Ir al contenido principal

Valery y Elena: Un brownie no da la felicidad


Era un nuevo día en la universidad. Las actividades habían transcurrido con tranquilidad; incluso una de las profesoras se había ausentado de su clase, por lo que algunas alumnas decidieron aprovechar el tiempo libre para convivir. Finalmente, acordaron ir a un bar cercano a la facultad.

Era un grupo pequeño. Entre ellas estaban Sara y su grupo de amigas, Perla y dos amigas suyas, Anahí y su novia, y, por supuesto, Elena. Se dirigieron al fondo del establecimiento y se acomodaron en unos sillones cercanos al área de billar.

Mientras Sara y sus amigas fumaban, Perla sacó una bolsa que contenía varios brownies y comenzó a ofrecerlos.

—¿Quieres probar uno? —le preguntó a Elena con una sonrisa.

—No, gracias.

Sara soltó una pequeña risa.

—¿Qué pasa? ¿Te pega tu mamá?

—Ya déjala en paz, Sara —intervino Anahí—. Ella nunca acepta comida de nadie. No es porque sean brownies de la felicidad. Además, tampoco te veo comiendo uno.

Sara levantó una ceja.

—¿Y a ti quién te dijo que los brownies tenían algo?

—Como si no conociéramos a Perla.

—Ni que fuera para tanto. Mira.

Sara tomó uno y le dio un mordisco.

—¿Ves cuál es el problema? Simplemente Elena es una bebé que tiene miedo de todo. Siempre que nos juntamos a fumar en el jardín, ella solo se queda mirando. Si no quiere comer, que no coma, pero entonces que acepte un cigarro. ¿O qué? ¿Te crees superior a nosotras?

Le ofreció uno.

—¿O tienes miedo de tu tutora? Dicen que es una de las profesoras más estrictas de la universidad. Por eso casi nunca acepta alumnas bajo su supervisión. Seguro que hasta una nerd como tú le tiene miedo, ¿verdad, nenita?

Elena frunció el ceño.

—Cállate, Sara. No soy una nenita y no tienes derecho a llamarme así.

—Ah, cierto. Eres toda una señora responsable que nunca comete errores, nunca experimenta nada y jamás se divierte. Por eso nunca te invitan a ningún lado. Arruinas el ambiente.

Mientras tanto, en los jardines de la universidad, Valery buscaba a Elena. Sabía que tendría un par de horas libres debido a la ausencia de su profesora de Neurología y quería aprovechar para encontrarla antes de que terminara su horario.

Una joven rubia se encontraba cerca del jardín. Al reconocer a Valery, esbozó una sonrisa y se acercó.

—¿Qué pasa, hermosa? ¿Se te perdió algo? ¿O será que me estás buscando a mí para continuar donde nos quedamos después de aquel beso?

Elisa se acercó demasiado y levantó una mano, intentando tomar a Valery del mentón para besarla nuevamente.

Valery apartó su mano de inmediato.

—Cállate, Elisa.

La rubia soltó una pequeña risa.

—¿Todavía estás molesta porque nos vio tu bebé? ¿Acaso se le rompió el corazón?

—Te dije que te calles.

—Si no se lo rompo yo, tarde o temprano tú terminarás rompiéndoselo, igual que hiciste conmigo, cariño.

Valery la miró con evidente molestia.

—No voy a caer en tus juegos. Ahora déjame pasar.

Elisa levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, te dejo por ahora. Pero si estás buscando a tu bebé, ya no es tan bebé como crees. Se fue con sus amiguitas al bar que está aquí a una cuadra.

Valery frunció el ceño.

—¿Al bar?

—Exactamente.

Elisa sonrió mientras Valery se alejaba rápidamente.

En el bar, Anahí intentaba poner fin a la discusión.

—Ya basta, Sara. Te comportas como una adolescente rebelde. Ya madura.

Sara se encogió de hombros.

—Según las teorías del psicólogo Jeffrey Arnett, todavía estamos en una etapa de transición hacia la adultez. Estamos en una edad en la que podemos conocer nuestros gustos, definir quiénes somos y disfrutar de la vida antes de asumir todas las responsabilidades de un adulto.

Se acercó a Elena y la miró fijamente durante unos segundos. Tomo su mentón, como si fuera a darle un beso.

—No te vendría nada mal relajarte un poco, pequeña.

Elena permaneció en silencio. Las provocaciones de Sara comenzaban a incomodarla cada vez más. Por otro lado tenía que nuevamente intentará robarle un beso así que actuó rápido y respondió:

—Está bien. Tú ganas. Dame un cigarro.

Sara sonrió triunfante y le ofreció el que tenía entre los dedos.

Elena apenas estaba a punto de fumar cuando alguien la sujetó de la muñeca.

—Ni se te ocurra.

