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Amelia y Emma 4: el sobre

     Era casi mediodía y Amelia revisaba con urgencia unos papeles en su despacho. A pesar del evidente estrés, se la veía feliz. La última semana había sido increíble. Es cierto que Emma seguía tan irreverente como siempre, pero eso, aunque jamás lo admitiría en voz alta, le encantaba. “¿Me estaré ablandando?”, pensó, “Tengo que enseñarle algunos modales a la mocosa”.

    De pronto, como si la hubiera invocado con el pensamiento, se abrió la puerta y apareció Emma con su sonrisa de siempre.

—¡Emma! —la regañó—. No puedes entrar así, sin golpear. Este es un espacio privado.

La joven circulaba por su despacho con total libertad. Amelia suspiró y la observó con expresión seria.

—¡Perdón! Vamos a almorzar, porfi, ¡hoy no me vas a decir que no!

—Lo siento, no puedo. Estoy ocupada y es un tema serio.

Emma frunció la nariz. Amelia alcanzó a ver, de reojo, esa expresión de decepción tan propia de quien está acostumbrada a que le digan que sí a todo. Con absoluta seriedad, agregó:

—Emma, tengo que pedirte un favor.

—Dime —respondió la joven, resignada.

—Necesito que entregues este sobre en esta dirección antes de las 2 de la tarde. Es importante, es para un trabajo. Tiene que ser hoy, porque es el último día y después de esa hora la convocatoria ya habrá cerrado. ¿Cuento contigo?

—Claro, no te preocupes.

Amelia la abrazó y la besó.

—Llévate la copia de las llaves y me esperas en casa. Hoy vamos a cenar afuera.

Minutos después, Emma ya estaba en la calle. Buscó la dirección en su teléfono y vio que no quedaba lejos. Tenía tiempo de sobra para verse con Ana. Era una buena oportunidad para ponerse al día. Sin embargo, Ana tardó bastante en llegar y, al hacerlo, insistió en ir hasta un bar donde trabajaba su crush, para tener alguna chance de cruzársela.

—¡Estamos muy cerca! —argumentó. Nunca tengo oportunidades de verla.

—¡Oye! No puedo desviarme tanto —exclamó Emma—. ¡Tengo que entregar este sobre antes de las dos!

Ana la observó divertida. No era habitual que estuviera preocupada por algo así.

—No te preocupes —la tranquilizó—. Falta más de una hora.

Ana la arrastró hasta el bar y, como era de esperarse, el crush no aparecía por ningún lado. Cuando finalmente consiguieron una mesa, el camarero parecía moverse en cámara lenta y el ruido era insoportable. ¿O tal vez solo era la sensación de Emma? Su amiga, por otro lado, parecía restarle importancia a la situación.

 

Mientras tanto, en el despacho de la calle Viamonte reinaba el silencio. Amelia revisaba sus notas. La chica que debía verse con ella estaba de pie, inmóvil, con los brazos cruzados y pésima actitud. No era la primera vez que se veían, aunque el vínculo entre ellas era todavía reciente y Lucía no sabía bien qué esperar. En el encuentro anterior habían acordado algunas pautas. Amelia no toleraba las excusas.

—Empezamos mal, Lucía —dijo, y luego, levantando la vista— ¡párate derecha!

Lucía tenía un día fatal. No respondía las preguntas, o lo hacía de forma vaga, como si buscara cambiar de tema. Esto terminó irritando a Amelia y matando su buen humor inicial.

Abrió un armario y tomó una correa de cuero de unos 40 centímetros de largo por 8 de ancho, puntas redondeadas y un mango que parecía hecho a medida para su mano

—Inclínate sobre el escritorio, las manos sobre la mesa —ordenó, mientras ponía frente a Lucía una lista de papel—. Vamos a revisar tus objetivos uno por uno, y más te vale que esta vez los hayas tomado en serio.

Lucía, paralizada, tardaba en reaccionar. Amelia dejó caer la correa con fuerza sobre el escritorio, justo donde debía apoyar las manos, y el latigazo retumbó en la habitación.

—Manos sobre la mesa, Lucía.

Sobresaltada, la chica asumió la posición. Amelia, cansada de esperar, le levantó la falda, le bajó los calzones y se paró detrás.

—Punto número uno. Léelo.

La joven tardó en obedecer y el golpe le cayó pleno y le cruzó ambas nalgas. Lucía soltó un alarido e intentó pararse.

