El viaje transcurre asombrosamente rápido. Pocos minutos después las chicas están de pie en la vereda de un antiguo edificio. Sofía quiere marcharse a toda costa.
—Faltan más de 15 minutos, vamos a caminar un rato.
Jimena sospecha que no es una buena idea, pero no puede
evitar seguir a su amiga. Es una hermosa mañana de otoño y caminan como
personas adultas, y libres. Aunque los uniformes escolares no ayudan a
proyectar una imagen de adultez, ni mucho menos de libertad. Una hora después
todavía están dando vueltas.
—¡Vamos a mi casa Jime! Ya fue.
Jimena sabe que no es
posible y usa toda su reserva de valor para ponerse de pie y dirigirse al
edificio de calle Viamonte. Pero apenas avanza. Sofía, entonces, vuelve a ser
ella misma. Pensándolo bien es una situación bastante divertida. ¿Qué podría
decirles, finalmente, esta mujer?
—La tarjeta dice segundo piso —Murmura
mientras caminan hacia la escalera de mármol. Las detiene la voz de un hombre
con aspecto de conserje.
—¿Adónde se dirigen, señoritas?
—Eh, venimos a ver a… ¿Amelia?
—Por las escaleras, hasta el segundo piso —señala con un
gesto— la puerta al final del pasillo.
Sin mirar al conserje y sin decir una palabra, Sofía se
dirige hacia las escaleras y sube con paso firme. Jimena, detrás, murmura “gracias”.
Cuando llegan a la puerta escuchan voces del otro lado.
Poco después esta se abre y una chica un poco mayor que ellas las
observa con expresión risueña. Su cabello está desordenado, está vestida con
ropa casual y lleva un bolso grande y pesado que parece contener libros o
papeles.
—Adelante.
En la habitación hay varios sillones y una mesa con seis
sillas. Todo está excesivamente limpio y ordenado. La alfombra, de diseño persa,
está tan impecable que Jimena da un rodeo para no pisarla. Una vez adentro las
envuelve un aire de otra época. La ventana está abierta y el sol inunda la
habitación. Si no fuera por la música suave que se escucha por el parlante de
última generación pensarían que allí vive una persona muy anciana, o que
viajaron en el tiempo.
—¡Ameliaaaa! —dice la chica alzando exageradamente la voz
—te buscan.
Se abre la puerta de lo que parece un estudio y aparece una
mujer de unos 40 años, de aspecto prolijo con el cabello oscuro recogido.
Parece sinceramente sorprendida de verlas. Dirigiéndose a la chica despeinada
le dedica una mirada de reproche.
—Mercedes, no hace falta gritar —y agrega como quien está acostumbrada
a repetir las cosas muchas veces —El martes quiero los resultados de los dos
parciales. Las expectativas son altas, pero vienes muy bien.
La joven esboza una mueca que rápidamente se transforma en su
característica sonrisa. “Por supuesto, señora”. Saluda al pasar.
—Nos vemos chicas, suerte.
Cuando la puerta se cierra, Jimena y Sofía se enfrentan por
primera vez a la mirada inquisidora de Amelia, que de pronto es mucho más fría.
Jimena mete la mano en el bolso y saca las hojas de papel un poco arrugadas. Amelia
las toma sin hacer ningún comentario.
—Vengan conmigo, por favor— dice volviendo al estudio. Deja
los papeles, se apoya en el escritorio y cruza los brazos. —Sofía, Jimena, ¿qué
hora es?
Ya no se escucha la música, el silencio es bastante
incómodo.
—Estábamos lejos… — Jimena intenta una excusa.
—¿Qué hora es, Jimena? Es una
pregunta sencilla.
Sofía rompe el silencio con un gesto de disgusto. No tiene
intenciones de ocultar cuánto le molesta la situación. —¿Podrías firmar los
papeles así nos vamos?
Amelia la observa con atención unos segundos y en la
comisura de sus labios casi se forma una sonrisa.
—No. Falta bastante para eso. Antes vamos a charlar algunas
cosas. En primer lugar, llegaron tarde. Son más de las 10 y debían estar acá a
las 9. Como es la primera vez lo voy a dejar pasar, pero para referencia futura
la impuntualidad es una falta seria que no suelo ignorar. En segundo lugar,
están acá para recibir un castigo y les aseguro que van a recibirlo.
