Era casi mediodía y Amelia revisaba con urgencia unos papeles en su despacho. A pesar del evidente estrés, se la veía feliz. La última semana había sido increíble. Es cierto que Emma seguía tan irreverente como siempre, pero eso, aunque jamás lo admitiría en voz alta, le encantaba. “¿Me estaré ablandando?”, pensó, “Tengo que enseñarle algunos modales a la mocosa”.
De pronto, como si la hubiera invocado con el pensamiento, se abrió la puerta y apareció Emma con su sonrisa de siempre.
—¡Emma! —la regañó—. No puedes entrar
así, sin golpear. Este es un espacio privado.
La joven circulaba por su
despacho con total libertad. Amelia suspiró y la observó con expresión seria.
—¡Perdón! Vamos a almorzar,
porfi, ¡hoy no me vas a decir que no!
—Lo siento, no puedo. Estoy
ocupada y es un tema serio.
Emma frunció la nariz. Amelia
alcanzó a ver, de reojo, esa expresión de decepción tan propia de quien está
acostumbrada a que le digan que sí a todo. Con absoluta seriedad, agregó:
—Emma, tengo que pedirte un
favor.
—Dime —respondió la joven,
resignada.
—Necesito que entregues este
sobre en esta dirección antes de las 2 de la tarde. Es importante, es para un
trabajo. Tiene que ser hoy, porque es el último día y después de esa hora la convocatoria
ya habrá cerrado. ¿Cuento contigo?
—Claro, no te preocupes.
Amelia la abrazó y la besó.
—Llévate la copia de las llaves y
me esperas en casa. Hoy vamos a cenar afuera.
Minutos después, Emma ya estaba
en la calle. Buscó la dirección en su teléfono y vio que no quedaba lejos.
Tenía tiempo de sobra para verse con Ana. Era una buena oportunidad para
ponerse al día. Sin embargo, Ana tardó bastante en llegar y, al hacerlo,
insistió en ir hasta un bar donde trabajaba su crush, para tener alguna chance
de cruzársela.
—¡Estamos muy cerca! —argumentó.
Nunca tengo oportunidades de verla.
—¡Oye! No puedo desviarme tanto
—exclamó Emma—. ¡Tengo que entregar este sobre antes de las dos!
Ana la observó divertida. No era
habitual que estuviera preocupada por algo así.
—No te preocupes —la
tranquilizó—. Falta más de una hora.
Ana la arrastró hasta el bar y,
como era de esperarse, el crush no aparecía por ningún lado. Cuando finalmente
consiguieron una mesa, el camarero parecía moverse en cámara lenta y el ruido
era insoportable. ¿O tal vez solo era la sensación de Emma? Su amiga, por otro
lado, parecía restarle importancia a la situación.
Mientras tanto, en el despacho de
la calle Viamonte reinaba el silencio. Amelia revisaba sus notas. La chica que
debía verse con ella estaba de pie, inmóvil, con los brazos cruzados y pésima
actitud. No era la primera vez que se veían, aunque el vínculo entre ellas era
todavía reciente y Lucía no sabía bien qué esperar. En el encuentro anterior
habían acordado algunas pautas. Amelia no toleraba las excusas.
—Empezamos mal, Lucía —dijo, y
luego, levantando la vista— ¡párate derecha!
Lucía tenía un día fatal. No
respondía las preguntas, o lo hacía de forma vaga, como si buscara cambiar de
tema. Esto terminó irritando a Amelia y matando su buen humor inicial.
Abrió un armario y tomó una
correa de cuero de unos 40 centímetros de largo por 8 de ancho, puntas
redondeadas y un mango que parecía hecho a medida para su mano
—Inclínate sobre el escritorio,
las manos sobre la mesa —ordenó, mientras ponía frente a Lucía una lista de
papel—. Vamos a revisar tus objetivos uno por uno, y más te vale que esta vez
los hayas tomado en serio.
Lucía, paralizada, tardaba en
reaccionar. Amelia dejó caer la correa con fuerza sobre el escritorio, justo
donde debía apoyar las manos, y el latigazo retumbó en la habitación.
—Manos sobre la mesa, Lucía.
Sobresaltada, la chica asumió la
posición. Amelia, cansada de esperar, le levantó la falda, le bajó los calzones
y se paró detrás.
—Punto número uno. Léelo.
La joven tardó en obedecer y el
golpe le cayó pleno y le cruzó ambas nalgas. Lucía soltó un alarido e intentó
pararse.