Elena abrió los ojos sorprendida.

—¿Valery?

Valery le quitó el cigarro de la mano, lo dejó caer al suelo y lo apagó con el zapato.

—Valery nada. No quiero escuchar excusas. Te vienes conmigo. Ahora. ¿Entendido?

Elena tragó saliva.

—Sí, profesora.

Valery la condujo hacia la salida mientras Elena caminaba en completo silencio.

Una vez fuera, Valery respiró profundamente y trató de calmarse. No quería hablarle desde el enojo, pero la preocupación que sentía era evidente.

Cuando llegaron a la oficina, Valery abrió la puerta y señaló el espacio frente a su escritorio.

—Ponte ahí.

Elena obedeció.

Valery entró detrás de ella y cerró la puerta con llave.

Después se sentó en su silla de escritorio  y observó a Elena durante unos segundos.

—Bien, jovencita. Ahora quiero que me cuentes exactamente qué ocurrió. Sin mentiras y sin omitir nada.

Elena bajó la mirada.

—Profe...

—Empieza desde el principio, Elena.

La joven respiró profundamente y tragó saliva. 


—Profe, no es lo que piensas. Hoy no tuvimos la clase de Neuro y fuimos ahí solo para platicar.


Valery arqueó una ceja, su expresión incrédula. —No necesitas cigarros y brownies con drogas para platicar, Elena.


—¿Qué? Pero es que… —intentó explicar Elena, pero Valery la interrumpió


—¡Pero es que nada! —Valery se puso de pie, rodeando el escritorio hasta colocarse detrás de Elena. Su movimiento era rápido, decidido. Antes de que Elena pudiera reaccionar, una fuerte nalgada resonó en la habitación, seguida de un gemido ahogado de la joven—. Te dije nada de excusas. Solo cuenta los hechos. —Otra nalgada, igual de firme, hizo que Elena se estremeciera.


Valery pasó sus manos por la cintura de Elena, buscando el cinturón de su pantalón. Pero Elena, instintivamente, metió la mano para protegerlo.


—No, Vale, ¿qué haces? —su voz era un susurro temeroso.


—Quita las manos —ordenó Valery, con un tono  firme —. Si las vuelves a meter, te voy a dar un par de regalos extra. ¿Entendido? —El silencio que siguió fue denso, roto solo por la respiración agitada de Elena—. Dije, ¿entendiste?


—Sí, profe —murmuró Elena, retirando sus manos lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano.


Valery desabrochó el cinturón con movimientos precisos, lo dobló sobre el escritorio con un golpe sordo. Luego, sin prisa pero sin pausa, bajó el pantalón y la ropa interior de Elena  justo donde las nalgas se encontraban con los muslos. Elena se sonrojó, cubrió  la parte delantera de su cuerpo con sus manos.


—Muy bien, jovencita —dijo Valery, volviendo a su asiento frente a Elena—. Te escucho. Espero que con esto cuentes los sucesos sin peros ni desvíos.


Elena respiró hondo, tenía sus ojos vidriosos. —Sí, profe. Fuimos al bar. Perla me ofreció brownies. No me dijo lo que tenían, pero igual tampoco le acepté nada porque se estaba riendo, aunque imaginé que algo traían. Luego Sara insistió mucho. Como no acepté, básicamente me dijo que era cobarde, pero eso me dio igual. Luego dijo que si yo me creía superior, que si no era así, entonces tomara un cigarro. Y luego… llegaste tú.


Valery cruzó los brazos. —Y ¿si no hubiera llegado?


—Solo iba a fumarlo una vez y regresarlo —confesó Elena, su voz quebrada—. No iba a hacer nada más. Odio el olor del cigarro, obviamente tampoco iba a querer fumarlo todo.


—Obviamente, claro —replicó Valery, con una ironía amarga—. ¡Pero a mí no me importa si es una fumada o veinte! No se fuma, y punto. ¿Tanto te importa el qué dirán? Pues te voy a dar algo para que te preocupes realmente del qué dirán. No te vas a poder sentar el resto del día, y a ver qué dicen tus amiguitas cuando te remuevas en el asiento.


Elena tragó saliva nuevamente. Estaba muerta de miedo. Su tutora se veía realmente molesta, y la joven sabía que si había algo que le molestaba por completo a Valery era cualquier descuido de la salud. La mirada de Valery no era solo de enojo; era de una decepción profunda, que dolía más que cualquier golpe.


—No, Valery, perdón —suplicó Elena, con las lágrimas asomándose en sus ojos—. No pasará nunca, te lo prometo. Nunca he fumado y nunca lo haré. Lo de hoy fue un error. Pero no pasó.


—Y me voy a asegurar de que nunca pase —declaró Valery, su voz baja pero llena de determinación—. Inclínate sobre el escritorio. Palmas y brazos sobre la superficie, todo el tiempo. Hoy vas a aprender que con la salud no se juega.


