Pasó un día entero en que Amelia estuvo un poco distante. Emma sentía culpa por haberla dejado plantada en la muestra de fotos, pero tampoco le parecía que fuera tan terrible, ni que lo hubiera hecho tan a propósito. Simplemente sucedió. Como fuera, necesitaba verla lo antes posible. La atracción que sentían era innegable.
Salió de la cama a media mañana,
se dio un baño y bajó a desayunar. Siempre había alguien de servicio en la
casa, y estaba acostumbrada a que las cosas se produjeran mágicamente a su
alrededor. Detrás de su actitud alegre y despreocupada, podía ser un poquito
tirana.
No se le antojaba nada de lo que
había, así que, sin probar bocado, saludó a su madre, que estaba en la sala,
con un beso en la mejilla y salió a la calle. Cuando llegó al edificio de la
calle Viamonte, el conserje la observó con su apatía habitual.
—Estoy
buscando a Amelia… —y se detuvo un momento para pensar el
apellido —tengo su tarjeta por aquí, creo que es el segundo piso.
—¿Y usted es?
“Qué le importa”,
pensó.
—Una amiga.
Él no cambió la
expresión.
—No está en su
oficina. La señora Stone se encuentra en su casa, en el tercer piso —dijo el
hombre casi sin mirar, pero dando a entender que estaba muy enterado de todo
(absolutamente todo) lo que pasaba en el edificio —El ascensor está a su
derecha. Qué extraño, no suele recibir gente en su casa.
“Qué chismoso”. Emma
lo ignoró y siguió su camino.
Evitó el ascensor y
subió por las escaleras de mármol, de a saltos. Necesitaba sacar ese exceso de
energía de alguna manera. Cuando llegó al tercer piso y tocó la puerta, tuvo
que esperar unos minutos antes de que se abriera. Entonces apareció Amelia, bastante
formal, con falda negra, camisa blanca y zapatos negros. Llevaba el cabello
recogido en un rodete y un maquillaje sutil.
—Hola Emma —dijo,
usando toda su fuerza de voluntad para no decir "llegas tarde".
El rostro de la joven
se iluminó al verla.
—Ven, vamos a la sala
—agregó Amelia.
El saludo fue, por
alguna razón, más frío de lo que Emma esperaba. Tenía ganas de abrazarla, y no
es que la otra mujer no quisiera exactamente lo mismo, pero se mantenía
distante.
Originalmente, Amelia
había pensado recibirla en su oficina, esa que tiene en la puerta una placa de
bronce donde se lee la palabra "Disciplina", pero ese lugar la habría
obligado a tomar con Emma una distancia que no quería tomar. Prefería un encuentro
más íntimo, más natural. Además, antes debía explicarle qué pasaba allí: cómo y
por qué se reunía con sus "clientes" o con las personas de las que
era tutora, que a veces la visitaban de forma no del todo voluntaria.
Emma entró a la sala
y se dejó caer en el sofá. Estaba preciosa. La luz de la ventana le iluminaba
el cabello suelto, un poco desordenado. Con un gesto automático, sacó el
teléfono.
—¿Estás cómoda?
—Sí, gracias.
La intuición le decía
a Amelia que esa despreocupación que Emma intentaba mostrar no era auténtica.
—Ven, deja el
teléfono. Vamos a hablar.
—¿De qué quieres
hablar?
—Para empezar, de
cómo me dejaste esperándote la otra noche sin siquiera avisar.
Emma sonrió y luego
cambió su gesto a una expresión forzadamente angelical.
—Lo siento, no quise
dejarte esperando.
—¿Te parece gracioso?
—Claro que nooo —
dijo soltando una carcajada.
Emma no sabía qué decir. Entendía que no era el momento para reírse, pero
no podía evitarlo. Para desviar la mirada, volvió a la pantalla.
—Emma
deja el teléfono, por favor —la voz de Amelia sonó, de pronto, diferente.
Las dos mujeres se
miraron.
—Estás muy hot
vestida tan formal. ¿Estabas trabajando? —fue su intento fallido de cambiar el
rumbo de la conversación.
—Tenía algunos
pendientes. Emma… —Amelia corrigió su
postura en el sofá— tenemos que hablar.
—Espera, déjame
llamar a mi abogado —siguió bromeando Emma.
—Quiero contarte algo
de mí para que me conozcas mejor —dijo Amelia, y agregó sin rodeos— una parte
de mi trabajo es dirigir sesiones de spanking.
Emma se quedó en silencio.