—¡Retoma la posición! —Amelia
reforzó el regaño con otro golpe—. Te escucho.
Algo le decía que iba a ser una
tarde larga.
Las amigas aprovecharon el tiempo
que tardó la comida para charlar. El crush no aparecía, pero fue bueno verse un
rato. Emma quería contarle a su amiga “detalles” de su relación con Amelia,
pero todavía no se animaba a hablar de ciertas cosas. De pronto, vio la hora en
su teléfono.
—¡Tengo que irme! —exclamó.
—Pero todavía es temprano y
recién llegó la comida.
—¡Lo siento!
Emma paró un taxi y le rogó que
fuera rapidísimo hasta su destino. Cuando llegó, corrió hasta la puerta, pero
la oficina estaba cerrada. Llamó varias veces y nadie respondió. Era demasiado
tarde. Se sentó en el umbral, enojada consigo misma, con el mundo, con el sobre
que tenía en las manos.
Entonces, porque odiaba decepcionarla,
hizo algo tremendamente estúpido: en lugar de ir a la casa, fue hasta el
despacho de Amelia y sin pensarlo abrió la puerta de golpe.
—¡Amelia, necesito hablar con...!
Emma se quedó paralizada en el
umbral. Lucía, todavía inclinada sobre el escritorio con las manos apoyadas y
la falda levantada, giró la cabeza con los ojos llorosos. Amelia, correa en
mano, tardó un segundo en procesar la escena.
—Emma. —La voz de Amelia sonó
gélida—. Sal de aquí ahora mismo.
—Perdón, yo no... —Emma no
encontraba las palabras. Retrocedió un paso, con la cara ardiendo y cerró la
puerta de un tirón, casi con más fuerza de la necesaria.
Del otro lado, se apoyó contra la
pared del pasillo, todavía con el sobre en la mano. El corazón le latía con
fuerza, aunque no sabía bien si era por la vergüenza de haber irrumpido o por
lo que acababa de ver. “Me advirtió que no entrara sin golpear”, pensó, “y
mira, hice exactamente eso”.
Adentro, Amelia respiró hondo,
tratando de recomponerse. Lucía seguía inmóvil, sin animarse a moverse ni a
hablar.
—Continuemos —dijo Amelia, con un
tono que no dejaba lugar a discusión, aunque su mente ya estaba, en parte, del
otro lado de esa puerta.
Emma subió al tercer piso sin
cruzarse con nadie. Abrió la puerta y se sentó en el sofá. El departamento, tan
ordenado como siempre, la hacía sentir todavía peor.
Esperó.
Los minutos pasaron lentos.
Revisó el teléfono varias veces sin sentido, guardó y volvió a sacar el sobre
del bolsillo como si mirarlo pudiera cambiar algo. Finalmente se quedó dormida.
Cuando escuchó la puerta, se puso de pie de un salto.
Amelia entró y la vio ahí, en
medio de la sala, con esa expresión de quien no sabe qué decir.
—Así que aquí estás.
El tono no era cálido. Emma tragó
saliva.
—Perdón por lo de recién, no debí
entrar así, no sé en qué estaba pensando...
—No estabas pensando. —Amelia
dejó las llaves sobre la mesa con un gesto seco—. Te lo dije clarísimo la
última vez. ¿Te imaginas en esa posición y que alguien abra la puerta? ¿Tengo
que poner seguro estando sola en mi propio despacho?
Silencio. Emma no encontraba
dónde poner la mirada.
—¿Entregaste el sobre?
La pregunta llegó simple, casi de
pasada, pero Emma sintió que se le cerraba la garganta. Por una fracción de
segundo pensó en decir que sí, que todo había salido bien, y en cualquier otro
momento se lo mencionaría con más calma, en otro contexto, cuando no estuviera
todo tan tenso.
—Sí —dijo, y el silencio que
siguió pareció eterno.
Amelia la miró fijo, esperando
algo más. Emma sintió el peso de esa mentira instalarse en el pecho,
insoportable.
—No. No lo entregué. —Las
palabras salieron atropelladas—. Ana me hizo ir a un bar a ver a una chica y
cuando llegué ya habían cerrado y no sé qué hacer para arreglarlo, y lo siento,
lo siento muchísimo...
—Emma.
—¿Sí?
—Baja al despacho y espérame
allí.
—Por favor, hablemos acá.
—Ahora.
Amelia no bajó enseguida;
necesitaba ordenar sus pensamientos.