—¡Retoma la posición! —Amelia reforzó el regaño con otro golpe—. Te escucho.

Algo le decía que iba a ser una tarde larga.

 

Las amigas aprovecharon el tiempo que tardó la comida para charlar. El crush no aparecía, pero fue bueno verse un rato. Emma quería contarle a su amiga “detalles” de su relación con Amelia, pero todavía no se animaba a hablar de ciertas cosas. De pronto, vio la hora en su teléfono.

—¡Tengo que irme! —exclamó.

—Pero todavía es temprano y recién llegó la comida.

—¡Lo siento!

Emma paró un taxi y le rogó que fuera rapidísimo hasta su destino. Cuando llegó, corrió hasta la puerta, pero la oficina estaba cerrada. Llamó varias veces y nadie respondió. Era demasiado tarde. Se sentó en el umbral, enojada consigo misma, con el mundo, con el sobre que tenía en las manos.

Entonces, porque odiaba decepcionarla, hizo algo tremendamente estúpido: en lugar de ir a la casa, fue hasta el despacho de Amelia y sin pensarlo abrió la puerta de golpe.

—¡Amelia, necesito hablar con...!

Emma se quedó paralizada en el umbral. Lucía, todavía inclinada sobre el escritorio con las manos apoyadas y la falda levantada, giró la cabeza con los ojos llorosos. Amelia, correa en mano, tardó un segundo en procesar la escena.

—Emma. —La voz de Amelia sonó gélida—. Sal de aquí ahora mismo.

—Perdón, yo no... —Emma no encontraba las palabras. Retrocedió un paso, con la cara ardiendo y cerró la puerta de un tirón, casi con más fuerza de la necesaria.

Del otro lado, se apoyó contra la pared del pasillo, todavía con el sobre en la mano. El corazón le latía con fuerza, aunque no sabía bien si era por la vergüenza de haber irrumpido o por lo que acababa de ver. “Me advirtió que no entrara sin golpear”, pensó, “y mira, hice exactamente eso”.

Adentro, Amelia respiró hondo, tratando de recomponerse. Lucía seguía inmóvil, sin animarse a moverse ni a hablar.

—Continuemos —dijo Amelia, con un tono que no dejaba lugar a discusión, aunque su mente ya estaba, en parte, del otro lado de esa puerta.

Emma subió al tercer piso sin cruzarse con nadie. Abrió la puerta y se sentó en el sofá. El departamento, tan ordenado como siempre, la hacía sentir todavía peor.

Esperó.

Los minutos pasaron lentos. Revisó el teléfono varias veces sin sentido, guardó y volvió a sacar el sobre del bolsillo como si mirarlo pudiera cambiar algo. Finalmente se quedó dormida. Cuando escuchó la puerta, se puso de pie de un salto.

Amelia entró y la vio ahí, en medio de la sala, con esa expresión de quien no sabe qué decir.

—Así que aquí estás.

El tono no era cálido. Emma tragó saliva.

—Perdón por lo de recién, no debí entrar así, no sé en qué estaba pensando...

—No estabas pensando. —Amelia dejó las llaves sobre la mesa con un gesto seco—. Te lo dije clarísimo la última vez. ¿Te imaginas en esa posición y que alguien abra la puerta? ¿Tengo que poner seguro estando sola en mi propio despacho?

Silencio. Emma no encontraba dónde poner la mirada.

—¿Entregaste el sobre?

La pregunta llegó simple, casi de pasada, pero Emma sintió que se le cerraba la garganta. Por una fracción de segundo pensó en decir que sí, que todo había salido bien, y en cualquier otro momento se lo mencionaría con más calma, en otro contexto, cuando no estuviera todo tan tenso.

—Sí —dijo, y el silencio que siguió pareció eterno.

Amelia la miró fijo, esperando algo más. Emma sintió el peso de esa mentira instalarse en el pecho, insoportable.

—No. No lo entregué. —Las palabras salieron atropelladas—. Ana me hizo ir a un bar a ver a una chica y cuando llegué ya habían cerrado y no sé qué hacer para arreglarlo, y lo siento, lo siento muchísimo...

—Emma.

—¿Sí?

—Baja al despacho y espérame allí.

—Por favor, hablemos acá.

—Ahora.

 

Amelia no bajó enseguida; necesitaba ordenar sus pensamientos.

