


Nora se acercó, colocando el cepillo en las manos extendidas de Mónica antes de que se lo pidiera.


Tomó el cepillo, pasando sus dedos por el mango pulido. 


Mónica: Sobre mis rodillas.


Nora obedeció en silencio, posicionándose cuidadosamente sobre el regazo de Mónica. El contacto inicial con el pantalón de pijama de su esposa hizo que contuviera la respiración. Mónica bajó el pantalón de pijama de Nora y lo bajó hasta sus muslos, exponiendo las nalgas que, efectivamente, mostraban un mosaico de morados, azules y amarillos de la paliza anterior.


Mónica: Empezaremos con la mano, para calentar la piel.


Los primeros azotes fueron suaves pero gradualmente, la intensidad aumentó. El ritmo era metódico, cada impacto haciendo que la carne ya magullada protestara con nuevas oleadas de dolor.


Nora: ¡Ay! Cariño, por favor, duele mucho todavía -  suplicó Nora, sus manos aferrándose a la colcha.


Mónica: Y más que te va a doler. El dolor es el punto, Nora. Para que recuerdes. Para que la próxima vez que veas una copa, sientas este ardor.


Después de unos treinta azotes con la mano, Mónica hizo una pausa. Nora escuchó el sonido de haber cogido el cepillo y contuvo la respiración.


El primer golpe del cepillo fue un mundo aparte.


Un azote seco y resonante llenó la habitación, seguido por un grito ahogado de Nora. El dolor era agudo, penetrante, como si alguien hubiera presionado un hierro caliente contra su piel.


Mónica: ¿Ves? -  dijo entre golpe y golpe. Esto es lo que sucede cuando rompes las reglas. Cuando rompes mi confianza.


Le dio otra tanda fuerte de azotes que le hacían patalear.


Mónica: Cuando pones en peligro la vida que hemos construido juntas.


No para de azotarla sin piedad.


Mónica: Me muero si te pasa algo, cariño. Y la estupidez que podrías haber lastimado a alguien. Esto no te lo pienso consentir bajo ningún concepto. ¿ME HAS ENTENDIDO?


Ahí dio una tanda de azotes con especial virulencia. 


Nora lloraba con fuerza ahora, lágrimas calientes empapando la colcha bajo su rostro. Entre sollozos, murmuró


Nora: SIIII, lo siento, lo siento tanto...


Mónica continuó, su ritmo constante. Cada golpe estaba medido, intencional, dejando una marca de dolor que se acumulaba hasta que Nora dejó de patalear.


Finalmente, después de lo que sintió como una eternidad, los golpes cesaron. Nora yacía temblando, su respiración entrecortada por los sollozos.


Mónica: Levántate, hemos terminado.


Se levantó Mónica y fue a por crema, Se la puso con sumo cuidado, de nuevo mientras tenía a Nora en sus rodillas. 


Mónica: Shhh, mi niña. Ya pasó. La primera noche terminó.


Nora giró la cabeza, mirando a su esposa a través de una cortina de lágrimas. 


Nora: Perdóname. De verdad, nunca más...


Mónica se inclinó y le dio un beso suave en los labios.

Mónica: Lo sé, mi amor. Ahora duerme. Mañana será otro día.


Mientras apagaba la luz y se acostaba a su lado, Nora sintió mucha paz aunque el dolor punzante en su trasero contrastaba con la seguridad de la mano de Mónica acariciando su cabello hasta que se durmió. El castigo era terrible, pero el cuidado que lo envolvía era inconfundible. Y en ese contraste, recordaba por qué había aceptado este camino, porque a veces, el amor se disfrazaba de formas extrañas, incluso de un cepillo de madera en la oscuridad.


Noche 2 


El día había sido un día desafiante con respecto al dolor se refiere. Cada vez que Nora se sentaba en su silla de oficina, un dolor agudo y punzante la atravesaba, recordándole constantemente las consecuencias de sus decisiones. Había logrado concentrarse en su trabajo, pero el simple acto de cruzar las piernas o ajustar su posición era una batalla privada.


Fue Lucía, su compañera de despacho y confidente, quien notó su incomodidad esta vez. En la pausa del café, con una voz baja y comprensiva, preguntó:


Lucía: ¿Te duele mucho, Nora? Se te ve… tensa.


Nora se puso roja y asintió con la cabeza.


Nora:  Mónica está muy enfadada. Por la multa y por lo de beber. Ya sabes cómo es nuestro acuerdo.


Lucía, también conocía el pacto que tenían el matrimonio.


Lucía: Te quiere mucho. Por eso se preocupa. Tómatelo como lo que es: cuidado.


Esas palabras resonaron en Nora durante el resto de la jornada. No era solo un castigo; era el mecanismo que Mónica usaba para proteger lo que construyeron juntas. Con esa claridad, Nora se dedicó firmemente a cumplir cada uno de los rituales pactados: se levantó con el sol para meditar, completó su rutina de yoga a pesar de la molestia, y preparó sus comidas saludables. Pensaba firmemente compensar a Mónica y que hiciera que volviera a confiar en ella.