Emma bajó, entró a la oficina y
se sentó en una de las sillas. Estaba triste, no lograba lidiar con la
decepción. Todo ahí era excesivamente formal: el escritorio de madera oscura
sin una sola marca, los libros alineados con una precisión casi ofensiva, el
reloj de pared marcando los segundos.
Hacía apenas un rato había estado
ahí mismo, del otro lado de esa puerta, viendo algo que no debía ver. Ahora la
habitación se sentía distinta. Más grande. Más fría.
Se cruzó de brazos, se abrazó a
sí misma sin darse cuenta. Su mirada se fijó en los armarios cerrados y la
imaginación se le fue volando: no podía dejar de mirarlos de reojo, como si
fueran a abrirse solos. Pensó en la chica que había visto antes, en la posición
en la que estaba, y sintió una punzada de vergüenza ajena que se mezclaba,
incómoda, con la propia.
Cuando finalmente escuchó los
pasos en la habitación contigua, el corazón le dio un vuelco.
Amelia estaba seria, pero no
parecía enojada. Se apoyó en su escritorio, frente a ella, y le extendió los
brazos.
—Ven.
Emma se acercó y se abrazaron. Se
quedó así un rato largo, con la cabeza sobre el pecho de Amelia.
—Entiendo que todo esto es mucho
para procesar. Y por eso quería explicarte desde el principio...
—No —la interrumpió Emma—. Soy
una estúpida.
—¡Claro que no! —respondió Amelia—.
Esto no tiene nada que ver con la estupidez, sino con la responsabilidad. Hoy
interferiste dos veces con mi trabajo, y ambas cosas eran importantes para mí.
Emma se aferró aún más fuerte.
Los pensamientos de Amelia
estaban divididos. En una sesión cualquiera, los objetivos y las implicaciones
de no cumplirlos eran clarísimos. La máscara de top le permitía tomar distancia
y simplemente actuar. Con Emma no funcionaba igual. Era obvio que la provocaba
todo el día; su radar no podía estar tan descalibrado como para no verlo. Pero
después pasaban cosas como esta y su joven novia parecía una niña malcriada que
jamás había tenido que hacerse cargo de nada.
“Pero está aquí conmigo por algo”,
pensó. “Y está intentando probarme”.
La separó de su cuerpo y la miró
a los ojos.
—Es hora de enfrentar las
consecuencias.
—Nooo, espera. Hablemos.
—El momento de hablar ya pasó.
Amelia se dirigió a un mueble,
abrió un cajón y dudó unos segundos. Luego sacó un cepillo ancho de madera con
aspecto amenazante. Entre todos los cepillos posibles eligió ese de madera dura.
Podía ser un poco severo como primer instrumento, pero el mensaje era
importante y la lección debía ser memorable. Se sentó en el sofá y le hizo un
gesto con el dedo.
—Ven aquí.
La joven estaba paralizada.
Lamentaba toda la situación y sabía que, si tensaba demasiado la cuerda, podía
terminar así. Pero no lo había hecho a propósito, ¿o sí? Había algo en Amelia,
en la forma de hablarle, de regañarla, de reírse con sus chistes a pesar de
esforzarse por estar completamente seria, que le resultaba tremendamente sexi.
Y estaba feliz. Por primera vez se sentía contenida. Era como si entendiera los
riesgos de caminar por la cornisa, pero, una vez ahí, le daba bastante miedo lo
que pudiera pasar.
Amelia conocía muy bien esa
reacción de inmovilidad; podría haberla llevado ella misma hasta el sofá, pero
no iba a simplificarle las cosas.
—¡Emma! —exclamó, sacándola de su
ensimismamiento, y señaló el suelo frente a ella—. Párate aquí
Emma obedeció.
—Amelia… lo siento. Te juro que
quería entregar el sobre.
—No, aún no lo sientes, créeme.
Pero, ya que estás arrepentida, vas a aceptar tu castigo sin berrinches,
¿verdad?
Emma no respondió. Amelia la tomó
de un brazo y la puso sobre sus rodillas. Dejó el cepillo a su derecha y empezó
a azotarla con la mano. Fue una tanda bastante intencionada, aunque sabía que
sobre la ropa no iba a tener mucho efecto. Sin más rodeos, la puso de pie y le
ordenó:
—Quítate los zapatos y el
pantalón.
—¿Qué? ¿Que me quite...?
—Me escuchaste.
La joven se quitó ambas cosas y
las dejó en el suelo, a sus pies. Amelia le dio varias nalgadas en el muslo
desnudo.
