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Amelia y Emma 3: la visita

     Pasó un día entero en que Amelia estuvo un poco distante. Emma sentía culpa por haberla dejado plantada en la muestra de fotos, pero tampoco le parecía que fuera tan terrible, ni que lo hubiera hecho tan a propósito. Simplemente sucedió. Como fuera, necesitaba verla lo antes posible. La atracción que sentían era innegable.

Salió de la cama a media mañana, se dio un baño y bajó a desayunar. Siempre había alguien de servicio en la casa, y estaba acostumbrada a que las cosas se produjeran mágicamente a su alrededor. Detrás de su actitud alegre y despreocupada, podía ser un poquito tirana.

No se le antojaba nada de lo que había, así que, sin probar bocado, saludó a su madre, que estaba en la sala, con un beso en la mejilla y salió a la calle. Cuando llegó al edificio de la calle Viamonte, el conserje la observó con su apatía habitual.

Estoy buscando a Amelia… —y se detuvo un momento para pensar el apellido —tengo su tarjeta por aquí, creo que es el segundo piso.

—¿Y usted es?

“Qué le importa”, pensó.

—Una amiga.

Él no cambió la expresión.

—No está en su oficina. La señora Stone se encuentra en su casa, en el tercer piso —dijo el hombre casi sin mirar, pero dando a entender que estaba muy enterado de todo (absolutamente todo) lo que pasaba en el edificio —El ascensor está a su derecha. Qué extraño, no suele recibir gente en su casa.

“Qué chismoso”. Emma lo ignoró y siguió su camino.

Evitó el ascensor y subió por las escaleras de mármol, de a saltos. Necesitaba sacar ese exceso de energía de alguna manera. Cuando llegó al tercer piso y tocó la puerta, tuvo que esperar unos minutos antes de que se abriera. Entonces apareció Amelia, bastante formal, con falda negra, camisa blanca y zapatos negros. Llevaba el cabello recogido en un rodete y un maquillaje sutil.

—Hola Emma —dijo, usando toda su fuerza de voluntad para no decir "llegas tarde".

El rostro de la joven se iluminó al verla.

—Ven, vamos a la sala —agregó Amelia.

El saludo fue, por alguna razón, más frío de lo que Emma esperaba. Tenía ganas de abrazarla, y no es que la otra mujer no quisiera exactamente lo mismo, pero se mantenía distante.

Originalmente, Amelia había pensado recibirla en su oficina, esa que tiene en la puerta una placa de bronce donde se lee la palabra "Disciplina", pero ese lugar la habría obligado a tomar con Emma una distancia que no quería tomar. Prefería un encuentro más íntimo, más natural. Además, antes debía explicarle qué pasaba allí: cómo y por qué se reunía con sus "clientes" o con las personas de las que era tutora, que a veces la visitaban de forma no del todo voluntaria.

Emma entró a la sala y se dejó caer en el sofá. Estaba preciosa. La luz de la ventana le iluminaba el cabello suelto, un poco desordenado. Con un gesto automático, sacó el teléfono.

—¿Estás cómoda?

 —Sí, gracias.

La intuición le decía a Amelia que esa despreocupación que Emma intentaba mostrar no era auténtica.

—Ven, deja el teléfono. Vamos a hablar.

—¿De qué quieres hablar?

—Para empezar, de cómo me dejaste esperándote la otra noche sin siquiera avisar.

Emma sonrió y luego cambió su gesto a una expresión forzadamente angelical.

—Lo siento, no quise dejarte esperando.

—¿Te parece gracioso?

—Claro que nooo — dijo soltando una carcajada.

Emma no sabía qué decir. Entendía que no era el momento para reírse, pero no podía evitarlo. Para desviar la mirada, volvió a la pantalla.

Emma deja el teléfono, por favor —la voz de Amelia sonó, de pronto, diferente.

Las dos mujeres se miraron.

—Estás muy hot vestida tan formal. ¿Estabas trabajando? —fue su intento fallido de cambiar el rumbo de la conversación.

—Tenía algunos pendientes. Emma…  —Amelia corrigió su postura en el sofá— tenemos que hablar.

—Espera, déjame llamar a mi abogado —siguió bromeando Emma.

—Quiero contarte algo de mí para que me conozcas mejor —dijo Amelia, y agregó sin rodeos— una parte de mi trabajo es dirigir sesiones de spanking.