—¿Qué castigo? ¿Y quién eres tú para castigarnos? —se queja
Sofía— ¡además no hicimos nada!
—¿Nada, Sofía? ¿Estás segura? —Amelia levanta una hoja de
papel con una larga lista impresa. —Creo que las dos saben muy bien de qué
hablo, pero vamos a repasarlo para que quede claro —continúa mirando a Jimena— Estuvimos
hablando con tu mamá y estamos de acuerdo en que es necesario que todo esto
termine de una vez.
Jimena mira el piso, avergonzada. Sofía con expresión de
incredulidad intenta volver a hablar, pero Amelia la calla con un gesto.
—Antes que nada, señoritas, espero que sea una experiencia didáctica
y que quede muy claro por qué están acá. Esta lista de faltas es inaceptable,
debería darles vergüenza. Se van a llevar una copia a sus casas, la van a leer
detenidamente y van a escribir sobre todas y cada una de las faltas que
contiene.
—Yo no pienso hacer nada —responde Sofía desafiante.
—Pero antes —la corta Amelia—
vamos a abordarlas y aprenderán que las acciones tienen consecuencias. No
escuchar, contestar mal, confrontar, irse de las clases, hacer trampa en los
exámenes... Todos los días algún problema. ¡Todos los días! La lista es
interminable —Amelia levanta la vista— y esto es inaceptable. ¿Creen realmente
que es factible continuar con este comportamiento para siempre?
Ni una palabra.
Mientras habla toma una silla de madera pesada y la coloca
en el centro de la habitación. Luego abre un cajón, saca una regla de madera robusta
de unos 40 cm y se sienta en la silla que tiene la altura perfecta para que sus
piernas queden en ángulo recto, se acomoda la falda, golpea su mano con la regla
y le hace señas a Jimena para que se acerque— Ven, por favor.
Jimena está petrificada, no termina de comprender si lo que
está sucediendo es real o no. ¿Acaso esa mujer piensa castigarla con esa regla?
—¿Va a azotarme con eso?
—Es bastante obvio, finalmente nos estamos entendiendo.
Sofía no puede creerlo y observa la escena con enojo y una
rara fascinación. Con impostada seguridad se acerca a Jimena y exclama:
—Está loca, Jime ¿vamos?
Jimena está petrificada. Sabe que su destino está sellado.
Tratando de mostrar un cambio de actitud intenta hablar.
—Podríamos solucionarlo de otra forma, con otro castigo ¿por
favor? Voy a portarme bien desde ahora.
Amelia no está de humor para negociar.
—Les recomiendo que no me hagan
perder más tiempo si esperan que esto termine rápido. Ya la situación ya es lo
suficientemente grave.
Los minutos pasan y la tensión se puede cortar con un
cuchillo. Finalmente, Jimena hace un gesto de avanzar lentamente, pero Sofía la
detiene. Amelia, que no es la primera vez que tiene que lidiar con este tipo de
“resistencias”, se pone de pie y camina hacia las chicas con paso firme. Sofía
intenta enfrentarla con actitud desafiante y cierto desdén, pero ella la toma
de la chaqueta, la lleva hasta la puerta, la abre, y la deposita en la otra
habitación. Con voz calmada pero firme agrega:
—Vas a esperar afuera y vas a aprender a no interrumpir,
¿está claro? Después vamos a hablar tú y yo. Puede que sea tu primera vez, pero
mi paciencia tiene un límite.
Dicho esto, ingresa al estudio y cierra la puerta. Se sienta
en la silla y se dirige a Jimena.
—Ven aquí.
Otros relatos de esta serie:
Las alumnas de Karen (Parte 1)
Las alumnas de Karen (Parte 2)
Las alumnas de Karen (Parte 4)
Las alumnas de Karen (Parte 5)
Ufff 🔥 me encantó. Me hizo sentir cosas jaja. Y creo que por eso nos gusta leer historias de spanking. Valió la pena esperar la tercera parte y estoy segura que valdrá la pena esperar la siguiente. La espero con ansias.
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