—¡Y lo doblas y lo dejas
cuidadosamente sobre esa silla!
—Ouch. ¡Está bien!
Inmediatamente después la puso otra
vez sobre sus rodillas, le bajó la ropa interior hasta los muslos y siguió un
rato con la mano, regañándola cada vez que intentaba taparse. Emma se sintió
expuesta y vulnerable.
—Las manos adelante. No quiero
volver a repetirlo.
"Sin embargo, lo repites una
y otra vez", pensó, pero no lo dijo.
—¿Por qué te estoy castigando,
Emma?
—Porque no llegué a entregar tu
sobre, lo siento.
Realmente se sentía mal al
respecto. Quería cerrar los ojos con fuerza y que todo terminara de una vez.
—¿Y por qué más?
Emma se quedó en blanco. Las
nalgadas caían cada vez más firmes.
—¿Por qué más, Emma?
Amelia aumentó el ritmo y empezó
a usar su mano con fuerza. Emma intentaba taparse para retrasar los golpes,
aunque fuera un segundo. Un par de minutos después, y como si lo recordara de
pronto:
—¡Por entrar sin llamar!
—¿Crees que los límites no son
para ti, no es así?
—Perdón por interrumpir tu sesión
con esa chica. Qué pena, ¿no? Justo cuando la estabas pasando tan bien.
Amelia se frenó en seco.
—Esta vez sí cruzaste la línea.
Tomó a Emma por la cintura, cruzó
su pierna derecha para sostenerle las piernas y le inmovilizó el brazo derecho
con la mano izquierda. Con la derecha tomó el cepillo. Emma quiso moverse y no
pudo hacerlo ni un milímetro. La sensación la desesperó. Cerró los ojos y
apretó los labios con fuerza.
Amelia no se contuvo para nada y
el cepillo era letal. Emma nunca imaginó que pudiera doler tanto. Primero
fueron frases inconexas, ruegos, promesas, cualquier cosa que pudiera hacer que
se detuviera. Amelia apenas le daba respiro y volvía a empezar, sin pausa. No
pasó mucho tiempo y Emma comenzó a llorar desconsoladamente. Para su sorpresa, en
lugar de parar, Amelia aumentó la fuerza.
—Tal vez esto te enseñe algo
sobre límites.
Finalmente, después de varios
minutos, Amelia se detuvo. Las nalgas de Emma estaban completamente rojas, con
algunos manchones morados que sin duda serían el color predominante al día
siguiente.
—¿Vas a volver a entrar sin
golpear, Emma?
Emma negó con la cabeza. Tenía
los ojos y la nariz rojos.
—No te escucho.
—No —dijo con un hilo de voz.
—“No, señora” —la corrigió.
—No, señora —dijo Emma, vencida.
—Espero que esto te sirva de
lección y seas más responsable en el futuro. ¿Tienes algo que agregar? ¿Algún
comentario sagaz?
—No.
—“No, señora” —esta vez Amelia
enfatizó cada sílaba con el cepillo, y no fue nada simbólico.
—¡No, señora! Por favor, lo
siento…
Y comenzó a llorar otra vez. Amelia
esta vez dejó el cepillo.
—Está bien, mi amor. Ya está.
La sentó sobre sus rodillas y la
abrazó. Su trasero estaba hirviendo y Amelia podía sentir el calor incluso a
través de la falda. Y así se quedó varios minutos, abrazándola, acariciándole
el cabello. A Emma la invadió una sensación de paz. Ahora que había terminado,
el dolor empezaba a desaparecer, transformándose en un ardor casi agradable. “Casi”,
palabra clave, porque por un tiempo prudencial no tendría ganas de sentarse.
Sonriendo, se abrazó a Amelia con fuerza mientras la escuchaba seguir
regañándola y decir algo sobre ir a buscar una crema. “Esta mujer no para”,
pensó. Y así se quedaron un rato.
—Vamos a pedir comida —dijo
Amelia—. La salida va a tener que posponerse.
Emma solo pudo asentir, aliviada.
Otros relatos de esta serie:
Amelia y Emma 1: la foto
Amelia y Emma 2: la exposición de fotos
Amelia y Emma 3: la visita
Lucia necesita su propio capítulo. Pobrecilla, qué habrá hecho?? Emma tiene el cielo ganado con Amelia, qué mano más larga tiene esta mujer, todo lo soluciona con azotes. No sabe que es más fácil convencer a alguien con una caja de bombones?
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