Al cruzar el umbral de su casa esa noche, no hubo chulería. Dejó su bolso, colgó su abrigo, y fue directamente a la habitación donde estaba el cepillo. Encontró a Mónica leyendo en el salón.


Sin una palabra, Nora se acercó y extendió el objeto, sosteniéndolo con ambas manos como una ofrenda. Su mirada era clara, sin desafío ni chulería, llena de una aceptación humilde.


Nora: Te lo traigo, porque fue mi error. Y porque quiero mejorar, para ti, para nosotras. Lo siento mucho, por todo, te lo digo de corazón.


Mónica observó a su esposa. La actitud de Nora, esta toma de responsabilidad activa, no pasiva, cambió la energía de la habitación. Tomó el cepillo. Le encantó el gesto.


El castigo de esa segunda noche fue distinto. Los golpes fueron un poco menos numerosos, el ritmo más pausado. El mensaje ya no era “mira lo que hiciste”, sino “veo tu esfuerzo por enmendarlo”. El dolor estaba presente, sí, pero mezclado con una extraña sensación de serenidad.


Cuando Mónica dejó el cepillo a un lado, Nora, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas, murmuró:


Nora: Gracias. Gracias por ser… más indulgente esta noche.


Mónica no respondió con palabras. Se inclinó y le dio un beso suave en los labios de Nora y la abrazó. Le puso crema con mucho cuidado y con mucho cariño. Nora se seguía retorciendo de dolor porque tenía el culo con marcas muy feas pero agradecía el mimo con el que su esposa se la aplicaba.


Esa noche, al acostarse, Mónica la abrazó por la espalda, envolviéndola en su calor. La ira ya se había ido. El camino hacia el perdón total aún tenía dos noches por delante, pero el puente ya estaba comenzando a construirse.



Noche 3


En lugar de un castigo físico esa noche, Mónica le entregó a Nora una libreta.

Mónica: Hoy vas a escribir. Quiero que respondas a tres preguntas: qué ocurrió realmente esa noche, qué pudo haber pasado y qué vas a hacer para que jamás vuelva a repetirse.

Nora tardó horas. Al principio escribía con desgana, pero poco a poco dejó de justificarse y reconoció el miedo que sintió al pensar en las posibles consecuencias. Cuando terminó, Mónica leyó las páginas en silencio y le dice:

Mónica: Ahora sí empiezo a ver que entiendes por qué estoy tan enfadada.

Nora: Lo siento mucho cariño, simplemente no pensé. Tienes toda la razón al estar enfadada, si fuera al revés, yo también lo estaría. Lo siento, de verás. Puedes estar segura que no lo volveré a hacer.

Es la primera noche en la que Nora siente que empieza a recuperar un poco la confianza de su esposa.



Noche 4

Llega el final del día y es Nora la que prepara la la cena, sana y nutritiva para las dos y por supuesto con dos vasos de agua. Pone la mesa con velas y con música relajante de fondo. 


Nora: Ya está la cena lista, cariño. 


Mantienen una conversación informal, más relajada. Todo está volviendo a su cauce, a pesar que a Nora aún le duele mucho el culo.


Mónica: Cariño, hoy es la última noche de castigo. Debo reconocer que llevas dos días que has dado un cambio muy bueno, te felicito por ello, pero necesito que entiendas que esto puede volver a pasar. 


Nora: Sí, lo entiendo perfectamente. Haz lo que consideres oportuno - dijo mirándola esta vez con ojos sinceros.


Mónica: Cuando termines de cenar, recoge la mesa y te pones de cara a la pared en nuestro dormitorio, a esperar que yo llegue.


Terminaron de cenar y Nora obedeció al instante. Mónica se quedó un rato en el sofá, meditando sobre todo lo que había pasado en estos días. Además quería que Nora estuviera un rato reflexionando mirando la pared. Después fue al armario de los instrumentos y sacó una de las varas. Se dirigió a la habitación y sonrío al ver a su mujer, lo dócil que estaba ya.


Mónica: Cariño, date la vuelta y quítate la parte de abajo del pijama.

Se dio media vuelta y cuando vio la vara en la cama, se puso blanca, se le cogió un nudo en el estómago, pensaba que esa noche ya no habrían más azotes. Tenía el culo muy dolorido todavía y con muchas marcas.

Mónica: Te vas a poner en mis rodillas para calentar un poco el culo y después vas a recibir 50 azotes fuertes con la vara. Si te mueves, intentas zafarte o pones la mano, empiezo de nuevo. ¿Entendido? 


Nora: Sí, señora.

Mónica: Si los aguantas, después de los 50 azotes, se termina el castigo aquí ya.

A su mujer se le saltaron las lágrimas, pero quería terminar ya con toda esta agonía, así que se colocó en las rodillas de Mónica sin más dilación. 