Emma se quedó en silencio.

—Básicamente, chicas que buscan estas dinámicas me contratan, o entablan un vínculo conmigo, para que las castigue en un espacio seguro.

La joven siguió en silencio pensando qué decir. Aunque conservaba la media sonrisa, el tono de broma se había esfumado; en su lugar, un brillo desafiante le cruzó la mirada

Amelia, en contra de su naturaleza, se puso a explicar.

Es como cualquier otra profesión terapéutica o de bienestar…

—¿A qué te refieres con “sesiones de spanking”? —la interrumpió Emma.

—Me refiero a encuentros privados donde una chica recibe un castigo físico: nalgadas o azotes, en las nalgas.

Emma sonrió.

—Vaya, con esa carita de santa que te traes.

La expresión de Amelia se endureció.

—Corta ya, Emma, esto es algo serio para mí.

—Es que me dejas sin palabras.

—Voy a ser honesta contigo, para mí no es solo un trabajo, sino algo que define mi forma de vivir la sexualidad. Si lo nuestro avanza hacia una relación, me gustaría que estas dinámicas formen parte de nuestra intimidad. Quiero decírtelo ahora para saber qué piensas y porque necesito tu consentimiento. ¿Quieres explorar esto conmigo a nivel pareja?

“Sobre mi cadáver”, pensó Emma instintivamente.

—¿Y cómo me castigarías?

Amelia se acercó a un armario y abrió las puertas de par en par. El interior reveló una impresionante colección de instrumentos; y eso no era nada comparado con lo que tenía en su despacho. Emma observó con la boca abierta.

—Tengo algunos recursos —dijo Amelia, acortando la distancia entre ambas. Luego, se inclinó para susurrarle al oído— Pero hoy, por ser la primera vez, solo usaré mi mano.

Un estremecimiento recorrió a Emma; la contradicción la desbordaba. En el fondo no era más que una niña malcriada y, aunque lo negara, su cuerpo y su mente deseaban encontrar a alguien capaz de plantarle cara y ponerle límites.

En lugar de retroceder se aproximó a Amelia hasta que sus labios casi se rozaron y le soltó:

—Nunca va a pasar. A mí nadie me castiga.

Esta vez fue Amelia quien sonrió, porque, aunque lo que dijo Emma era completamente real, la actitud de juego era evidente.

—Entiendo —dijo, sentándose—. ¿Quieres una taza de té?

—¿Eso es todo? ¿Tan rápido te rindes?

—Continúa con tus provocaciones y averiguarás qué tan rápido.

—¿Qué provocaciones?  —e inmediatamente agregó —Ahora que lo pienso no creo que tú puedas conmigo…

Y sonrió, como si se hubiera dado cuenta de que acababa de lanzar ese comentario demasiado rápido.

Amelia se puso de pie. Emma creyó que iría directo hacia ella. En cambio, caminó hasta una mesita y anotó algo en un trozo de papel. Acto seguido, se lo entregó.

—Esta es tu palabra de seguridad. Léela bien. ¿Sabes qué es una palabra de seguridad?

Emma arrojó el papel con desdén.

—Obvio que sé lo que es una palabra de seguridad. No la necesito.

Amelia se sentó a su lado.

—¿No la necesitas?

—No.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque lo sé.

Desde este momento, lo único que hará que me detenga es mi propio criterio. O esa palabra.

Emma tomó a Amelia por sorpresa y le dio un beso profundo que duró varios segundos.

Amelia la cogió de un brazo y con destreza la puso sobre las rodillas. La joven intentó levantarse, pero Amelia la inmovilizó con una llave y le sostuvo el brazo contra la espalda.

Había llegado la hora de dejar atrás las negociaciones. Porque esto no había empezado ahí sino con la foto, con la conversación en el bar, con las miradas, con el plantón en la exposición, con cada gesto con el que había intentado provocarla. Amelia sabía exactamente lo que Emma necesitaba y estaba decidida a dárselo. Le dio algunas nalgadas sobre la ropa y dejó caer la pregunta.

—¿Por qué terminaste en esta posición tan comprometedora, Emma?

—Porque eres una aburrida.

Amelia aumentó el ritmo. Esto apenas incomodó a Emma, quien lo contrarrestó con un bostezo notable.

Entonces Amelia se detuvo y le ordenó:

—Bájate el pantalón y la ropa interior.

Así, sin escalas.

