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Las alumnas de Karen (Parte 4)

La adolescente apela a todo el coraje que puede reunir y camina hacia Amelia, que la toma del brazo y la pone sobre sus rodillas. Todo sucede demasiado rápido, demasiado fácil. Su estómago queda apoyado perfectamente sobre su falda, sus manos se aferran instintivamente al travesaño de la silla. Siente que la vergüenza le tiñe las mejillas y las orejas.

Sin ningún preámbulo Amelia le levanta la falda a cuadros, toma la regla con firmeza y la apoya sobre las nalgas con intención. Sabe que un castigo en ese escenario no amerita suavidad ni demasiado precalentamiento, aunque la infractora tenga quince años

—No, por favor… —Jimena deja escapar un gemido que es casi un ruego. No puede creer lo que está sucediendo.

Confío en que esto te enseñará a comportarte en la escuela, Jimena.

Acto seguido comienza a azotarla con la regla sobre la ropa interior, golpes rítmicos y constantes. No necesita usar mucha fuerza y la reacción no se hace esperar. A los pocos segundos Jimena empieza a quejarse y moverse con desesperación. ¿Cómo puede doler tanto? Amelia continúa inexorable varios minutos más.

La joven se retuerce e intenta taparse, pero Amelia la sostiene con determinación sujetándole el brazo sobre la espalda con la mano izquierda. No es nada fácil escaparse de esa situación sobre sus rodillas. Cuando lo considera oportuno se detiene, las nalgas tienen un color rosado intenso. Jimena relaja la tensión muscular y comienza a llorar. Pero esto es solo el comienzo.

Amelia le baja las bragas.

—No, ya por favor —el ruego se confunde con el llanto.

¿Te parece aceptable la forma en que se estuvieron portando, Jimena?

 Como la respuesta tarda demasiado la regla retoma el ritmo y ahora sí con más fuerza sobre la cola desnuda. Solo se detiene cada tanto para que Jimena pueda recuperar el aliento. El sonido del llanto llena la habitación.

—¡Lo siento! insiste Jimena.

En la habitación contigua Sofía pierde los estribos. Los sonidos que se escuchan del otro lado de la puerta no ayudan. Comienza a gritar y a golpear la puerta con las manos y, en un momento, con el pie.

—¡Déjala ir! —grita.

Amelia la ignora (o trata de ignorarla). “Ya me encargaré de ti”, piensa, pero todo esto no favorece de ninguna manera a la joven que está a merced de su regla. Los golpes son precisos e implacables. Jimena ruega y llora desconsoladamente, nunca experimentó algo como esto y el recuerdo quedará grabado en su memoria.

Amelia se detiene y apoya la mano sobre su espalda.

¿Volveremos a tener esta conversación, Jimena? —la voz sigue siendo firme, pero más suave.

—No, no, no, lo prometo. No más, por favor.

—Eso espero, Jimena, no me gusta repetir las cosas —Amelia enfatiza las palabras con la regla.

En la otra habitación Sofía sigue con su berrinche y sin proponérselo empuja una vasija de cristal enorme que cae al piso y estalla en mil pedazos. El estruendo la saca del trance. El suelo es un mar de fragmentos de vidrio. Instintivamente piensa en correr y marcharse, ¿estará abierto? ¿abandonaría a su amiga? Después de todo trató de ayudarla y ella no quiso aceptar su ayuda. En el estudio ahora hay silencio y, antes de que pudiera reaccionar, Amelia abre la puerta.

—¿Estás bien, Sofía?

(Sin respuesta)

—Ven. Ten cuidado, no pises los vidrios.

Sofía permanece inmóvil.

—No.

Sabe que su reacción es infantil pero no sabe qué decir. Por un momento Amelia pierde la última gota de paciencia.

—Basta, Sofía. Terminemos con esto. ¿O quieres que vaya hasta allá y te traiga de una oreja?

Sofía cruza los brazos y permanece inmóvil. Amelia cambia su enfoque.

—Sofía, es tu decisión. Puedes venir y aceptar tu castigo y cuando terminemos estará todo saldado. O puedes irte ahora mismo y pretender que todo está bien. No voy a obligarte. Pero creo que estamos de acuerdo en que algunas cosas deberían cambiar.

Silencio.

Amelia entonces se acerca, evitando los trozos de vidrios, extiende el brazo con un gesto sutil y la abraza. Sofía se aferra a Amelia y baja las defensas por primera vez en muchísimo tiempo.

—Ven.

Tal vez porque las cosas ya se le habían ido de las manos otras veces. Quizá porque esa mujer ejercía una misteriosa autoridad sobre ella, o simplemente porque necesitaba, aunque jamás lo hubiera admitido, que alguien o algo le ponga un límite, Sofía la siguió.

Su amiga está de pie. Ya no llora, aunque su rostro muestra que estuvo llorando. La falda le cubre las nalgas y Sofía no puede evitar observar las bragas a la altura de los tobillos. Amelia se acerca y señala un punto en la pared.

Jimena, vas a estar de pie, mirando esa pared, las manos a los costados y sin subirte la ropa, hasta que yo lo diga. Si veo que te vuelves o te mueves un centímetro volvemos a empezar, ¿entendido?

La joven asiente.

—De ahora en más espero que me respondan "sí, señora".

Jimena parece sorprendida por unos segundos, pero ante el silencio se corrige.

—Sí, señora.

Amelia asiente con aprobación. Vislumbrar un cambio de actitud en ambas chicas le da un respiro y le permite recuperar el control. “Son casi niñas”, piensa. “Definitivamente hay cosas que Karen debe resolver también”. Apoya su mano en el hombro de Jimena —Lo hiciste muy bien. Luego toma la regla, se sienta en la silla y hace ese gesto tan familiar con el dedo índice.

—Ven, Sofía, terminemos con esto de una vez.

Otros relatos de esta serie:

Comentarios

  1. Ah me encantó. Definitivamente me encanta Amelia ❤️ como Top sería perfecta... Y definitivamente leo la historia y (obvio es ficción) genera algo... gracias por continuar la serie! Espero con ansias la próxima entrada! :3

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  2. "Quizá porque esa mujer ejercía una misteriosa autoridad sobre ella, o simplemente porque necesitaba, aunque jamás lo hubiera admitido, que alguien o algo le ponga un límite" el misterioso magnetismo de ma autoridad

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