Mercedes estaba inmóvil. Quería mucho a Amelia, era su amiga. Atesoraba esa relación desde el primer día que se cruzaron en una muestra de arte en la calle, donde se quedaron charlando durante horas.
A pesar de todo, se cruzó de brazos y no se movió. Sabía que
tenía que aceptar las consecuencias, pero ahí en el departamento, con el riesgo
de que su amiga, o incluso los vecinos, escucharan todo, la parálisis era
brutal.
Amelia la miró de frente.
—No voy a repetirlo, Mercedes.
—No Amelia, por favor. Haré lo que me digas,
pero no aquí.
—Hablemos del estado de este lugar —Amelia hizo un paneo general —Y
de tu futuro en la universidad si sigues comportándote como hasta ahora.
El departamento donde vivían las chicas
no estaba mal y, salvo por el desorden, estaba bastante limpio. Pero el
desorden era algo que Amelia no toleraba y hoy estaba más irritable de lo usual.
Así que, para sorpresa de Mercedes, frunció la nariz y se puso a recoger los
vasos y los restos de comida y bebidas de la mesa del comedor. Y lo hizo con
toda la intención de incomodarla.
—¡Amelia no hagas eso, por favor! —tomando
las botellas vacías y como quien quiere acelerar la charla lo más posible —Hay
cosas que no puedo manejar.
—Puede ser, pero estas cosas sí puedes
manejarlas.
Silencio.
—Ve a buscar la cuchara. Deja de perder
mi tiempo, y el tuyo.
Mercedes no se movió. Era la primera vez
que actuaba de esta forma. Amelia se detuvo a observarla. Entonces, con una
velocidad inesperada, la tomó de un brazo y la puso mirando a la pared.
—Déjame ver, faltan ¿cuántas horas para tu
clase?, tú decidirás si quieres pasarlas mirando a esta pared o si quieres dormir,
porque te aseguro que a clase vas a ir.
Acto seguido Amelia se sentó en una silla y se cruzó de
piernas y brazos, el cansancio de casi las 3 de la mañana se empezaba a notar, pero
no iba a hacérselo saber.
Mercedes podía ser terca cuando se lo
proponía, pero estar toda la noche mirando la pared no era muy inteligente.
—Voy a buscar la cuchara —dijo por lo
bajo.
—¿Puedo ir a buscar la cuchara?
Aunque no le faltaban ganas de dejarla un
rato más Amelia accedió. Tenía como objetivo que su amiguita aprendiera algo
esta noche. No pensaba ir todos los días a controlarla como si tuviera 5 años.
Mercedes tardó bastante y apareció con una cuchara de dudosa
efectividad.
—Es la única que tenemos…
Amelia suspiró y se dirigió ella a la
cocina. Un minuto después regresó con una espátula de metal de considerable peso
y tamaño. La cara de Mercedes se transformó.
—No,
por favor. Te prometo que no voy a faltar a ninguna clase. Y voy a leer todos
los días y...
—Espero que sí, por tu bien. Bájate los
pantalones.
Mientras hablaba Amelia sopesaba en su
mano el recién hallado instrumento y daba ligeros golpecitos en su palma. Mercedes
no podía dejar de echar miradas furtivas a la puerta del dormitorio de su
amiga. Rogando que no saliera justo en ese momento se bajó los jeans dejando
apenas expuestas las nalgas.
—Más abajo, a la altura de las rodillas… Inclínate, antebrazos
apoyados sobre la mesa.
Ya estaba todo perdido. ¿Qué más podría pasar? Solo le
quedaba rogar mentalmente que esa cosa no hiciera tanto ruido, aunque no tenía muchas
esperanzas. Lo que no anticipó fue el impacto del golpe.
Amelia le dio seis golpes sobre las bragas alternando ambas nalgas,
tres y tres, con una firmeza tal que Mercedes dejó escapar un grito. Casi inmediatamente
se vislumbraron varias marcas de color rojo intenso. Mercedes se aferró a la
mesa. Amelia le dio otra tanda de seis. Y otra más. La joven no pudo evitar abandonar
la posición y ponerse de pie.
—Sobre la mesa, no voy a repetirlo.
La voz de Amelia ahora no dejaba espacio
para la provocación. Los siguientes golpes fueron en la parte superior de los
muslos. Eso terminó de desarmar a Mercedes que comenzó a llorar.
—Cada vez que te muevas o abandones la
posición, los golpes serán aquí —dijo dando unos golpecitos en uno de los
muslos con la espátula.
Era un castigo y tenía como prioridad era
resolverlo en poco tiempo. No iba a ser agradable. Unos minutos después la
joven solo lloraba e intentaba no moverse. Ya no pensaba en sus amigas.
—Espero que te sirva de lección. No
quiero escuchar que siguen las fiestas entre semana. Y te aseguro que me voy a
enterar porque estuve hablando con los vecinos y no están felices. Es hora de
que las tres empiecen a comportarse, antes de que haya una denuncia o un
problema mayor.
Amelia dejó la espátula y evaluó a la joven con la mirada.
Las nalgas, aún con las bragas, se venían completamente rojas y la parte
superior de los muslos exhibían varias marcas rojas, como manchas.
—Tengo fe en ti, Mercedes. Sé que puedes entrar a ese grupo si te
lo propones. Podrías hacer lo que quisieras. Ven, levántate.
Amelia le puso una mano en el hombro y Mercedes
se aferró a ella con fuerza.
—No quiero volver a hablar de este tema
salvo para saber lo bien que te está yendo. ¡Faltan dos semanas! no pienso
venir a controlarte todos los días. Me entero de que las cosas no funcionan y vamos
a replantear nuestro vínculo, ¿entendido?
—Sí, señora.
Amelia la volvió a abrazar.
—Acomódate la ropa. Ve a dormir, y no
llegues tarde.
Mercedes asintió y se secó las lágrimas.
Luego acompañó a Amelia hasta la puerta. El efecto de esa noche se iba a sentir
por unos cuantos días.
Amelia salió a la calle y el aire fresco de
la madrugada le dio en la cara. Afortunadamente su auto no estaba muy lejos. Cuando
se sentó, miró la hora en su teléfono y vio que tenía un mensaje de un número
desconocido.
“Tengo tu foto. Invítame un café así te
la llevo.”
La mejor alumna (Parte 1)
La mejor alumna (Parte 2)
La mejor alumna (Parte 3)
La mejor alumna (Parte 4)
Me encantó. Creo que vamos conociendo cada vez un poco mejor a Amelia. Ah! Y definitivamente no me veía venir lo de la espátula!. Dolió de pensarlo.
ResponderEliminarJajajajajaja Coincido con lo que dijo Stephe la vez anterior: un crimen total dejarnos en este suspense.... Esperamos con muchas ganas la continuación de la historia de Amelia y Mercedes, y esa misteriosa fotógrafa que se viene asomando en el relato y aún no sabemos quién es!!!
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