Amelia casi nunca usaba la mano. Los encuentros de disciplina, en general, requerían un acercamiento más firme, más severo. Pero esta vez iba a asegurarse de que, incluso con la mano, se sintiera de verdad.

—No.

—Te convendría empezar a obedecerme.

—Oblígame.

Amelia la tomó del brazo y la puso de pie.

—Si no te bajas el pantalón ahora mismo iré a buscar mi cepillo de madera. Y te aseguro que entonces vas a necesitar el papelito que dejaste tirado.

A Emma la embargó una sensación de adrenalina mezclada con vergüenza. Todo había pasado muy rápido y por primera vez tomó conciencia de su situación real: esto iba a suceder y no tenía forma de evitarlo.

Con la dignidad que le quedaba, sin apartar la mirada desafiante, se bajó el pantalón.

—El bóxer también —indicó Amelia.

Emma obedeció con una sonrisa forzada, que le duró muy poco porque un segundo después estaba nuevamente sobre las rodillas. 

Amelia desplegó toda su experiencia. Las palmadas cayeron de forma rítmica y sostenida. Daba la impresión de que jamás se cansaría. Emma estaba abrumada. dolía más de lo que imaginaba. Solo atinaba a susurrar “duele”, esperando que la escuchara y bajara el ritmo o tuviera un mínimo de piedad. En un momento Amelia se detuvo para observar su mano que estaba muy roja también. Emma aprovechó para respirar y dejar salir un gemido. En esos breves momentos de descanso, una sensación de alivio le recorría el cuerpo. Pero Amelia no pensaba detenerse.

—¿Por qué estoy castigándote, Emma?

—Porque naciste sin sentido del humor.

La escena siguió por unos cuantos minutos y Emma empezó a perder la compostura.

—Por dejarte plantada el otro día, ya está bien ¡lo siento!

Amelia continuó implacable.

—¿Qué sucederá si vuelves a provocarme o a desobedecerme?

—¡No me hagas decirlo!

—No vamos a parar hasta que lo digas.

—Nooo.

En ese punto Amelia aumentó el ritmo y azotó sin parar, y sin piedad, la parte en que las nalgas se encuentran con los muslos. Emma sintió que se quedaba sin aire.

—Basta Amelia, por favor, para.

—¿Te vas a portar bien?

—Me portaré bien…

—¿Qué pasará si no lo haces?

Emma murmuró algo inentendible.

—No te escucho.

—Me vas a castigar —dijo, derrotada.

Entonces Amelia se detuvo y le acarició durante un rato las nalgas rojas. Después le recorrió la espalda con suavidad y le corrió el cabello por encima de la oreja. Emma sonreía. Ahora que la intensidad comenzaba a bajar, tenía ganas de volver a provocarla. Pero Amelia la levantó, la llevó hacia su pecho, y así se quedaron un rato.

Emma cerró los ojos y se enfocó en la sensación de ardor de su trasero, y en la sensación de alivio que le recorría el cuerpo. Así, apoyada sobre el pecho de Amelia y perdida en su perfume, sintió como nunca antes que ese era su lugar en el mundo.

—Todavía no creo que puedas conmigo. —dijo con tono de broma.

Amelia soltó una carcajada.

—Este es el momento en que capitulas, preciosa.

—¿En serio vas a castigarme?

—Siempre que te lo merezcas.

—No serías capaz de hacerme llorar, ¿o sí?

—Si te portas muy mal…

Emma abrió la boca, indignada. “Veremos quién se cansa primero”, iba a decirle, solo para pelear. Pero Amelia le cerró la boca con un beso y le susurró al oído:

—Estás completamente segura conmigo. Te cuidaré como nadie te ha cuidado jamás.

Emma sonrió: nunca hubiera imaginado todo lo que iba a pasar hoy. Sin pensar más, cerró los ojos y disfrutó de ese momento de paz, abrazada a Amelia.



Otros relatos de esta serie:
Amelia y Emma 1: la foto
Amelia y Emma 2: la exposición de fotos
Amelia y Emma 4: el sobre

Comentarios

  1. Hay que admitir que Emma tiene sentido del humor y también del masoquismo jajajajaja. Hay algunas frases que me la apunto para decir en los peores momentos. Pienso buscar si venden una placa de bronce que ponga “Disciplina”. Me encanta. Felicidades por el relato, me gustó muchísimo.

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