Ir al contenido principal

El primer encuentro (parte 5 de 6)

Después de lo que sentí como una eternidad en el rincón, me ordenó que me acostara de nuevo sobre sus rodillas. 

- ¿Por qué estás acá?

- Porque me porté como una malcriada, señora

- Así es. ¿Y qué les pasa a las señoritas malcriadas como vos?

- Las castigan con azotes en las nalgas, señora

- Nos vamos entendiendo, al fin. ¿Cuántos golpes creés que merecés con el cepillo?

Un nuevo temblor me recorrió al escuchar esa pregunta. Sabía que si decía un número demasiado bajo iba a empeorar la situación, pero tampoco quería decir uno alto que después no pudiera aguantar. Tres fuertes golpes seguidos en el mismo lugar me cortaron el debate interno.

- Te hice una pregunta y te dije que no iba a perder más tiempo con vos. Voy a decirlo una única vez más: ¿cuántos golpes creés que merecés con el cepillo?

- Ehh... treinta, señora

- Bueno, no está mal para empezar. Van a ser treinta con el cepillo, quiero que lleves la cuenta para tus adentros y que ni bien terminen te levantes a traerme tu cuchara de madera para pedirme que te de treinta golpes más, ¿está claro?

- Sí, señora

- Yo que vos no me movería ni intentaría cubrirme, si no vas a tener que empezar la cuenta de nuevo

- Sí, señora

No había terminado de responder cuando los golpes empezaron a caer uno tras otro. El dolor era el más intenso que había sentido hasta ese momento y podía notar como se me humedecían los ojos sin que pudiera hacer nada para evitarlo, ya que toda mi energía estaba puesta en contar los golpes. Cuando iba por la mitad tuve la sensación de que no iba a poder aguantarlos, pero me mantuve firme porque no quería empezar de cero. Finalmente llegué al golpe número 30 y me paré como pude para ir a cumplir su orden. Fui hasta mi bolso, agarré la cuchara de madera que me había pedido y se la alcancé.

- Deme treinta golpes

Inmediatamente me puso sobre sus rodillas y me dio una rápida tanda de azotes con la mano. Mientras lo hacía, no podía creer cómo me había bloqueado tanto como para olvidar todas las cosas que había practicado sobre cómo hablar correctamente.

- Pensé que nos estábamos entendiendo, pero veo que seguís igual de irrespetuosa. Acabás de acumular 5 golpes más con la paleta, no creo que quieras que esa cuenta siga aumentando así que pensá bien cómo vas a pedir las cosas.

- Por favor, señora, deme treinta golpes

- Ahí va mejor, es inaceptable que me des órdenes en lugar de pedir las cosas por favor. Falta que me digas por qué tengo que hacer lo que una mocosa como vos me pide.

- Por favor, señora, deme treinta golpes para castigarme por haberme portado como una malcriada y haberle faltado el respeto

- Muy bien, vas a tener lo que te ganaste a pulso con tus malas actitudes

Una vez más sentí como golpe tras golpe caían sobre mi piel desnuda ya completamente adolorida. Dolía muchísimo más que cuando yo misma la había usado. Agradecí que esta vez no me hubiera pedido que contara los golpes lo que me permitió concentrarme en impedir el llanto que impulsaba por salir.

Otros relatos de esta serie:
El primer encuentro (parte 1 de 6)
El primer encuentro (parte 2 de 6)
El primer encuentro (parte 3 de 6)
El primer encuentro (parte 4 de 6)
El primer encuentro (parte 6 de 6)

Comentarios

  1. Sin dudas la top es exigente, no le deja pasar ni una.
    ¿Qué pasaría si la spankee decidiera no responder o si lo hiciera todavía con peor actitud? ¿Estaría dispuesta esa top a lidiar con ese tipo de spankee? Son preguntas al azar que me surgen.
    Como siempre me encanta leerte, muchas gracias por compartir. Esperamos con ansias el final.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por continuar la historia!! Otra vez nos dejas con el pendiente!! Y para responder la pregunta de arriba de Victoria ... pues que le va peor? Jaja aunque es un hecho que no todas las Tops están dispuestas a lidiar con brats.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Nuevas normas (castigo real)

Llevábamos tiempo hablando de la necesidad de renovar el contrato de normas. El día a día me estaba haciendo tener bastante descuidado el autocuidado y era algo que las dos nos habíamos dado cuenta. Después de varios días de charlas, confesiones de cosas que no podía hacer y las estaba haciendo a escondidas, arrepentimientos, alguna lagrimilla, etc., pactamos redactar un nuevo modelo de normas. Cogimos una libreta de Harry Potter y me mandó a escribir lo siguiente: 21/12/25 NORMAS QUE TENGO QUE CUMPLIR No tomar productos con lactosa sin haber tomado las pastillas. Lunes, miércoles y viernes 30 minutos de deporte. Negociables los días y tiempo in crescendo. Sólo me puedo levantar para ir al baño. Mínimo dormir 8 horas. Hora máxima de dormir 00:00. Permiso para hacerme una paja. Preguntar cada día qué tengo que comer. Prohibido tomar pastillas de cafeína. Prohibido chocolate. Revisión de normas los sábados a las 20:00 y si no se puede será el viernes o domingo. Firmado...

"Ven aquí... Ahora mismo."

“Aquí y ahora”. Mucho se ha especulado respecto a los efectos del spanking en cuerpo, mente y espíritu, así como se han hecho infinidad de conjeturas para intentar poner en palabras ese “algo” que nos atrapa una vez que ponemos un pie dentro del mundo spanko. “Los azotes aumentan el tamaño del trasero”, dicen unos. “Los azotes alteran el volumen de la materia gris en el tejido cerebral, provocando así que quien los recibe carezca de discernimiento y de un sentido desarrollado de la responsabilidad que le permita tomar buenas decisiones”, afirman otros. Ignorando momentáneamente teorías tan innumerables como variadas, compartiré una premisa que resulta ser punto de convergencia para diversos puntos de vista, y se puede inferir que es más que una mera hipótesis por el simple hecho de que quienes somos asiduos a la práctica de ésta peculiar actividad podemos corroborar su veracidad: el spanking tiene efectos terapéuticos a pesar de no ser propia o formalmente reconocido como terapia. No s...

Repitiendo errores...

Después del intenso castigo del lunes, pensaba que podría descansar… pero no. El martes tuve que ayudar a mi sobrina con su evento de primavera y, claro, me puse a hacer un sombrero de manualidades. Todo muy inocente, ¿verdad? Solo quería que quedara lindo. “Sí, inocente… hasta que alguien se da cuenta de que no estoy estudiando” , pensé mientras recortaba papel y pegaba brillantina. El problema fue que, creyendo que no había hecho nada malo, le envié la foto del sombrero a Rebe. Sí… a Rebe. Y su respuesta no fue un lindo “¡Uy, te quedó hermoso!” que esperaba. Lo tomó como una falta de sentido común, de obediencia, y una prueba de que no estaba cumpliendo con lo que me había dicho: estudiar para mi examen del miércoles. “Ups… creo que me voy a arrepentir de esto” , me dije, pero ya era demasiado tarde. Cuando llegó el miércoles, pasó lo inevitable: suspendí el examen. Y eso a Rebe solo le hizo darse cuenta de que el castigo del lunes había sido demasiado blando. —¿Cuándo puedes ir a lo...