—Básicamente, chicas
que buscan estas dinámicas me contratan, o entablan un vínculo conmigo, para
que las castigue en un espacio seguro.
La joven siguió en silencio
pensando qué decir. Aunque conservaba la media sonrisa, el tono de broma se
había esfumado; en su lugar, un brillo desafiante le cruzó la mirada
Amelia, en contra de su
naturaleza, se puso a explicar.
—Es
como cualquier otra profesión terapéutica o de bienestar…
—¿A qué te refieres
con “sesiones de spanking”? —la interrumpió Emma.
—Me refiero a
encuentros privados donde una chica recibe un castigo físico: nalgadas o
azotes, en las nalgas.
Emma sonrió.
—Vaya, con esa carita
de santa que te traes.
La expresión de
Amelia se endureció.
—Corta ya, Emma, esto
es algo serio para mí.
—Es que me dejas sin
palabras.
—Voy a ser honesta
contigo, para mí no es solo un trabajo, sino algo que define mi forma de vivir
la sexualidad. Si lo nuestro avanza hacia una relación, me gustaría que estas
dinámicas formen parte de nuestra intimidad. Quiero decírtelo ahora para saber
qué piensas y porque necesito tu consentimiento. ¿Quieres explorar esto conmigo
a nivel pareja?
“Sobre mi cadáver”,
pensó Emma instintivamente.
—¿Y cómo me
castigarías?
Amelia se acercó a un armario y
abrió las puertas de par en par. El interior reveló una impresionante colección
de instrumentos; y eso no era nada comparado con lo que tenía en su despacho.
Emma observó con la boca abierta.
—Tengo algunos recursos —dijo
Amelia, acortando la distancia entre ambas. Luego, se inclinó para susurrarle
al oído— Pero hoy, por ser la primera vez, solo usaré mi mano.
Un estremecimiento recorrió a
Emma; la contradicción la desbordaba. En el fondo no era más que una niña
malcriada y, aunque lo negara, su cuerpo y su mente deseaban encontrar a
alguien capaz de plantarle cara y ponerle límites.
En lugar de retroceder se aproximó a Amelia hasta que sus
labios casi se rozaron y le soltó:
—Nunca va a pasar. A mí nadie me
castiga.
Esta vez fue Amelia
quien sonrió, porque, aunque lo que dijo Emma era completamente real, la
actitud de juego era evidente.
—Entiendo —dijo, sentándose—.
¿Quieres una taza de té?
—¿Eso es todo? ¿Tan rápido te
rindes?
—Continúa con tus provocaciones y
averiguarás qué tan rápido.
—¿Qué provocaciones? —e inmediatamente agregó —Ahora que lo pienso
no creo que tú puedas conmigo…
Y sonrió, como si se hubiera dado
cuenta de que acababa de lanzar ese comentario demasiado rápido.
Amelia se puso de pie. Emma creyó
que iría directo hacia ella. En cambio, caminó hasta una mesita y anotó algo en
un trozo de papel. Acto seguido, se lo entregó.
—Esta es tu palabra de seguridad.
Léela bien. ¿Sabes qué es una palabra de seguridad?
Emma arrojó el papel con desdén.
—Obvio que sé lo que es una
palabra de seguridad. No la necesito.
Amelia se sentó a su lado.
—¿No la necesitas?
—No.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—Desde este
momento, lo único que hará que me detenga es mi propio criterio. O esa palabra.
Emma tomó a Amelia por sorpresa y
le dio un beso profundo que duró varios segundos.
Amelia la cogió de un brazo y con
destreza la puso sobre las rodillas. La joven intentó levantarse, pero
Amelia la inmovilizó con una llave y le sostuvo el brazo contra la espalda.
Había llegado la hora de dejar
atrás las negociaciones. Porque esto no había empezado ahí sino con la foto,
con la conversación en el bar, con las miradas, con el plantón en la
exposición, con cada gesto con el que había intentado provocarla. Amelia sabía
exactamente lo que Emma necesitaba y estaba decidida a dárselo. Le dio algunas
nalgadas sobre la ropa y dejó caer la pregunta.
—¿Por qué terminaste en esta
posición tan comprometedora, Emma?
—Porque eres una aburrida.
Amelia aumentó el ritmo. Esto
apenas incomodó a Emma, quien lo contrarrestó con un bostezo notable.
Entonces Amelia se detuvo y le
ordenó:
—Bájate el pantalón y la ropa
interior.
Así, sin escalas.