—Pero no estaba jug… —intentó protestar Elena, pero Valery puso su mano sobre la espalda de la joven, inclinándola con firmeza sobre el escritorio.


—Pues por cómo me platicaste que sucedió, caíste en su jueguito: o fumas, o no eres parte del grupo —dijo Valery, comenzando a darle nalgadas fuertes y rítmicas—. No debes hacer cosas que no te gustan solo por encajar, y menos si eso daña tu salud.


Las nalgadas continuaron, cada una marcando su punto con un sonido claro y una sensación de calor que se acumulaba en la piel de Elena, al mismo tiempo que Valery le recordaba, lo dañino que era fumar incluso si solo estaba presente, ser un fumador pasivo era nocivo par ala salud, no debía dejarse manipular por nadie si ella decía que no era aún no y si sus amigas no lo aceptaba era su problema y no eran realmente sus amigas si no respetaba sus decisiones. El castigo era metódico, sin apresurarse, asegurándose de que cada golpe transmitiera el mensaje. La piel de las nalgas de Elena se tiñó de un rosa fuerte, un preludio de lo que vendría. Era el calentamiento antes del verdadero castigo, una advertencia física de la seriedad de sus acciones.


Después de lo que pareció una eternidad, Valery se detuvo. —Bien, jovencita. Quiero que te pongas de pie, tomes el cinturón en tus manos, me lo entregues y luego camines hacia el sofá.


Elena se enderezó lentamente, el dolor palpitante en sus nalgas haciéndose más presente con cada movimiento. Sus ojos se fijaron en el cinturón doblado sobre el escritorio, un objeto inocente que ahora parecía una herramienta de juicio. —No, Valery, por favor —suplicó, con su voz temblorosa—. Con el cinto no, te prometo que no lo vuelvo a hacer, ya entendí.


Pero Valery no cedió. Su mirada era implacable, un recordatorio de que algunas lecciones, especialmente las que protegían el bienestar, necesitaban ser grabadas a fuego. No por crueldad, sino por un cuidado tan profundo que dolía. El sofá esperaba, y con él, la conclusión de una tarde que Elena recordaría cada vez que la tentación de encajar amenazara con nublar su juicio.

Elena tragó saliva. El cuero del cinturón en manos de Valery, su tutora, parecía brillar bajo la luz de la lámpara.

—Me alegra que entiendas, pero las disculpas van hasta el final, jovencita —dijo Valery, su voz firme pero no cruel—. Ahora quiero que te coloques sobre el brazo del sofá para que tus nalgas queden bien paraditas. Van a ser treinta azotes con el cinturón. Quiero que los cuentes en voz alta. Si te equivocas o metes las manos, vamos a empezar de nuevo. ¿Entendido?

—Pero… —la protesta murió en sus labios.

—Pregunté si entendiste —repitió Valery, sin levantar la voz.

—Sí, profe —susurró Elena.

Resignada, suspiró. Se colocó en posición,  sobre el brazo del sofá, sintiendo cómo la tela del pantalón  se tensaba. Suspiró profundamente.

El primer azote cayó. Un sonido seco y contundente que resonó en la habitación silenciosa. Un grito agudo escapó de Elena antes de que pudiera detenerlo.

—No escuché el número —dijo Valery, calmada.

—¡Uno! —exclamó Elena rápidamente, con la cabeza apoyada contra la suave tela del sofá.

El segundo azote llegó de inmediato, acompañado por la voz serena de Valery. —No debes fumar, Elena. Es veneno para tus pulmones.

—Dos —jadeó ella.

El castigo continuó. Un ritmo implacable pero pausado. Cada pocos azotes, Valery le recordaba la lección.

—Tres… Cuatro…

—No juegues con tu salud.

—Cinco… Seis…

—No hagas cosas que no te gustan solo para encajar. Tú vales más que la aprobación de otros.

Cada palabra de Valery encontraba su camino a través del dolor, más profundo que el escozor en su piel. Elena se esforzaba, apretando los ojos y los puños, pero manteniendo las manos lejos. Contar era su ancla de algún modo.

Para el décimo azote, las primeras lágrimas  rodaron por sus mejillas. El orgullo comenzaba a resquebrajarse.

—Once… Doce… —su voz temblaba.

Para el decimoquinto, el dolor era una nube ardiente y constante. Pataleó brevemente, un acto involuntario de desesperación. —¡Por favor! —suplicó, pero la siguiente palabra fue un sollozo ahogado.

—Debes contar, Elena —recordó Valery, su voz aún firme—. Empezaremos de nuevo si es necesario.

Elena tragó un sollozo. —Quince —logró decir, con la voz rota.