Emma bajó, entró a la oficina y se sentó en una de las sillas. Estaba triste, no lograba lidiar con la decepción. Todo ahí era excesivamente formal: el escritorio de madera oscura sin una sola marca, los libros alineados con una precisión casi ofensiva, el reloj de pared marcando los segundos.

Hacía apenas un rato había estado ahí mismo, del otro lado de esa puerta, viendo algo que no debía ver. Ahora la habitación se sentía distinta. Más grande. Más fría.

Se cruzó de brazos, se abrazó a sí misma sin darse cuenta. Su mirada se fijó en los armarios cerrados y la imaginación se le fue volando: no podía dejar de mirarlos de reojo, como si fueran a abrirse solos. Pensó en la chica que había visto antes, en la posición en la que estaba, y sintió una punzada de vergüenza ajena que se mezclaba, incómoda, con la propia.

Cuando finalmente escuchó los pasos en la habitación contigua, el corazón le dio un vuelco.

Amelia estaba seria, pero no parecía enojada. Se apoyó en su escritorio, frente a ella, y le extendió los brazos.

—Ven.

Emma se acercó y se abrazaron. Se quedó así un rato largo, con la cabeza sobre el pecho de Amelia.

—Entiendo que todo esto es mucho para procesar. Y por eso quería explicarte desde el principio...

—No —la interrumpió Emma—. Soy una estúpida.

—¡Claro que no! —respondió Amelia—. Esto no tiene nada que ver con la estupidez, sino con la responsabilidad. Hoy interferiste dos veces con mi trabajo, y ambas cosas eran importantes para mí.

Emma se aferró aún más fuerte.

Los pensamientos de Amelia estaban divididos. En una sesión cualquiera, los objetivos y las implicaciones de no cumplirlos eran clarísimos. La máscara de top le permitía tomar distancia y simplemente actuar. Con Emma no funcionaba igual. Era obvio que la provocaba todo el día; su radar no podía estar tan descalibrado como para no verlo. Pero después pasaban cosas como esta y su joven novia parecía una niña malcriada que jamás había tenido que hacerse cargo de nada.

“Pero está aquí conmigo por algo”, pensó. “Y está intentando probarme”.

La separó de su cuerpo y la miró a los ojos.

—Es hora de enfrentar las consecuencias.

—Nooo, espera. Hablemos.

—El momento de hablar ya pasó.

Amelia se dirigió a un mueble, abrió un cajón y dudó unos segundos. Luego sacó un cepillo ancho de madera con aspecto amenazante. Entre todos los cepillos posibles eligió ese de madera dura. Podía ser un poco severo como primer instrumento, pero el mensaje era importante y la lección debía ser memorable. Se sentó en el sofá y le hizo un gesto con el dedo.

               —Ven aquí.

La joven estaba paralizada. Lamentaba toda la situación y sabía que, si tensaba demasiado la cuerda, podía terminar así. Pero no lo había hecho a propósito, ¿o sí? Había algo en Amelia, en la forma de hablarle, de regañarla, de reírse con sus chistes a pesar de esforzarse por estar completamente seria, que le resultaba tremendamente sexi. Y estaba feliz. Por primera vez se sentía contenida. Era como si entendiera los riesgos de caminar por la cornisa, pero, una vez ahí, le daba bastante miedo lo que pudiera pasar.

Amelia conocía muy bien esa reacción de inmovilidad; podría haberla llevado ella misma hasta el sofá, pero no iba a simplificarle las cosas.

—¡Emma! —exclamó, sacándola de su ensimismamiento, y señaló el suelo frente a ella—. Párate aquí

Emma obedeció.

—Amelia… lo siento. Te juro que quería entregar el sobre.

—No, aún no lo sientes, créeme. Pero, ya que estás arrepentida, vas a aceptar tu castigo sin berrinches, ¿verdad?

Emma no respondió. Amelia la tomó de un brazo y la puso sobre sus rodillas. Dejó el cepillo a su derecha y empezó a azotarla con la mano. Fue una tanda bastante intencionada, aunque sabía que sobre la ropa no iba a tener mucho efecto. Sin más rodeos, la puso de pie y le ordenó:

—Quítate los zapatos y el pantalón.

—¿Qué? ¿Que me quite...?

—Me escuchaste.

La joven se quitó ambas cosas y las dejó en el suelo, a sus pies. Amelia le dio varias nalgadas en el muslo desnudo.