Amelia casi nunca usaba la mano.
Los encuentros de disciplina, en general, requerían un acercamiento más firme,
más severo. Pero esta vez iba a asegurarse de que, incluso con la mano,
se sintiera de verdad.
—No.
—Te convendría empezar a
obedecerme.
—Oblígame.
Amelia la tomó del brazo y la
puso de pie.
—Si no te bajas el pantalón ahora
mismo iré a buscar mi cepillo de madera. Y te aseguro que entonces vas a
necesitar el papelito que dejaste tirado.
A Emma la embargó una sensación
de adrenalina mezclada con vergüenza. Todo había pasado muy rápido y por
primera vez tomó conciencia de su situación real: esto iba a suceder y no tenía
forma de evitarlo.
Con la dignidad que le quedaba,
sin apartar la mirada desafiante, se bajó el pantalón.
—El bóxer también —indicó Amelia.
Emma obedeció con una sonrisa
forzada, que le duró muy poco porque un segundo después estaba nuevamente sobre
las rodillas.
Amelia desplegó toda su
experiencia. Las palmadas cayeron de forma rítmica y sostenida. Daba la
impresión de que jamás se cansaría. Emma estaba abrumada. dolía más de lo que
imaginaba. Solo atinaba a susurrar “duele”, esperando que la escuchara y bajara
el ritmo o tuviera un mínimo de piedad. En un momento Amelia se detuvo para
observar su mano que estaba muy roja también. Emma aprovechó para respirar y
dejar salir un gemido. En esos breves momentos de descanso, una sensación de
alivio le recorría el cuerpo. Pero Amelia no pensaba detenerse.
—¿Por qué estoy castigándote,
Emma?
—Porque naciste sin sentido del
humor.
La escena siguió por unos cuantos
minutos y Emma empezó a perder la compostura.
—Por dejarte plantada el otro
día, ya está bien ¡lo siento!
Amelia continuó implacable.
—¿Qué sucederá si vuelves a
provocarme o a desobedecerme?
—¡No me hagas decirlo!
—No vamos a parar hasta que lo
digas.
—Nooo.
En ese punto Amelia aumentó el
ritmo y azotó sin parar, y sin piedad, la parte en que las nalgas se encuentran
con los muslos. Emma sintió que se quedaba sin aire.
—Basta Amelia, por favor, para.
—¿Te vas a portar bien?
—Me portaré bien…
—¿Qué pasará si no lo haces?
Emma murmuró algo inentendible.
—No te escucho.
—Me vas a castigar —dijo,
derrotada.
Entonces Amelia se detuvo y le
acarició durante un rato las nalgas rojas. Después le recorrió la espalda con
suavidad y le corrió el cabello por encima de la oreja. Emma sonreía. Ahora que
la intensidad comenzaba a bajar, tenía ganas de volver a provocarla. Pero
Amelia la levantó, la llevó hacia su pecho, y así se quedaron un rato.
Emma cerró los ojos y se enfocó
en la sensación de ardor de su trasero, y en la sensación de alivio que le
recorría el cuerpo. Así, apoyada sobre el pecho de Amelia y perdida en su
perfume, sintió como nunca antes que ese era su lugar en el mundo.
—Todavía no creo que puedas
conmigo. —dijo con tono de broma.
Amelia soltó una carcajada.
—Este es el momento en que
capitulas, preciosa.
—¿En serio vas a castigarme?
—Siempre que te lo merezcas.
—No serías capaz de hacerme
llorar, ¿o sí?
—Si te portas muy mal…
Emma abrió la boca, indignada. “Veremos
quién se cansa primero”, iba a decirle, solo para pelear. Pero Amelia le cerró
la boca con un beso y le susurró al oído:
—Estás completamente segura
conmigo. Te cuidaré como nadie te ha cuidado jamás.
Emma sonrió: nunca hubiera
imaginado todo lo que iba a pasar hoy. Sin pensar más, cerró los ojos y
disfrutó de ese momento de paz, abrazada a Amelia.
Otros relatos de esta serie:
Amelia y Emma 1: la foto
Amelia y Emma 2: la exposición de fotos
Amelia y Emma 4: el sobre
Hay que admitir que Emma tiene sentido del humor y también del masoquismo jajajajaja. Hay algunas frases que me la apunto para decir en los peores momentos. Pienso buscar si venden una placa de bronce que ponga “Disciplina”. Me encanta. Felicidades por el relato, me gustó muchísimo.
ResponderEliminar