Los azotes siguieron cayendo. Para el vigésimo, la respiración de Elena era un torbellino entrecortado de sollozos. Su voz era apenas un susurro ronco cada vez que contaba.

—Veinte… —el sonido fue casi inaudible.

El aire olía a cuero y a lágrimas. Valery no aceleraba el ritmo, ni disminuía la fuerza. Cada impacto era medido, deliberado, destinado a marcar la lección, no solo la piel.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegó el último.

—Treinta —jadeó Elena, completamente agotada, sobre el sofá.

El silencio volvió a la habitación, solo roto por los sollozos de la joven. Valery dejó el cinturón a un lado y se acercó. No hubo un abrazo inmediato, sino una mano firme y cálida en el hombro de Elena.

—Se acabó —dijo Valery, su voz había suavizado considerablemente—. La lección ha terminado. Sobo su espalda para tranquilizarla un poco. Aún no te levantes. Te pondré un poco de crema humectante. Luego te prepararé un té de manzanilla y hablaremos. 


Elena, con un temblor en las piernas, asintió lentamente. El dolor físico era intenso, pero la claridad que comenzaba a surgir entre la niebla de su vergüenza y su dolor era aún más profunda. Había sido castigada, sí. Pero también, se sintió escuchada, protegida, reconfortada y pudo desahogarse. Estaba feliz de tener a su lado alguien que se preocupara por su bienestar y estuviera dispuesta a hacer lo necesario para cuidarla. 



Comentarios

Entradas populares de este blog

14. Mónica y Nora - La grabación

Estaban en la cocina bien temprano. Mónica se estaba preparando una infusión para la garganta ya que tenía el día con grabaciones y tenía que tenerla perfecta para cantar.   Nora: Mi amor, ¿hoy te toca trabajar todo el día? Mónica: Sí, cariño, así que necesito empezar la mañana bien tranquila. Que además tengo que tener la cabeza despejada.  Nora: ¿Por qué me miras directamente al decir la palabra “tranquila”? Mónica: La fama que te precede y te has ganado a pulso señora brat.  Nora: ¿Yoooo? Todo eso son exageraciones. Mónica: Anda, dame un beso, que me voy a la ducha y me voy al estudio. Nora aprovecha que se escuchan los grifos del agua y le coge el móvil de Mónica. Quería hacer una travesura para reírse. Conocía al equipo con el que su esposa trabajaba y se llevaban bastante bien. Se habían ido a comer juntas todas alguna vez. Abrió el chat donde estaban el grupo de producción y decidió mandar un audio. Nora (con voz firme y seria): Buenos días señoras. ...

13. Mónica y Nora - Día de piscina

Era fin de semana, las chicas habían tenido una semana con mucho lío laboral, así que decidieron tener estos dos días más tranquilos. Mónica tenía muchas ganas de leer un libro que se compró hace un mes pero no había tenido oportunidad de leerlo. Nora en cambio le apetecía plan de piscina. Ambas se pusieron el bañador y salieron al patio de su casa, en su piscina privada. Mónica se puso debajo del parasol con sus gafas de sol negras, enormes y en su hamaca con un té helado. Abrió su Kindle y empezó a leer. En cambio Nora se tiró a la piscina a nadar un rato. Todo era un remanso de paz y tranquilidad. Mónica: mmm, estaba deseando que llegara este momento - pensó. A los 15 minutos Nora decidió llamar la atención de su esposa. Nora: Mi vida, qué buena está el agua… Mónica: Me alegro por ti. Nora: ¿Y si entras? Mónica: No, cariño, estoy leyendo. Déjame tranquilita, por fa. A los pocos minutos, Nora salpicó unas gotas a los pies de su mujer. Mónica: Cariño, no quiero que me ...

12. Mónica y Nora - La venganza de Nora

*Es la continuación del capítulo 11. Mónica y Nora - El jueguito del móvil" Nora echaba de menos su granja. Había sido un jueguito de móvil muy chulo y entretenido y su mujer, además de haberle castigado con el cinturón se lo había desinstalado. No era justo.  Vale, sí, quizás no había estado bien mentir para faltar al trabajo por el juego, pero esa calabaza dorada bien merecía la pena. Además tenía derecho a dormir más… por un día no pasaba nada.  Tres días después del castigo, ya no le dolía el culo y tenía “mono” de jugar al juego. Sus ovejas y sus vacas seguro le habían echado de menos. ¿Quién las estaría mimando con tanto cariño como yo? Nadie. - pensó.  Sólo había una vida y quién no arriesga no gana. Aprovechó que Mónica estaba en la ducha para coger su iPad que tenía en el bolso del trabajo e instaló el juego. Esta vez sería más inteligente e intentaría que no fuera muy descarado para que su mujer no se diera cuenta.  Nora: Oleeee, no he perdido los ...