—¡Y lo doblas y lo dejas cuidadosamente sobre esa silla!

—Ouch. ¡Está bien!

Inmediatamente después la puso otra vez sobre sus rodillas, le bajó la ropa interior hasta los muslos y siguió un rato con la mano, regañándola cada vez que intentaba taparse. Emma se sintió expuesta y vulnerable.

—Las manos adelante. No quiero volver a repetirlo.

"Sin embargo, lo repites una y otra vez", pensó, pero no lo dijo.

—¿Por qué te estoy castigando, Emma?

—Porque no llegué a entregar tu sobre, lo siento.

Realmente se sentía mal al respecto. Quería cerrar los ojos con fuerza y que todo terminara de una vez.

—¿Y por qué más?

Emma se quedó en blanco. Las nalgadas caían cada vez más firmes.

—¿Por qué más, Emma?

Amelia aumentó el ritmo y empezó a usar su mano con fuerza. Emma intentaba taparse para retrasar los golpes, aunque fuera un segundo. Un par de minutos después, y como si lo recordara de pronto:

—¡Por entrar sin llamar!

—¿Crees que los límites no son para ti, no es así?

—Perdón por interrumpir tu sesión con esa chica. Qué pena, ¿no? Justo cuando la estabas pasando tan bien.

Amelia se frenó en seco.

—Esta vez sí cruzaste la línea.

Tomó a Emma por la cintura, cruzó su pierna derecha para sostenerle las piernas y le inmovilizó el brazo derecho con la mano izquierda. Con la derecha tomó el cepillo. Emma quiso moverse y no pudo hacerlo ni un milímetro. La sensación la desesperó. Cerró los ojos y apretó los labios con fuerza.

Amelia no se contuvo para nada y el cepillo era letal. Emma nunca imaginó que pudiera doler tanto. Primero fueron frases inconexas, ruegos, promesas, cualquier cosa que pudiera hacer que se detuviera. Amelia apenas le daba respiro y volvía a empezar, sin pausa. No pasó mucho tiempo y Emma comenzó a llorar desconsoladamente. Para su sorpresa, en lugar de parar, Amelia aumentó la fuerza.

—Tal vez esto te enseñe algo sobre límites.

Finalmente, después de varios minutos, Amelia se detuvo. Las nalgas de Emma estaban completamente rojas, con algunos manchones morados que sin duda serían el color predominante al día siguiente.

—¿Vas a volver a entrar sin golpear, Emma?

Emma negó con la cabeza. Tenía los ojos y la nariz rojos.

—No te escucho.

—No —dijo con un hilo de voz.

—“No, señora” —la corrigió.

—No, señora —dijo Emma, vencida.

—Espero que esto te sirva de lección y seas más responsable en el futuro. ¿Tienes algo que agregar? ¿Algún comentario sagaz?

—No.

—“No, señora” —esta vez Amelia enfatizó cada sílaba con el cepillo, y no fue nada simbólico.

—¡No, señora! Por favor, lo siento…

Y comenzó a llorar otra vez. Amelia esta vez dejó el cepillo.

—Está bien, mi amor. Ya está.

La sentó sobre sus rodillas y la abrazó. Su trasero estaba hirviendo y Amelia podía sentir el calor incluso a través de la falda. Y así se quedó varios minutos, abrazándola, acariciándole el cabello. A Emma la invadió una sensación de paz. Ahora que había terminado, el dolor empezaba a desaparecer, transformándose en un ardor casi agradable. “Casi”, palabra clave, porque por un tiempo prudencial no tendría ganas de sentarse. Sonriendo, se abrazó a Amelia con fuerza mientras la escuchaba seguir regañándola y decir algo sobre ir a buscar una crema. “Esta mujer no para”, pensó. Y así se quedaron un rato.

—Vamos a pedir comida —dijo Amelia—. La salida va a tener que posponerse.

Emma solo pudo asentir, aliviada.


Otros relatos de esta serie:
Amelia y Emma 1: la foto
Amelia y Emma 2: la exposición de fotos
Amelia y Emma 3: la visita

Comentarios

  1. Lucia necesita su propio capítulo. Pobrecilla, qué habrá hecho?? Emma tiene el cielo ganado con Amelia, qué mano más larga tiene esta mujer, todo lo soluciona con azotes. No sabe que es más fácil convencer a alguien con una caja de bombones?

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