Mónica le agarró de la cintura para fijarla bien y empezó a azotar el culo con firmeza desde el primer azote. Tras más de 100 azotes donde Nora intentaba aguantarlos estoicamente, llegaba el turno de la vara.

Mónica: Levántate y apoya las manos en la cama y el culo bien alto. Recuerda que ni se te ocurra moverte.

Nora: ¿Te he dicho ya que lo siento muchísimo, cariño? Que no lo voy a hacer más.

Mónica: Y yo que me alegro mucho, pero ahora vamos a terminar con esto ya. Cuenta los azotes, por favor. 

Apoyó bien las manos en la cama y levantó el culo, aunque este ya era un poema. Ambas suspiraron. Nora cogió aire. Y Mónica empuñó con fuerza la vara y el primer azote llegó cortando el aire.

Nora: Auuuch, Uno.., Ayy dos…, Ufff tres… Ay, ay… cuatro…

Los azotes eran una agonía. Además Mónica tardaba unos segundos entre azote y azote para que calara bien el mensaje. 

Llegadas al azote 25, Nora ya estaba llorando de nuevo, intentaba aguantar la posición pero le costaba mucho, así que ahí bajó el culo. Mónica era consciente del dolor, así que en lugar de empezar de nuevo, le dio un poco de tregua.

Mónica: Ese azote no vale por haber bajado el culo, así que se repite.

Nora: Perdón, es que me duele muchísimo.

Mónica: Lo sé, pero tienes que aguantar. Me quiero asegurar que no vas a volver a hacer nunca más esa tontería tan grande.

Continuaron los azotes fuertes, bien marcados. Las marcas de las líneas iban apareciendo y a Nora le temblaban ya las piernas. A pesar del dolor, su alma estaba en calma, sabía que en breve se terminaba todo. Llegó el último azote y este fue dado con especial fuerza.

Nora: AYYYYYY, Cincuenta…

Se levantó y fue corriendo a abrazar a Mónica mientras lloraba con el corazón encogido. Ambas se fundieron en el abrazo.

Mónica: Ya estás perdonada, mi vida. No vuelvas nunca más a hacerme esto.

Nora: Te lo prometo, de verdad. Nunca más. 



Cuando terminó el castigo de la última noche, el dormitorio quedó completamente en silencio. Nora permaneció sentada al borde de la cama. Ya no intentaba bromear. Tenía la mirada perdida, estaba muy dolorida pero estaba en paz.


Mónica guardó la vara y salió unos minutos de la habitación. Cuando volvió, traía dos tazas de té. Se sentó frente a Nora.


Mónica: ¿Sabes cuál ha sido el peor momento de estos días?


Nora negó despacio con la cabeza.


Mónica: Cuando vi la notificación de la multa. Durante unos segundos pensé que la siguiente llamada sería de un hospital.


Nora bajó la mirada. Mónica continúa hablando, pero ahora sin enfado.


Mónica: No me dio miedo perder dinero. Ni los puntos del carné. Pensé que podía haberte perdido a ti.


Nora: No había pensado en eso...


Mónica: Lo sé. Ese es precisamente el problema.


Nora tarda unos segundos en reunir valor.


Nora: Cuando salimos del trabajo todos insistieron en que estaba bien. Yo también me convencí de que controlaba. Ni siquiera recuerdo bien el camino de vuelta.

Mónica: No necesito que tengas miedo de mí, mi niña. Necesito que tengas miedo de volver a tomar una decisión así.

Nora apretó sus dedos.

Nora: Lo tengo.

Mónica: ¿Qué vas a hacer si algún día vuelves a encontrarte en esa situación?

Nora: Dejar el coche donde esté. Pedir un taxi. Llamarte. Aunque sean las cuatro de la mañana.

Mónica sonríe por primera vez desde que empezó todo.

Mónica: Eso era lo único que quería oír.

Nora: No voy a volver a hacerte pasar por esto.

Mónica la abraza con fuerza.

Mónica: Ni a mí… ni a nadie que pudiera haberse cruzado contigo aquella noche.

Las dos permanecieron así un largo rato, en silencio, abrazadas en la cama. Porque, al final, la historia nunca había tratado de una multa. Había tratado del miedo a perder a la persona que más querían. Y, precisamente por eso, aquel abrazo fue el verdadero final de la lección.


Comentarios

  1. Buah buah buah! Que putísima pasada de relato! Madredelamorhermoso!
    Cuanta dureza, cuanto sentimiento...la facilidad de leerlo, lo bien escrito que está, las ganas de que no acabe nunca...
    Gracias por escribir prima. Tita, no la hagas copiar mucho que necesitamos sus manitas en buen estado para poder leer estás maravillas.
    ❤️❤️❤️❤️

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  2. Me ha encantado cariño. Pero ya te digo que si soy yo no sales viva de esta. Teamato y teajogo. Ahora en serio, no sé como Monica tiene tanta paciencia y aguante. Muchas gracias por poner en letras, esas pequeñas batallas que tanto nos Gus. Te quiero

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